PIQUITO DE ORO (de Gustavo Ferreyra) por Edgardo Scott

PIQUITO DE ORO

de Gustavo Ferreyra

Seix Barral, 2009

por Edgardo Scott


El trabajo de una lengua (o de un pico)

Entre los latigazos que dejó James Joyce, hay uno donde el autor irlandés dice que con su obra pretendía alcanzar “la conciencia increada de su raza”. La conciencia increada de su raza. ¿Sería excesivo deducir del proyecto narrativo de Gustavo Ferreyra una ambición similar? Una ambición despojada de vanidad, implícita, tal vez como una voluntad o intención que ignora si en verdad llegará a alcanzarse: como un deseo, en cierta forma. Joyce hablaba de la “raza” irlandesa, Gustavo Ferreyra viene escribiendo, libro tras libro, la “raza argentina”. No es el único. Hubo otros escritores entre nosotros que de manera directa o indirecta también alojaron semejante inquietud: Sarmiento, Borges, Arlt, Viñas, Saer, Lamborghini, Piglia, escritores que hacen resonar el cuerpo social en sus textos de ficción. Piquito de oro, el nuevo libro de Gustavo Ferreyra tiene ese rasgo como uno de sus rasgos principales.

Piquito de oro posee dos historias que se van alternando. Por un lado la historia de “Piquito”, un sociólogo joven (pero ya no tan joven), perezoso y desocupado, que convive con una veterana, una filósofa mucho mayor que él, pero en buena forma, que lo mantiene como a un capricho algo inocuo. Y la historia de los deudos de una familia de clase media que han perdido a su jefe, al padre, un médico asesinado una noche cualquiera, brutalmente, sin móviles razonables, a metros de su departamento. Hay un periplo y una torsión las dos historias. “Piquito” pasa de tener un examen nefasto y egocéntrico de sí mismo: “A veces pienso que me podría postular para ser una cosa. Y simplemente atestiguar. No desear. Ser infinitamente recóndito como una piedra” a concretar ciertas insinuaciones violentas y revolucionarias: “hay que saber embadurnarse hasta ser otro. Ir más allá de uno mismo, siempre”. Así va cambiando, modulándose la voz de “Piquito”, en una modulación tan inesperada como genial, ya que logra pasar de Robert Walser a Rafael Barret, con sutileza y eficacia.

¿Pero dónde ocurre el cambio, dónde está el quiebre? Porque “Piquito”, la voz que Ferreyra le otorga a ese narrador y personaje, al comienzo sobre todo, es de una hilaridad irresistible. Quizá suceda en la evocación de los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, hacia mediados de 2002 (episodio que, a la manera de Malvinas, precipitó la retirada de aquel interinato sombrío de Duhalde). “Piquito” entonces, devenido militante y teórico, se pregunta, Ferreyra pregunta, y es conmovedora y sorprendente esa pregunta: “¿Qué es lo que regresa cuando Santillán vuelve sobre sus pasos para auxiliar a Kosteki? ¿Existe algo que haya retornado junto con esos pasos con los que Santillán retorna hacia el compañero caído? Santillán vuelve a pesar de los tiros y el pánico, ¿y qué retorna con él? Me lo he preguntado hasta hoy.” “Piquito” se pregunta y se conmueve y puede romper el cascarón. Aunque lo rompa hacia la locura, cuando se lance a las calles, como un kamikaze subyugado por la pura acción criminal.


Y está la historia de la familia, la historia del asesinato del padre y sus efectos puertas adentro, donde Ferreyra, de manera nada ingenua, nos devuelve algo de los Karamazov y sobre todo de aquel Dios (el padre) ha muerto, de Nietzsche aludido en la escena donde la atribulada viuda del médico, queriendo recobrar la cara de su marido en un dibujo suyo, sólo consigue trazar un bigote, apenas un macizo y notable bigote. La historia de la familia, contada en tercera persona, con muchos malentendidos, se vuelve más decadente y patética a medida que “Piquito” va realizando su conversión.

Algo que también acerca a Gustavo Ferreyra a Joyce es su trabajo con la lengua. Joyce trabaja el inglés, Ferreyra el castellano. En Ferreyra la lengua es interpelada, la lengua es sospechosa (me viene el ensayo de Saer: Prosa, instrumento de estado). La lengua no es sólo una herramienta de representación. Ferreyra sabe que embiste con ella, que se enviste con ella al lenguaje; la lengua es un pico de alpinista entonces, que Ferreyra clava sobre las rocas agudas del lenguaje y la experiencia. Ferreyra pica y pica, incansablemente, buscando eso inhallable: la posibilidad de una raza, de una buena y nueva raza argentina, que brotaría de entre los escombros de nuestra más tilinga, cruel e ignorante clase media. Se trata de un huevo, de un producto utópico, imposible. O absurdo. Pero maravilloso como objeto y motivo de escritura.

Como Joyce miró a sus dublineses, Ferreyra mira a sus porteños y bonaerenses. Los mide, los pesa, los analiza. Y los concibe, con las leyes propias de su realismo. Pero también los mira y concibe como Kafka. En Respiración artificial, Piglia separó tantos entre Kafka y Joyce, y se inclinó por Kafka. ¿Por qué? Porque según la percepción y lectura de Piglia, por locura o elección, a Joyce “le importaba un carajo el mundo” (escribió Piglia en Respiración). Creo que no se equivocaba. Habría que añadir que justamente por eso Joyce dio la versión más “realista” del mundo. Y que es la versión real del mundo, y no Joyce, la que es desalentadora, y lo es, sobre todo, porque es inhumana. Es el mundo sin lenguaje. O donde el lenguaje (y por ende los hombres) pueden incidir sobre el universo, como una araña en el traslado de una cordillera. Por el contrario Piglia dijo de Kafka: “Kafka, en cambio, se despertaba todos los días, para entrar en esa pesadilla y trataba de escribir sobre ella”.

Quizá como ocurre con los males de la vista, cada ojo tenga un tratamiento diferente. Cada lente sea distinta: un par de anteojos puede tener dos lentes distintas. Ferreyra tiene esas dos lentes, por una ve al mundo con un aumento (con un estilo) joyceano, mientras que por la otra lo ve a la manera de Kafka. Pero aquellos anteojos de vanguardia los aplica a sus ojos, a su mirada, siempre, una mirada completamente autónoma y original.

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