NEGRO SOBRE BLANCO (de Esteban Quirós), por Florencia del Campo

NEGRO SOBRE BLANCO
de Esteban Quirós
Ártese quien pueda, 2013
por Florencia del Campo






¿Transformación o torción? ¿Metamorfosis, mudanza? O: ¿distorsión, deformación? No sé, no sé: otra… “La muy turra era otra. Otra”.
¿Y quién era ahora?, ¿una cucaracha? No, no: “Otra. La muy turra era otra”. ¿Y quién era antes?, ¿Gregorio Samsa? No, no: antes había sido su mujer, y después era otra; “la muy turra era otra”.
Negro sobre blanco es la primera novela de Esteban Quirós, que antes de ser publicada ya había resultado finalista del Premio Herralde 2006.
El narrador es “un muchacho de clase media con una vida armada casi por completo recién cumplidos los treinta”: un empleo en un banco, los ahorros en efectivo guardados en un cajón, una suegra que parece exigir descendencia y a la que odia sobre todo porque  odiar a la suegra es deporte nacional, una novia-mujer guapa con buen culo que trabaja de secretaria de un médico, un departamento más amplio que para dos en el barrio de Monserrat, una infancia en Mar del Plata, un compañero de trabajo compinche, unas cervezas después de la oficina, unas caminatas del microcentro hasta la casa, y un psicoanalista.
Pero un día se despierta y su mujer ya no es la que era, se ha convertido en otra. ¿Cómo en otra?, será la pregunta que le hagan Gauna, su compañero de trabajo, y su psicoanalista; y él responderá: “Otra. La muy turra era otra”. Desde entonces, la vida de este joven no va a hacer más que entrar en un declive vertiginoso cuyo eventual golpe final intentará amortiguar con la ayuda de su psiconalista Maidana, “el profesional de la interpretación del inconsciente” que responde con gestos típicos del estereotipado analista freudiano-argentino tales como llevarse el dedo índice al borde de los anteojos, sentarse sobre una nalga y solo una, usar un Mercedes Benz, no reaccionar ante una lluvia de insultos, abusar de los silencios y la parsimonia, y tener un cuadro de Freud colgado sobre su cabeza que funciona “como una suerte de vigilante superyoico y paternalista (…) doctor Freud de las alturas”. Pero el psicoanalista Maidana tiene la posión mágica si no para solucionar los problemas, para mantener(se) en la vereda del trabajo constructivo de y en análisis: poner negro sobre blanco.
Una novela que abre con una cita de El sueño de los héroes de Bioy Casares para darnos la pista de que lo que leeremos será un homenaje a esa obra clásica de la literatura argentina de mediados del siglo XX. Un Gauna en Negro sobre blanco con su amada Clara que invocará a aquellos entrañables personajes de Villa Urquiza o Saavedra. Un repentinismo fantástico que altera el orden de las cosas y de la vida cotidiana. Y otro Maidana…




Entrevista a OFELIA GRANDE

Entrevista a Ofelia Grande.








Ofelia Grande es directora de la prestigiosa Editorial Siruela desde 2002. De visita en Argentina en el mes de Abril del corriente año, nos pareció que era una voz autorizada para tratar algunos temas inherentes al trabajo editorial, desde cómo escogen un libro a editar hasta la situación actual de la edición digital de libros.

¿Cómo se va nutriendo el catálogo de Siruela?
El catálogo se nutre en gran medida de los siguientes libros de autores que ya son parte del catálogo.  Eso es por lo menos un 30 por ciento del plan editorial anual. Luego están los títulos que nos acercan y recomiendan los agentes literarios… tenemos lectores para eso.

¿Tú lees alguno?
Leo muchos, leo muchos pero no todos, me resultaría imposible. Por ejemplo, la línea infantil tiene su encargada, también tenemos la sección de literatura contemporánea, de ensayo… pero siempre son leídos por alguien de la editorial, además de quien hace la lectura y el informe externo. Si el informe externo es negativo, difícilmente se publique, pero si es positivo, debe pasar por una lectura de alguien de la editorial.

¿Cómo llegaron a Ces Nootebom? Resultó ser un hallazgo.
Llegamos a través de nuestra editora de literatura infantil, que trabajaba en la editorial de Nootebom en Alemania y bueno, ella nos recomendó a este autor.

¿Qué cambios encontraste entre la función que cumplías al ingresar en la editorial y al pasar a dirigirla?
Es que entré a la editorial en el año 2000, y hasta el 2003, 2004 casi, quedé como directora. Pero  yo entré a trabajar adjuntamente con Jacobo (WWW), que fue un maestro de lo mejor, a pesar de que yo venía de una familia de editores, entrar a trabajar en una editorial nueva es siempre diferente. Y cambios que se han introducido… bueno, me propuse abrir un poco los intereses de la editorial a, por ejemplo, una colección específica de narrativa contemporánea, que la creamos cuando aún estaba Jacobo;  con el tiempo abrimos la serie policíaca, que hoy por hoy es de las que mejor funcionan; luego abrimos una colección de no ficción, que apunta a todos los públicos.

No todo el catálogo de siruela puede conseguirse en argentina, ¿a qué se debe?
A la importación. En argentina tenemos un distribuidor que trae la mayoría del catálogo, y lo que no se puede conseguir, se puede pedir. De todos modos sabes que en argentina hay limitaciones para importar, y estamos tratando de solucionar ese problema en estos momentos, imprimiendo aquí, los libros que pueden tener una tirada más alta, como Ítalo Calvino, Clarice Lispector… también hemos co-editado con Grupal, por ejemplo a Junichiro Tanizaki. Grupal son nuestros representantes en argentina.

¿En qué medida crees que estos inconvenientes de importación y edición pueden ser salvados por medio de la edición digital?
Ahora mismo, a través de diferentes medios tenemos disponible parte de nuestro catálogo en formato digital. O sea, llegar, llega, pero es algo diferente a ser capaces de transmitir el interés o darlo a conocer para que a alguien le pique la curiosidad. Tendremos el 30% del catálogo digitalizado. Vamos de a poco. Además, curiosamente, hay autores que no quieren que sus libros estén en formato digital; los libros con imagines no son fáciles de editar, pero poco a poco estamos haciendo ese trabajo.La idea, de aquí a un año, es la de tener el 60% del catálogo listo.

¿Cuáles son los costos de digitalizar los libros? Porque lo que se piensa, sin estar en el tema, es que deberían ser mucho más económicos que imprimirlos.
No es que sea tan costoso, el problema es que en realidad, hoy por hoy, se vende poco en ese formato. Si no se vende una buena cantidad, es poco para la rentabilidad que debería representar un título digitalizado. Sé que hay quejas acerca del costo de los libros digitales, que son más costosos de lo que un usuario de contenidos de internet espera. Es que la impresión no siempre es lo más caro del libro. Hay costos de derechos, de traducción, de corrección. O sea, el libro digital ahorra costos, pero no tantos como la gente imagina. Si el libro no pasara por los procesos que pasa para ser hecho en papel, si fuera pensado para ser hecho directamente digital, costará en ese formato tres veces más de lo que cuesta, dado que no podría absorver sino los costos.

Por otro lado, daría la sensación de que no hay una cultura de lectura digital.
Cultura de lectura digital, aún no hay mucha, pero sí en la medida en que hay gente más joven en el mercado. Menos de 25 o 20 años están metidos en eso sin ninguna decisión previa… ya están en el formato digital. Los niños de 11 o 12 años manejan estos medios mejor que muchos adultos.

¿Y los libros de literatura infantil tendrán más impacto en lo inmediato en el marco digital?
Creo que no porque los niños aún no son propietarios de los aparatos lectores, sino sus padres. Pero eso se dará de a poco.

¿Y la piratería se podrá combatir?
Creo que tenemos que tratar de hacer todo aquello que se pueda para combatirlo. Pero igualmente deberemos tener que convivir con eso, más allá de los nuevos mecanismos que podamos poner en práctica. Creo que hay que educar, educar en que eso es un delito. Nadie es consciente. Implemente dicen “me descargas tal cosa? No piensan que sea lo mismo que entrar en una tienda y llevarse un bolso y salir corriendo.

En la música está el caso de Radiohead, que colgó uno de sus discos y dejo que quien lo descargara abonara una suma que considerara justa. Recaudaron millones. ¿Se podría pensar en que la industria podría buscarle la vuelta por ahí?
Eso es una decisión personal de cada creador. Pero tampoco se puede concientizar a la gente de que el valor de las cosas no puede ser puesto por cada uno.  Una Coca-cola vale tanto y no es mi opinión la que le pone precio, tiene un valor y hay que pagarlo. A lo mejor habría que orientar, plantear la discusión. Es lo que hablábamos antes, hay costos para hacer un libro.

Es que si la contraoferta es no pagar nada, no se puede competir con eso.
Claro, si le preguntas a alguien ¿Cuánto piensas que sale un libro? ¿Qué te parece pagar como para no piratearlo? Es que entre pagar 0,90 y nada, vas a decir nada. La piratería tiene un punto de militancia también: no estoy dispuesto a pagar ni dos euros ni 0,90 , no quiero pagar nada.

La gente paga más gustosa un libro.

Sí, la gente paga más gustosa un libro. Lo tiene en la mano, lo pone en su estantería. La gente le da más valor a un objeto físico. O por lo menos, es lo que aún está sucediendo. Será cuestión de ver qué ocurre dentro de unos años. 

PARA UNA AUTOPSIA DE LA VIDA COTIDIANA (de J.G.Ballard), por Juan José Burzi

PARA UNA AUTOPSIA DE 
LA VIDA COTIDIANA 
de J.G.Ballard
Caja Negra, 2013
por Juan José Burzi







Son cuatro entrevistas, extensas, de diferentes épocas (la primera,por ejemplo, de 1982, cuando Ballard no era tan masivamente reconocido como sí lo fue luego) que juntas pueden resultar un buen diccionario ballardiano de las obsesiones y componentes de su obra literaria.
Por ejemplo, se revela algo que resulta obvio luego de ser leído: Ballard encontraba elementos de inspiración leyendo revistas médicas. También da cuenta de su admiración por el movimiento surrealista (Dalí, Ernst), por otros autores (Borroughs, Joyce), su interés por el movimiento punk, el interés casi erótico que le despertaban los choques de auto, y que luego plasmó en La exhibición de atrocidades y más puntualmente en Crash.
El libro ofrece un panorama tan fascinante como inesperado, porque quien lee los libros de Ballard sin tener referencia de su vida, bien puede creer que el autor está encerrado en un psiquiátrico. Nada más alejado de la realidad: vivió la mayor parte de su vida en Shepperton, un barrio de los suburbios, criando a sus tres hijos, huérfanos de madre a causa de su temprana muerte.
El mundo de Ballard, alucinante, grotesco, repleto de psicópatas, de realidades futuristas que nos esperan a la vuelta de la esquina, es concebido en una casa de familia, con un ritmo de trabajo para nada frenético, sin drogas, sin descontrol. Eso es lo más asombroso.  Ballard es un médium entre el presente y el futuro, un visionario que profetiza un futuro para nada acogedor.

Por los motivos antes mencionados, se puede aseverar que Para una autopsia de la vida cotidiana es un libro ideal tanto para quien ya conoce la obra de Ballard como para quien no la leyó nunca. Una guía con guiños y llamadas al pie para unos, y una puerta de acceso a mundos ya no tan futuristas para otros.

EL MAL MENOR (de C.E.Feiling), por Tomás Downey

EL MAL MENOR
de C.E.Feiling
Fondo de Cultura Económica, 2013
por Tomás Downey




Anoche soñé contigo.
Reseña de El mal menor (C.E. Fieling, Fondo de Cultura Económica, 2012).

C. E. Fieling (Rosario, 1961 – Buenos Aires, 1977), en uno de los ensayos recopilados en Con toda intención (Sudamericana, 2005), cita al Nietzche de Humano, demasiado humano: “En época de las groseras culturas primordiales, el hombre creía que en los sueños se transportaba a un segundo mundo real: ésa es la fuente de toda metafísica. Sin los sueños no hubiera habido por qué dividir al mundo en dos.” (Página 270).
Los seres humanos, a través del lenguaje, pretendemos entender, clasificar, ordenar. Pero siempre hay algo que se escapa, algo incomprensible; ese algo nos somete todas las noches mientras soñamos, en ese universo en el que cada símbolo significa siempre otra cosa. Donde todo lo que parece estar bajo control se suelta y se apodera de nosotros. El de los sueños es otro mundo, cuya lógica no comprendemos. Un mundo que provoca terror y fascinación; en el que nuestra voluntad obedece a estímulos que desconocemos, dejándonos reducidos a polillas que orbitan la luz y el calor, enloquecidos y estupidizados.
¿Y qué es eso a lo que le tememos? ¿Y por qué? El miedo, desde la biología, se define como una cualidad adaptativa. Un mecanismo de supervivencia que se activa ante el peligro inminente. El hombre, sin embargo, escindido de ese estrato natural por obra del lenguaje, teme a lo que no comprende. Lo oculto, lo imprevisible, lo desconocido. Metáforas de la oscuridad y la muerte.
Hoy, a través de la ciencia y su estudio de los mecanismos, entendemos cómo suceden ciertas cosas; pero no por qué.
Y es que quizás no haya nada que saber: la naturaleza -para usar las palabras del propio Fieling- es puro “mecanismo ciego”. No le tememos a la muerte en sí -porque comprendemos que es un proceso natural e inevitable- pero sí a su sentido. O, mejor dicho, a la ausencia de él. Ese lugar de miedo primigenio, entonces, lo ocupan los sueños; el campo donde todo eso que no comprendemos -eso que en la vigilia podría volvernos locos- se escenifica una y otra vez, estableciendo códigos que nadie termina de entender.
“Los sueños son asquerosos, y nadie debería tener que soportarlos (...) Nadie merece soñar, acostarse todas las noches de su vida sabiendo que va a ser juguete de aquello mismo que emplea cada día en reprimir” (Pag. 174), dice Fieling a través de uno de los personajes de la novela.
La idea de que la literatura de terror trabaja sobre esos miedos primitivos no es nueva. Tampoco lo era en 1996, año en que se publicó por primera vez El mal menor.
En su tercera y anteúltima novela, parte de un proyecto literario que incluye un policial con ecos políticos (El agua electrizada, 1992), un relato de aventuras que transcurre a principios del siglo XX, protagonizado por un posible Leopoldo Lugones (Un poeta nacional, 1993), y una incursión inconclusa en el fantasy -tan de moda por estos días, quizás no tanto hace quince años-, Fieling construye una historia sólida, que transcurre en una Buenos Aires perfectamente verosímil, casi igual a la nuestra.
El argumento: hay una realidad paralela en la que nuestros sueños se corporizan. Existe un cerco que mantiene a nuestro mundo a salvo de aquél. Están los arcontes, doce personas sobre las que cae la responsabilidad de proteger esa barrera. Y los visitantes, y los prófugos. Los primeros son inofensivos, apariciones que vagan por la ciudad y que solo pueden ser vistas por los arcontes. Pero ojo con los prófugos, que son los que encuentran una brecha y logran pasar a nuestro mundo. Uno solo -una criatura realmente pesadillesca, dotado de una fuerza terrible, capaz de cambiar de forma y demás habilidades conferidas por quien lo soñó- es capaz de hacer peligrar el cerco, allanando el camino para que otros como él (o ella, o lo que fuera) crucen a este lado, el nuestro.
Inés -treinta y un años, dueña de un restaurante exitoso, segura de su belleza e inteligencia, soltera y aficionada a la cocaína y la ingesta de alcohol en cantidades industriales-, se ve obligada a asumir una responsabilidad que no desea cuando la situación comienza a pasarse de siniestra. Primero con incredulidad, luego abrumada por todo lo que experimenta en su propio cuerpo. El encargado de decirle que es uno de ellos es otro arconte, Nelson Floreal, tarotista e hijo de Doña Adela, la más vieja de los doce.
Otros personajes, con mayor o menor relevancia, con más o menos sorpresas guardadas, completan el elenco de esta batalla entre las fuerzas de un bien que nunca es tal y de un mal que no es otra cosa que el eco de lo que sueñan los mortales.
El relato alterna entre dos voces, ambas levemente corridas de eje. La de un narrador en tercera persona, omnisciente, sutilmente irónico y desapegado; y la de Inés, en la que parecieran percibirse los efectos de la cocaína y el alcohol: ese estado en el que las cosas parecen suceder, ajenas a nosotros. (Más allá de algunas escenas escabrosas, con tendencia al barroco -“No me atreví a mirar más abajo, donde la vagina ejecutaba su propio concierto; tampoco tuve tiempo de hacerlo, porque tras un último y rapidísimo cambio el lugar de la azafata fue ocupado por un gigante musculoso. Su rostro estaba cubierto de gusanos y su pene eyaculaba -rítmica y puntualmente grandes chorros de una diarrea negruzca”-, hay un tono extraño que recorre el texto de principio a fin, algo que sugiere resignación. No hay sobresaltos ni grandes escenas, excepto un momento o dos que igualmente se narran con una calma enrarecida, sin el histrionismo y el gusto por las revelaciones típicos del género. La novela evita el impacto, el susto, la mera reacción.)
Las dos voces que llevan la historia se enlazan en el final, del que no voy a decir nada excepto todo lo que ya dije y algo más: El mal menor se guarda para las últimas páginas una vuelta de tuerca. Ese dato, en contraste con lo dicho en el párrafo anterior, podría sonar a contradicción. Pero: Fieling evita la astucia, el engaño. Construye minuciosamente un giro cargado de cinismo y que no solo funciona sobre el relato, sino también a nivel discursivo, con chiste incluído. Un descubrimiento que resignifica y sorprende, sí, pero lo que más choca es que podríamos haberlo sabido. Y que ahora, como siempre, ya es tarde para todo.
Una novela costumbrista, erudita e irónica (Fieling comparte con Borges bastante más que el ascendente inglés), realista, terrorífica; repleta de pequeñas perlas que son la verdadera sustancia de esa materia ecléctica y amorfa que llamamos literatura: un breve comentario sobre una canción de Leonard Cohen y la verdad que -aunque a nuestras inteligencias le pese- encierran los clichés, una serie de reflexiones sobre la burocracia y la industria del turismo en Cuba, o la salsa de soja perfecta para un “Puchero chino”.
El mal menor es uno de esos libros que se leen de un tirón. Un relato genial, casi una droga: la afición de Inés por la cocaína es curiosamente análoga a la nuestra -ay de nosotros, los lectores- por pasar las páginas hasta llegar a un final en el que el vacío se siente en la boca del estómago.

Fieling, pese a haber muerto tan joven -de leucemia: absurdo, dirían algunos con razón-, dejó una obra particularmente interesante. Sus tres novelas, junto con fragmentos del La tierra esmerlada, su libro inconcluso, fueron editadas por Norma en el 2007 bajo el nombre Los cuatro elementos. Y al mencionado Con toda intención, se le suma Amor a Roma, un libro de poemas de1995.

LIMONOV (de Emmanuel Carrére), por Leonardo Vascal

LIMONOV
de Emmanuel Carrére
Anagrama, 2013
por Leonardo Vascal







¿Es Limonov, de Emmanuel Carrère, una novela? La respuesta, para algunos será “sí”, para otros “no”. Desde mi punto de vista, no es una novela (a pesar de los muchos gestos que hace hacia esa dirección de la novela), sino que es una biografía. El hecho de que con este libro Carrère haya ganado varios premios de novela da testimonio de cómo la idea mutante e híbrida de “novela” oscila en el horizonte cultural contemporáneo, especialmente en los últimos años, que la forma ha influido de manera clave este género, ya sea en la forma de la biografía, la autobiografía, el testimonio, la literatura de viajes, la historiografía, el periodismo, etc.

El libro de Carrère se centra en la vida de Eduard Limonov, y a decir verdad, sería difícil imaginar una vida más "novelesca”. Nacido en las provincias rusas en 1943, supo ser un hooligan, un poeta sin hogar, un exiliado, un mayordomo de un multimillonario de Nueva York, un soldado en combate, un estalinista impenitente, un preso político, un disidente entre los disidentes, y el fundador del Partido Nacional Bolchevique. Carrère está claramente fascinado por Limonov, pero esa fascinación es significativamente angustiante. Por un lado, admira el valor y la fuerza de voluntad de una parte de ese hombre, y por otro, deplora sus tendencias hacia el fascismo y su simpatía inquebrantable a la causa serbia en la antigua Yugoslavia. A lo largo del libro, Carrère plantea sus propios motivos para abordar a este personaje, si bien nunca llega a un motivo satisfactorio para su decisión de escribir sobre Limonov. Lo que es más, quizá inevitablemente, Limonov fuerza a Carrère a considerarse a sí mismo de nuevo, y eso da como resultado un proceso muy interesante, especialmente para los lectores familiarizados con el trabajo previo de Carrère. Carrère reconoce en Limonov a un escritor determinado a explicar el mundo como él se imagina que debe ser, y tal vez eso es lo que toca a Carrère tan de cerca, ya que él mismo busca nuevas maneras de describir el mundo que nos rodea, en su caso buceando más allá de los límites de la novela tradicional.


FANTASMAS (de Analía Giordanino), por Augusto Munaro

FANTASMAS
de Analía Giordanino
Ediciones UNL, 2008
por Augusto Munaro





La temática predominante de Fantasmas (UNL), escrita por Analía Giordanino (Santa Fe, 1974), revela cierta preferencia por los episodios de incomunicación y angustia. Aunque el título sugiere lo contrario, las historias aquí reunidas (ninguna supera las diez páginas de extensión), son en su mayoría realistas. No obstante, su singular solidez narrativa yace en la variedad de temas y en su trasfondo equilibrado, que se diluye sin estridencias. Hay siempre en ellos, una desacostumbrada belleza, una mirada sincera donde el desamparo –“Un día perfecto”, “Guía para cementerios”- destila las oscuras corrientes que fluyen bajo los pequeños incidentes de nuestras vidas –“Simetrías”, “Supermercado”, “Otro día perfecto”. El desencuentro entre lo que se hace y lo que se anhela. 
Exceptuando “Una muerte para Pablo”, compuesta a través de una prosa ligeramente impresionista, donde hay pliegues metafóricos y ciertos juegos sinestéticos; el estilo de Giordanino es limpio y expresivamente ágil, despojado de pintoresquismos. Un lenguaje que se erige contra la sofisticación o la extravagancia, albergando un tono, un hálito expresivo que fluye armoniosamente según sus propios elementos internos. Cada página compone un mundo narrativo autónomo que, como en los relatos de Katherine Mansfield ó Flannery O´Connor, ha retratado el infierno de la monotonía y el quehacer doméstico, con exquisita sutileza; donde el sueño y la vigilia se entremezclan para depositar su huella fantasmagórica de sentimientos aciagos, sin por ello, perder la capacidad de sorprender al lector. 
Mención aparte merecen los relatos de corte fantástico, donde Giordanino honra un genero un tanto delicado y desdeñado. “Fantasmas”, “Mi mosquito” y en especial “La casa de los ojos despiertos”, esta última, narración sugestiva y atrapante, cuya imprevisible temática recuerda los relatos de Ana María Shua o los cuentos que cultivó el mexicano –tardíamente descubierto-, Francisco Tario (1911-77); descuella por su desbordante sensibilidad imaginativa. Asimismo ofrece distintos enfoques de interpretación, resultando ser, acaso, el mejor cuento del volumen. 
Este libro nos convierte en testigos del desarrollo de sus relatos, y nos hace formar parte de un universo profundo, vivificante, y a su vez, dolorosamente familiar. Con prácticas muy variadas, siempre siguiendo un registro personal, Giordanino ha legado una primera obra no exenta de piadosa ironía. Su lectura depara placer. 
Fantasmas obtuvo en el año 2007 el Premio Provincial Alcides Greca, con un jurado integrado por Hebe Uhart, Sonnia De Monte y Graciela Pacher, siendo uno de los tres títulos lanzados por la nueva colección Los Premios, que otorga el gobierno de la Provincia de Santa Fe, a través de sus concursos trienales de poesía, narrativa y ensayos en la categoría Inéditos.

SÚCUBO (de Nicolás Correa), por Eva del Rosario

SÚCUBO
de Nicolás Correa
WuWei, 2013
por Eva del Rosario





Narrada en un estilo confesional por tratarse de una extensa carta, con continuas apelaciones a un “vos” que habrá que ir descubriendo a medida que se lee, y con todas las trazas de un lenguaje popular, Súcubo es una novela que impacta, conmueve y atrapa a los lectores, quienes desde la primera página hasta la última encarnan, también, esa segunda persona tan presente en el toda la narración.
El narrador protagonista es Ciro, un exorcista de Santa Clara que debe enfrentar el mal sin refugiarse en ninguna iglesia en particular. Sus métodos son sincréticos y afirma que muchos de ellos fueron aprendizajes directos del gran poder de intuición y fe que caracteriza a María, su propia madre.
Dentro de la novela, el origen del mal tiene fecha precisa: se basa en un episodio que carga a Ciro de una culpa infinita no por haberlo protagonizado, pero sí por haber sido un testigo directo, cómplice de un amigo íntimo (el Coke) y de un personaje siniestro y de gran peso en el relato (el Elías). A partir de este suceso, la fuerza casi omnipresente del mal se asentará en Santa Clara y encontrará pocos que la resistan.
Y es que ese episodio, también, abre un campo en el que se pondrán en juego diversos roles de acción, encarnados por diferentes personajes de distintos sexos. En cuanto a la mujer, podemos trazar un distingo tripartito: aparece así “la mujer víctima”, porque en esta historia la violación hacia las mujeres es un modo recurrente y muy importante en el que se encarna “el mal”. Por otro lado, también está encarnado en la figura del “súcubo”, mujer que, dotada de una sensualidad sin límites, hechiza y vampiriza a los hombres con los que se encuentra, transformándolos así en seres corrompidos y carentes de vitalidad y energía. Y por último, una “tercera mujer”, que estaría del lado del bien, de la resistencia a la que antes me refería, y esa mujer es María, la madre de Ciro, quien, tanto desde su nombre como desde su rol, simboliza la pureza y la maternidad protectora, y es el único personaje en el que Ciro encuentra un refugio que lo ampare de sus múltiples pesadillas. 
Por otro lado,  estarían los hombres, quienes son los primeros en “caer en la tentación”, pero no todos ellos: el diablo sólo se ensañó con “los que militan” por eso eligió como escenario la unidad básica de Santa Clara, y la figura del mal adquiere otra connotación si observamos que las acciones se sitúan en nada menos que los albores del menemismo en la Argentina.
Pero hay un personaje que sobrevuela a todos los sexos, a todos seres los humanos. Se trata del viento. Más omnipresente que los designios del maligno, el viento aparece en Santa Clara de manera continua, persistente, agotadora. Es un viento que corta las caras de los personajes, silba trayendo presagios funestos y traslada un fuego casi apocalíptico. De ningún modo es casual la presencia de este elemento natural en la novela. El canto quinto de La Divina Comedia de Dante Alighieri es el encargado de narrar lo que sucede en el segundo círculo del infierno, donde se encuentran los lujuriosos, quienes son arrastrados constantemente por un fuerte viento que jamás se interrumpe: 

Y como las alas llevan a los estorninos
en tiempo frío, en larga y compacta hilera,
así aquel soplo a los espíritus malignos

de aquí, de allá, de abajo a arriba, así los lleva;
nunca ninguna esperanza los conforta
de algún reposo, o de disminuida pena.”

(La Divina Comedia, estrofas 14 y 15 del Canto V)

La alternancia de capítulos muchas veces está dada por el relato de un pasado finalizado –todo lo que se relacione con Santa Clara- y un presente cotidiano –el de Ciro en la cárcel, donde ayuda a los presos que acuden a él a veces para que los escuche; otras, para que les quite “al maligno” de adentro-. Es así como Nicolás Correa mantiene la intriga a lo largo de toda la lectura que hacemos de Súcubo, en la que no dejamos de preguntarnos ¿cómo llegó Ciro a la cárcel? ¿Cómo fue que comenzó –porque eso no se decide, la novela nos persuade al respecto- a desempeñarse como exorcista? ¿Revelará ante sus seres más queridos ese secreto que lo mortifica? ¿Qué pasará después?

“Súcubo” es en sí misma un exorcismo. Ciro escribe su historia para que se le haga menos imposible soportar su culpa, para compartir sus secretos, para no quedarse solo; para encontrar, en ese acto comunicativo cargado de tanto dolor, un poco de refugio. Quizás los lectores podamos, entonces, jugar a transformarnos en un techo que lo ampare de ese viento plagado de pesadillas y demonios. 

ILUSORIAS (Antología), por Damián Lorenzo

ILUSORIAS
Antología
Muerde Muertos, 2013
por Damián Lorenzo







Cuenta la leyenda que Alberto Laiseca tardó 16 años en publicar Los Sorias, una novela monstruo de 1300 páginas, quizá la más extensa de la literatura argentina, y de las menos leídas.
"La historia de Los Sorias comienza en una pieza de pensión, y ese lugar se transforma en el escenario de una epopeya que transcurre en tres dictaduras: Soria, Unión Soviética y Tecnocracia. El Monitor, jefe máximo de la Tecnocracia, empieza siendo un déspota fanático, monstruo, sádico, desquiciado, pero conforme avanzan las cosas se va humanizando. La trágica paradoja es que cuando se transforma en buen tipo, El Monitor pierde la guerra y su humanización no le sirve de nada”, resume el propio Laiseca.
Quince años más tarde de su primera edición, la editorial Muerde Muertos lleva a cabo esta especie de homenaje/ complemento de la novela, con una propuesta por demás atractiva: ilustrar los 165 capítulos de la novela. Cada capítulo sería ilustrado por un artista plástico, pintor, psicólogo, escritor, cineasta... y la lista sigue. En ese número demencial de invitados, hay gente famosa y prestigiosa, gente no tan famosa y personajes del under más under imaginado.
ilusorias (así se llama el libro en cuestión) es una apuesta por demás ecléctica y heterogénea, que hace honor a uno de los libros más extraños de la literatura argentina. Ideal para el que no se animó a leerlo aún (ni a comprarlo), iluSorias puede servir como primer paso al mundo de la Tecnocracia.


VERSOS APARECIDOS (de Carlos Aiub), por Augusto Munaro

VERSOS APARECIDOS
de Carlos Aiub
Libros de la talita dorada, 2013
por Augusto Munaro






En 1995, Ramón y Juan Aiub Ronco, siendo aún adolescentes, recibieron tras la muerte de su abuelo, algunas pocas pertenencias de su padre, Carlos Aiub (1949-1977), desaparecido durante la última dictadura militar argentina (1976-1983). Entre esos objetos, yacía un pequeño cuaderno espiralado, con treinta poemas de puño y letra del desaparecido. Se trataba de un cuaderno marca Éxito, anillado, tamaño oficio, de 96 hojas en cuyo interior figuraba, en letra mayúscula e imprenta, el testimonio poético de un militante del Movimiento Revolucionario 17 de Octubre (MR-17). El único registro escrito que había sobrevivido el saqueo, luego del allanamiento acaecido aquel 10 de junio de 1977.
Como indica el prólogo, se desconoce si esta treintena de textos corresponden a una obra mayor, o si su autor, conforme con ellos, originalmente pensaba hacerlos público en forma de libro. Sin embargo, después de tres décadas de silencio, Versos aparecidos. Poesías (Libros de la talita dorada), resulta uno de los pocos poemarios rescatados de aquel período negro de la historia nacional, constituyendo un valioso testimonio sobre el sueño trunco de una generación.
Compuestos entre 1972 y 1975, estos versos condensan un imaginario poético íntimamente ligado a los acontecimientos políticos de entonces. Poemas cuya gravedad, muchas veces vaticinan, a través de un lenguaje claro y preciso, su violento desenlace. Es un libro de extraña hondura y madurez. Se percibe cierto aire elegíaco en la voz de Aiub. Una respiración que pendula entre el paso del tiempo y la incertidumbre por la muerte, la esperanza de un futuro sacrificante y el deseo incorruptible de abogar por la justicia y las causas justas. En Carlos Aiub, poesía y realidad conforman una sustancia indivisible. Esta especie de diario de militante, la crónica de un testigo implicado en los hechos de su tiempo, guarda resonancias con los poemas del español Miguel Hernández y el salvadoreño Roque Dalton. La cuidada edición del presente poemario, es el primer título que conforma la colección Los detectives salvajes, cuyo objetivo principal es armar un catálogo de libros para “hacer homenaje a la prosa, narrativa o verso de quienes aún tienen la certeza de la herida abierta dejada en la escritura tras el último golpe militar”. Una publicación que estimulará, seguramente, la aparición de nuevos testimonios. 
Como El Castillo, de Kafka, el Diario de Ana Frank, Paris era una fiesta de Hemingway o La casa de la vida -la secuencia de sonetos que Dante Gabriel Rossetti exhumó de la tumba de su esposa-; Versos aparecidos, puede conformar la lista de libros que póstumamente han merecido la posteridad.

MUERDE MUERTOS (QUIÉN ALIMENTA A QUIÉN...) (de Carlos y José María Marcos), por Patricio Chaija

MUERDE MUERTOS (QUIÉN ALIMENTA A QUIÉN...)
de Carlos y José María Marcos
Muerde Muertos, 2012
por Patricio Chaija




Amo los libros. Me encanta mirarlos. Tocarlos. No pasa un día sin que huela sus lomos, oiga el chicoteo de sus páginas. Sí: son mi fetiche. Contemplar mi biblioteca, o una ajena, puede llevarme horas. Sólo estar de pie frente a un conjunto de libros me transporta a otro lugar, y me quedo extasiado, imaginando qué historias cuentan. Qué lugares me están esperando. Y qué voces nuevas me van a embriagar. A mis conocidos les he dicho la afirmación que, si pudiera alimentarme de libros, sería feliz. Hasta aventuré (en tono de broma) que hacerle el amor a un libro sería la completud misma.
Estas disquisiciones tienen mucho que ver con la novela de la que hablaré. Porque es una novela que refiere a la búsqueda de un libro, El tratado teórico del oficio de muerde muertos, y a los avatares que sus protagonistas, en Salamanca y Buenos Aires, sufren bajo el influjo del incunable. Con la excusa de emprender la búsqueda del texto de un antepasado, Blaise Orbañeja, en Buenos Aires, emprende correspondencia con Jesús Figueras Irigoyen, en España. El radicado en Salamanca le refiere a quien reside en Buenos Aires que él investigará acerca del libro solicitado, pero que a su vez exige saber qué ocurrió con su hermano Ignacio, desaparecido hace varios años. Ambos personajes, que se convierten en contendientes pero necesitados el uno del otro, van tejiendo así la historia.
Los hermanos Marcos creen en otros mundos, y en las aventuras que éstos deparan. Y se lanzan a la escritura de una difícil novela, que subyuga al lector y lo lleva de la mano a un lóbrego laberinto. La trama se imbrica una y otra vez mientras nos adentramos con paso confiado en el complejo edificio pergeñado por los autores. La historia, con ribetes de policial, va acelerando su dinámica a medida que avanzan las páginas. El universo planteado, en donde un hombre desea saber qué ocurrió con su hermano y un viejo bibliómano necesita el hipotético libro, es convincente, ya que los personajes no son nada lineales, tienen una carnadura notable, y permiten imaginar escenarios que quedarán en el recuerdo del lector por mucho tiempo. El ambiente, por momentos asfixiante, de la trama, se profundiza cuando seguimos una línea planteada por el narrador y descubrimos que la plurisignificancia es análoga a la cantidad de puertas que debemos escoger para encontrar una salida a la trampa. Pero los Marcos se encargan de frustrar amablemente nuestras expectativas. Blaise Orbañeja se acercará más y más a su libro, mientras el señor Figueras Irigoyen encontrará algunas respuestas...
Aparentemente anacrónico, el motivo de narrar con cartas en la era de la comunicación digital, instantánea y audiovisual, no es un detalle más, sino que contribuye a la forma precisa que la narración exige.
La mesa está servida. O la cama, porque la lectura se vuelve una gran orgía entre las paredes del laberinto, un encuentro añorado y prohibido, en donde el placer y la lujuria se concentran en un amor desmedido por los libros, la literatura, la amistad; en fin, las cosas importantes en la vida.

Es adecuado decir que no se puede huir del laberinto. Una vez que entrás, los muerde muertos no saldrán de tu cabeza, nunca más.

ÁRBOLES DE TRONCO ROJO (de Marcelo Guerrieri), por Fernando Figueras

ÁRBOLES DE TRONCO ROJO
de Marcelo Guerrieri
Muerde Muertos, 2012
por Fernando Figueras





Está claro que ningún autor, por esmerado que sea su trabajo, podrá describir jamás todos los elementos que intervienen en una escena. Mucho menos podrá alguien reflejar con palabras irrefutables lo que los personajes sienten. Sólo se pueden elegir detalles, recortes de un todo abrumador, que sirvan para transmitir lo que ocurre en una historia.
En Árboles de tronco rojo (Muerde Muertos. 2012), Marcelo Guerrieri nos ofrece catorce cuentos que nos llevan a centrar la atención en un instante de la vida de los protagonistas, lapso en el cual tendrá lugar algún desequilibrio que hará que la historia se mueva suavemente y continúe vibrando aún después de la lectura.
Si bien la temática es variada, el amor ocupa un lugar preponderante en los relatos. Una prueba de esto es “La inundación”, donde se cuenta la crecida de un río cuyas aguas se instalan en un barrio cambiando el entorno y la vida de sus habitantes. Cuando dichas aguas bajen, se llevarán consigo algo más que los restos materiales de la catástrofe.
En el texto que da título al volumen, Analía y Lichi comparten el amor y la alegría de un embarazo, pero un simple gesto —un detalle— pondrá en dudas todos los sentimientos.
“El zumbido” nos habla de un amor furtivo, un instante compartido en el que hay tiempo para un pequeño engaño. “Cada tanto Normita” contiene una de las imágenes más bellas del libro: “La luz que sale de la casucha le da de lleno en el vestido. Los barrotes de la reja se le pintan en el cuerpo. Barrotes de sombra. Basta con apagar la luz para sacarla de esa cárcel”. Y al lector le bastan estas palabras para imaginar la escena, para estar allí y verlo todo.
El mundo de la infancia también está presente con el niño terrible de “Vos sos Pin”, que disfruta haciendo sufrir al abnegado protagonista, o el pibe de “Solo en la escuela”, que no puede creer que sus padres vayan a dejarlo allí, entre desconocidos, librado a su suerte, al punto de que considera que se trata de un castigo.
“El ciclista serial” tiene un tono diferente dentro del libro, ya que está  relatado por Aristóbulo García, un jefe de investigaciones mediocre con delirios de grandeza que intenta resolver un extraño caso.
Guerrieri relata con imágenes potentes y un manejo sutil del lenguaje, recursos más que suficientes para meternos en su mundo y devolvernos al nuestro con la esperanza de captar algún guiño dentro de la vida cotidiana, un pequeño rasgo que merezca ser contado.


EL SEÑOR DE LA LUZ (de Maurice Renard), por Augusto Munaro

EL SEÑOR DE LA LUZ
de Maurice Renard
La Bestia Equilátera, 2012
por Augusto Munaro





¿Cuál es el secreto de la fascinación de esta novela? Imposible saberlo. Su autor, el escritor francés Maurice Renard (1875-1938) acaso encarnó lo que cierta vez Píndaro dejó por escrito en un par de versos: “No aspires a la vida inmortal pero agota/ los límites de lo posible”. Pues su protagonista, el joven e inquieto historiador Charles Christiani quien sueña casarse con su adorada Rita Ortofieri (perteneciente a una familia corsa enemistada con los Chistiani desde los tiempos de Napoleón), parece haber llevado esa premisa a los pormenores de su historia donde cualquier cosa es viable y todo puede ocurrir. Felizmente para el lector a través de sus veinte capítulos, los atractivos son muchos y variados. 
Charles necesita esclarecer un crimen centenario para demostrar la inocencia de los Ortofieri y restituir así la armonía entre ambas familias. ¿Podrá lograrlo? En una carrera contra reloj y con el socorro de unos cristales cuyo extraño material (“luminita”) retrasa el reflejo de la luz en proporciones extremadamente notables (lo que sucede hoy puede ser visto recién en cien años); Renard narra una odisea de prodigios en una novela compacta y entretenida que despliega dos mundos o existencias paralelas (pasado y futuro: espacios y tiempos rivales); sólo compatibles a la hora de solucionar el enigma del boulevard du Temple, originado allá por 1835, durante el Primer Imperio. 
Así Renard (maestro a la hora de hibridar géneros) procesa ciencia ficción (H.G. Wells pero también Gustave Le Rouge), policial (en especial Poe y Maurice Leblanc) fantasía, aventura (Ponson du Terrail, Verne); inclusive horror gótico para forjar lo que él solía llamar le roman merveilleux (la novela maravillosa). Su estilo absolutamente transparente y ágil posee la virtuosa velocidad de los folletines, ese ritmo rocambolesco hallado en Pierre Souvestre y Marcel Allain, los creadores del inmortal Fantômas. El resultado es favorable, pues su cualidad irreal es más potente que el realismo, razón por la cual logra el milagro: volver admisible lo inverosímil. 
La traducción magnífica de Le Maître de la lumière a cargo de César Aira confirma que la literatura francesa es infinita e inagotable como la cantidad de hechos maravillosos que narran sus páginas: desde el curioso vidrio óptico que aprisiona el pasado en sus miles de capas micáceas hasta Pitt, el viejo loro de 140 años que guarda en su memoria esclerótica, un secreto extraordinario.

EL GUSTO (de Leticia Martin), por Valeria Iglesias




EL GUSTO
de Leticia Martin
Pánico el pánico, 2013
por Valeria Iglesias



Un viaje por el gusto 

El gusto es uno de los cinco sentidos con el que percibimos el mundo. Pero también, en un “sentido” más amplio es, según la RAE, nuestra “facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo”, un criterio por medio del cual elegimos qué música, gente, ropa, lugares, momentos, olores, etc. son o no son de nuestro agrado. Facultad esta última que hace que la mirada del otro nos clasifique. Así podemos tener buen o mal gusto (o pensar de los demás que tienen buen o mal gusto, porque nosotros somos el otro para los otros). 
Estas tres capas (lo sensorial, el criterio y la mirada del otro) son líneas, hebras que se entretejen en la novela de Leticia Martin para dar relieve y profundidad a un período bien acotado de la vida de Lorena, la protagonista. 
Lorena atraviesa unos pocos días y nosotros la acompañamos desde adentro para conocer su mundo interno y externo, poblado de sensorialidad (no sólo el gusto, también el tacto, el olfato, el oído, y hasta la kinética o sentido del movimiento, porque Lorena es bailarina), exigencia y autodescubrimiento. 
Es un período en el que “no pasan grandes cosas” según anuncia Martin en la contratapa. Y yo agrego, grandes cosas, no, pasan inconmensurables cosas que sólo el ojo atento que se identifica con Lorena más allá de sus obsesiones y patologías puede intuir. 
Digamos que Lorena es una bailarina que consigue un rol protagónico, el más importante de su carrera y aunque todo pareciera indicar que su vida entera fue un prepararse para eso, de pronto se hacen visibles pequeñas fisuras por las que espiar otras maneras de vivir. Como lectora, disfruté mucho del nivel de detalle que construye a Lorena y su mirada particular del mundo, porque es gracias a eso que avanzamos en la lectura a la expectativa de su transformación. Transformación que conforma un viaje simbólico, pero también literal. Un viaje hacia donde finalmente suceden los excesos a los que Lorena tanto teme y que atraviesa como pruebas de las que sale airosa y renovada. Pequeña muerte de la que resucita. Y todo buen viaje que se precie no debe prescindir de un mapa. El índice, escrito en infinitivo, cual instructivo o receta, es un excelente GPS para Lorena y para los lectores. 



Valeria Iglesias

EL SEÑOR DE LA LUZ (de Maurice Renard), por Augusto Munaro

EL SEÑOR DE LA LUZ
de Maurice Renard
La Bestia Equilátera, 2012
por Augusto Munaro



¿Cuál es el secreto de la fascinación de esta novela? Imposible saberlo. Su autor, el escritor francés Maurice Renard (1875-1938) acaso encarnó lo que cierta vez Píndaro dejó por escrito en un par de versos: “No aspires a la vida inmortal pero agota/ los límites de lo posible”. Pues su protagonista, el joven e inquieto historiador Charles Christiani quien sueña casarse con su adorada Rita Ortofieri (perteneciente a una familia corsa enemistada con los Chistiani desde los tiempos de Napoleón), parece haber llevado esa premisa a los pormenores de su historia donde cualquier cosa es viable y todo puede ocurrir. Felizmente para el lector a través de sus veinte capítulos, los atractivos son muchos y variados. 
Charles necesita esclarecer un crimen centenario para demostrar la inocencia de los Ortofieri y restituir así la armonía entre ambas familias. ¿Podrá lograrlo? En una carrera contra reloj y con el socorro de unos cristales cuyo extraño material (“luminita”) retrasa el reflejo de la luz en proporciones extremadamente notables (lo que sucede hoy puede ser visto recién en cien años); Renard narra una odisea de prodigios en una novela compacta y entretenida que despliega dos mundos o existencias paralelas (pasado y futuro: espacios y tiempos rivales); sólo compatibles a la hora de solucionar el enigma del boulevard du Temple, originado allá por 1835, durante el Primer Imperio. 
Así Renard (maestro a la hora de hibridar géneros) procesa ciencia ficción (H.G. Wells pero también Gustave Le Rouge), policial (en especial Poe y Maurice Leblanc) fantasía, aventura (Ponson du Terrail, Verne); inclusive horror gótico para forjar lo que él solía llamar le roman merveilleux (la novela maravillosa). Su estilo absolutamente transparente y ágil posee la virtuosa velocidad de los folletines, ese ritmo rocambolesco hallado en Pierre Souvestre y Marcel Allain, los creadores del inmortal Fantômas. El resultado es favorable, pues su cualidad irreal es más potente que el realismo, razón por la cual logra el milagro: volver admisible lo inverosímil. 
La traducción magnífica de Le Maître de la lumière a cargo de César Aira confirma que la literatura francesa es infinita e inagotable como la cantidad de hechos maravillosos que narran sus páginas: desde el curioso vidrio óptico que aprisiona el pasado en sus miles de capas micáceas hasta Pitt, el viejo loro de 140 años que guarda en su memoria esclerótica, un secreto extraordinario.

HERÁLDICAPOLICROMA, HERÁLDICADOPPELGÄNGER (por Juan Agustín Onís Conde)


HERÁLDICAPOLICROMA, HERÁLDICADOPPELGÄNGER
por Juan Agustín Onís Conde

[1] Detrás de Parque Patricios, me fajaron los fenicios [...] 
[3] En la esquina de Monroe un ratón casi me roe [...] [6] Entre Flores y Floresta me adormeció un Zend-Avesta 
[7] En el Bajo de Belgrano se me insinuó un mahometano 
[8] De Flores a Vélez Sarsfield disfrutamos del té Garfield 
[9] Cerca de la Chacarita me persiguió un manflorita [...] 
[11] En Paraná y Arenales viven varios esquimales [...] 
[13] En el bosque de Palermo me rompió el alma un enfermo [...] 
[15] En la Avenida de Mayo se me atravesó un cipayo [...] 
[25] Al salir del subterráneo me cepillo un ermitaneo [...] 

Itinerario de un vago porteño, 1927 

Borges se suicidó. Cuenta la historia que Borges se suicidó, cuando era relativamente joven. En un hotel de Adrogué. Cargó un revolver de caño corto, lo ubicó dentro de un saco casi impoluto, se peinó frente al espejo con delicado escozor —su ya clásico temor frente a l’mushi, y se dirigió al mítico hotel que solía visitar en eones dorados, en compañía familiar. Llevó un Whiskey, uno escocés —aunque su preferencia recaía en una variedad de ajenjo que se ha vendido en San Telmo alguna vez. La noche era obscura y entre la humareda de arbustos la niebla bramaba. Miraba al cielo soluble en el aire con sus ojos ciegos para ver la marcha de almas —la mancha de almas. También hubo desengaño, también hubo desamor. Una mujer que lo dejó por un poeta —uno menor. La estratagema —si se quiere, era a-la japonesa. Registrarse en una habitación. Un Hombre solo. Enivrons-nous. Y hacer que libre el cauce la vena que «late», como Dazai. [¿Cómo Chatterton?] No necesariamente: As Borgie.
La vena late time-slip. La vena comienza a latir cuando tiene ganas. A-la hedgehog’s dilemma. La espina crece y cuando crece la vena late. Y lo que late atormenta. Heautontimorumenos. El crespón opaco de la habitación dió dote de sombra a su semblante rebosado en un latir-de-extravío, uno a-boca-de-sombra. Luego de haber elogiado los silencios, el poeta menor atravesó instantes de impudicia púbica: su gozar al vislumbre de lo que mejor un poeta sabe hacer. “Yo quiero ser una promesa”—Inquio “Solo las promesas son perfectas"[1].
Tras el vaivén de la lámpara sus ojos. Se revistieron de color amarillo ("Un lento atardecer, crepúsculo de verano") enterrando su lejano brillo en una enclenque cuna del verbo [crepitacula garrula tersa] una plurivalencia que unía la metafísica de éste, la mecánica de la digestión del crepusculario ambarino, el Sartor Resartus —recientemente abarcado y las fulguraciones verbigracicas de la alquimia reverberante. Latían. Sentado en la cama sumergió sus adentros en un cumulo de angustia. La noche estaba igual, afuera. Y no volvió a salir de allí. La noche y su presencia se fundían. Así fue: L'hydre-univers tordant son corps écaillé d'astres. Ubicó la pistola apuntando a su cabeza. Sus manos temblaban con fuerza. Algunas nubes descubrían la luna al momento en que disparó. La capital porteña se alborotaba en un ajetreo ambivalente, dinámico, etéreo; tal como si nada [o todo] ocurriese. Alguna ilusión discurría entre los rostros, una breve, una modesta, un «amor compartido» rebosante de la dignidad de jóvenes parejas [quizá sus padres, lector] alguna dicha genuina y simple, lejana a la inmundicia de internet, de la NASA, de la paranoia que se instauraría en «la angustia del año 2000».
Un grillo redoblaba su cantar sonoro en la penumbra cuando Borges obitó[2].
Quedó otro Borges. El de la heráldica policroma, el doppelgänger. Uno que fantaseó con un final anónimo, tirado en algún callejón [tinto en sangre, guerra]; la flor de los cuchilleros …que ahora tapa la tierra. El otro. Como Mishima. Éste, intentó morir como un «cuchillero japonés» es decir: un samurái, un hitokiri. Borges cuchillero, Mishima samurái. ¿Qué podría entender un japonés acerca de lo que Borges sentía por el «honor cuchillero»? ¡Nada!. ¿Qué podrá entender una mujer sobre éste?. Ambos escritores fantasearon con omitir su obra a cambio de terminar sus vidas en La ley del hombre. Toda su obra a cambio de que sus vidas sean concluidas por el heroísmo, el valor: el coraje hermoso del faites morir la mort.
Cuando el recuerdo llegue a su último peldaño ¿No será uno, un doble del otro? [¿No seremos dobles de nosotros mismos, esperando un instante que resuma toda nuestra vida, que la encierre, que la metaforice encendiéndola?] ¿No confundirá el recuerdo en su azar mnémico aquello de «el saber olvidar también es tener memoria» fundiendo a ambas personalidades juntas, despellejándolas de impurezas impregnadas en el paso por este mundo?.
Toda novedad no es más que un recuerdo.
¿Acaso no fue Jorge Francisco Isidoro Luis Borges quien mediante su eterno Jardín de senderos, se adelantó al desfasaje de la desmemoria?. ¿Acaso no era él, quien no cesaba de recordar en cuanta conferencia o ensayo, aquel poema de Chuang Tzu?; Éste, soñó que era una mariposa. Sin embargo, al despertar ignoraba si había soñado con una mariposa, o si era la mariposa, que en ese mismo momento soñaba que era Chuang Tzu. Es mediante ese reflejo de sueños en el sueño de otro espejo, que Borges desde un pasado novedoso nos brinda una comprensión más antigua que los sueños; Que el Enûma Elish.
[…] En la pampa se abre el horizonte[3]
con el extraviado sonido del organito roto
que trajeron los marineros.
Allí llega el pueblo con la esperanza
y muere crucificado en la nostalgia de la patria.
El pueblo abandonado doblemente por la patria y la tierra nueva
sin tejer ni un pedazo del sueño,
vaga por el laberinto del gran tiempo
y se encuentra con su rostro verdadero y eterno
un momento antes de su muerte. […]

El poema, funciona como un reclamo femenino a la obra de Borges indagando en la relación con su madre. Tamura estableció amistad con García Márquez –a pesar que éste no cedió el titulo de su opera prima al carismático Shuji Terayama en vistas al film Saraba, Hakobune (“Farewell to the ark” 1984) es decir, la adaptación fílmica japonesa de “Cien años de soledad”. Una pieza fílmica de cine arte puro. Qué curioso que en la transición [macondo-buraku] o que no-curioso, es que se hayan tomado ideas de la novela que quiso-ser Cien años… M/T del maestro Kenzaburo Oe (y quizá, lo fué) mediando entre dos aguas. Dos aguas por demás distantes. Empero las mismas funcionan como un diluyente colombiano-japonés en ámbitos de tradición/transición campestre in koketeo parnaso-pre-zengakuren (¡Que nos bendiga Kanno Sugako!).
[4] […] «Heráldicapolicroma, heráldica de los sueños
Doblefragor corpóreo en ojos de crisálida disecada por dentro
¡Heráldicapolicroma! Limadura de Hephaestos
Del ominoso ser en reflejo imbuyendo sus alas por dentro» […]

En Gilgamesh. ¿Allí la historia soñará al lector o el lector soñará a la historia?. Enfocando aquel moebius onírico a la sombra-doppelgänger, ajeno al ulterior calculo (el que deja a la memoria R.E.M. perturbante, acrisolada y entristecida) el recuerdo se evoca retorico: es Poe con su poema “A dream within a dream” (Un sueño, dentro de un sueño) es acaso, desde dentro de un sueño que una obra surge. Dentro del holograma onírico de el doble «Sueño»; —En japonés se dice «Yume». El ultimo capitulo de “Genji Monogatari” se titula: Yume no ukihashi (“El Puente flotante de los sueños”). Murasaki Shikibu también adelantó a Borges, con dicha plataforma, o con «utsusemi», aquello del cuerpo de la cigarra ya abandonado e incrustado al árbol, como metáfora del yomigaeru (“renacer”). De los sueños renacemos, tal como el recuerdo de Stevenson en aquello que el folklore irlandés llamaría fetch y el alemán doppelgänger; el fantasma de alguien vivo, también presente en el relato “El Otro” de Borges o en “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. Intervenir en los sueños se convierte, quizá, en una forma de aprehensión; el lugar donde un trickster hallaría su shinkiró. Por lo tanto, de esta forma, me permito en pos de vislumbrar —por algunos segundos, el espejo del inconsciente Borgeano, finalizar continuando el segmento poético de la “Nueva refutación del tiempo” como una suerte de blasón de esta insomne refutación onírica.

El sueño es la sustancia de que estoy hecho.
El sueño es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
es el sueño el que nos sueña, pero somos el sueño.



[1] Lo cierto es que el «deseo de ser tan solo una promesa» solo se conjeturó en la mente de un extasiado Borges como una ironía. Nunca fue pronunciado como tal, es decir, solo se trató de huellas mnèmicas del poeta menor, gravitando en la imaginación del propio Borges, atormentándose. [«Yo es otro» Rimbaud].
[2] El Borges que allí tendido quedó [por si la explicación resultara necesaria] nunca más regresó.
[3] Borges con maquillaje, fragmento de poema de Satoko Tamura
[4] Heraldicapolicroma, fragmento de un poema de César Vallejo

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