EL SEÑOR DE LA LUZ (de Maurice Renard), por Augusto Munaro

EL SEÑOR DE LA LUZ
de Maurice Renard
La Bestia Equilátera, 2012
por Augusto Munaro





¿Cuál es el secreto de la fascinación de esta novela? Imposible saberlo. Su autor, el escritor francés Maurice Renard (1875-1938) acaso encarnó lo que cierta vez Píndaro dejó por escrito en un par de versos: “No aspires a la vida inmortal pero agota/ los límites de lo posible”. Pues su protagonista, el joven e inquieto historiador Charles Christiani quien sueña casarse con su adorada Rita Ortofieri (perteneciente a una familia corsa enemistada con los Chistiani desde los tiempos de Napoleón), parece haber llevado esa premisa a los pormenores de su historia donde cualquier cosa es viable y todo puede ocurrir. Felizmente para el lector a través de sus veinte capítulos, los atractivos son muchos y variados. 
Charles necesita esclarecer un crimen centenario para demostrar la inocencia de los Ortofieri y restituir así la armonía entre ambas familias. ¿Podrá lograrlo? En una carrera contra reloj y con el socorro de unos cristales cuyo extraño material (“luminita”) retrasa el reflejo de la luz en proporciones extremadamente notables (lo que sucede hoy puede ser visto recién en cien años); Renard narra una odisea de prodigios en una novela compacta y entretenida que despliega dos mundos o existencias paralelas (pasado y futuro: espacios y tiempos rivales); sólo compatibles a la hora de solucionar el enigma del boulevard du Temple, originado allá por 1835, durante el Primer Imperio. 
Así Renard (maestro a la hora de hibridar géneros) procesa ciencia ficción (H.G. Wells pero también Gustave Le Rouge), policial (en especial Poe y Maurice Leblanc) fantasía, aventura (Ponson du Terrail, Verne); inclusive horror gótico para forjar lo que él solía llamar le roman merveilleux (la novela maravillosa). Su estilo absolutamente transparente y ágil posee la virtuosa velocidad de los folletines, ese ritmo rocambolesco hallado en Pierre Souvestre y Marcel Allain, los creadores del inmortal Fantômas. El resultado es favorable, pues su cualidad irreal es más potente que el realismo, razón por la cual logra el milagro: volver admisible lo inverosímil. 
La traducción magnífica de Le Maître de la lumière a cargo de César Aira confirma que la literatura francesa es infinita e inagotable como la cantidad de hechos maravillosos que narran sus páginas: desde el curioso vidrio óptico que aprisiona el pasado en sus miles de capas micáceas hasta Pitt, el viejo loro de 140 años que guarda en su memoria esclerótica, un secreto extraordinario.

EL GUSTO (de Leticia Martin), por Valeria Iglesias




EL GUSTO
de Leticia Martin
Pánico el pánico, 2013
por Valeria Iglesias



Un viaje por el gusto 

El gusto es uno de los cinco sentidos con el que percibimos el mundo. Pero también, en un “sentido” más amplio es, según la RAE, nuestra “facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo”, un criterio por medio del cual elegimos qué música, gente, ropa, lugares, momentos, olores, etc. son o no son de nuestro agrado. Facultad esta última que hace que la mirada del otro nos clasifique. Así podemos tener buen o mal gusto (o pensar de los demás que tienen buen o mal gusto, porque nosotros somos el otro para los otros). 
Estas tres capas (lo sensorial, el criterio y la mirada del otro) son líneas, hebras que se entretejen en la novela de Leticia Martin para dar relieve y profundidad a un período bien acotado de la vida de Lorena, la protagonista. 
Lorena atraviesa unos pocos días y nosotros la acompañamos desde adentro para conocer su mundo interno y externo, poblado de sensorialidad (no sólo el gusto, también el tacto, el olfato, el oído, y hasta la kinética o sentido del movimiento, porque Lorena es bailarina), exigencia y autodescubrimiento. 
Es un período en el que “no pasan grandes cosas” según anuncia Martin en la contratapa. Y yo agrego, grandes cosas, no, pasan inconmensurables cosas que sólo el ojo atento que se identifica con Lorena más allá de sus obsesiones y patologías puede intuir. 
Digamos que Lorena es una bailarina que consigue un rol protagónico, el más importante de su carrera y aunque todo pareciera indicar que su vida entera fue un prepararse para eso, de pronto se hacen visibles pequeñas fisuras por las que espiar otras maneras de vivir. Como lectora, disfruté mucho del nivel de detalle que construye a Lorena y su mirada particular del mundo, porque es gracias a eso que avanzamos en la lectura a la expectativa de su transformación. Transformación que conforma un viaje simbólico, pero también literal. Un viaje hacia donde finalmente suceden los excesos a los que Lorena tanto teme y que atraviesa como pruebas de las que sale airosa y renovada. Pequeña muerte de la que resucita. Y todo buen viaje que se precie no debe prescindir de un mapa. El índice, escrito en infinitivo, cual instructivo o receta, es un excelente GPS para Lorena y para los lectores. 



Valeria Iglesias

EL SEÑOR DE LA LUZ (de Maurice Renard), por Augusto Munaro

EL SEÑOR DE LA LUZ
de Maurice Renard
La Bestia Equilátera, 2012
por Augusto Munaro



¿Cuál es el secreto de la fascinación de esta novela? Imposible saberlo. Su autor, el escritor francés Maurice Renard (1875-1938) acaso encarnó lo que cierta vez Píndaro dejó por escrito en un par de versos: “No aspires a la vida inmortal pero agota/ los límites de lo posible”. Pues su protagonista, el joven e inquieto historiador Charles Christiani quien sueña casarse con su adorada Rita Ortofieri (perteneciente a una familia corsa enemistada con los Chistiani desde los tiempos de Napoleón), parece haber llevado esa premisa a los pormenores de su historia donde cualquier cosa es viable y todo puede ocurrir. Felizmente para el lector a través de sus veinte capítulos, los atractivos son muchos y variados. 
Charles necesita esclarecer un crimen centenario para demostrar la inocencia de los Ortofieri y restituir así la armonía entre ambas familias. ¿Podrá lograrlo? En una carrera contra reloj y con el socorro de unos cristales cuyo extraño material (“luminita”) retrasa el reflejo de la luz en proporciones extremadamente notables (lo que sucede hoy puede ser visto recién en cien años); Renard narra una odisea de prodigios en una novela compacta y entretenida que despliega dos mundos o existencias paralelas (pasado y futuro: espacios y tiempos rivales); sólo compatibles a la hora de solucionar el enigma del boulevard du Temple, originado allá por 1835, durante el Primer Imperio. 
Así Renard (maestro a la hora de hibridar géneros) procesa ciencia ficción (H.G. Wells pero también Gustave Le Rouge), policial (en especial Poe y Maurice Leblanc) fantasía, aventura (Ponson du Terrail, Verne); inclusive horror gótico para forjar lo que él solía llamar le roman merveilleux (la novela maravillosa). Su estilo absolutamente transparente y ágil posee la virtuosa velocidad de los folletines, ese ritmo rocambolesco hallado en Pierre Souvestre y Marcel Allain, los creadores del inmortal Fantômas. El resultado es favorable, pues su cualidad irreal es más potente que el realismo, razón por la cual logra el milagro: volver admisible lo inverosímil. 
La traducción magnífica de Le Maître de la lumière a cargo de César Aira confirma que la literatura francesa es infinita e inagotable como la cantidad de hechos maravillosos que narran sus páginas: desde el curioso vidrio óptico que aprisiona el pasado en sus miles de capas micáceas hasta Pitt, el viejo loro de 140 años que guarda en su memoria esclerótica, un secreto extraordinario.

HERÁLDICAPOLICROMA, HERÁLDICADOPPELGÄNGER (por Juan Agustín Onís Conde)


HERÁLDICAPOLICROMA, HERÁLDICADOPPELGÄNGER
por Juan Agustín Onís Conde

[1] Detrás de Parque Patricios, me fajaron los fenicios [...] 
[3] En la esquina de Monroe un ratón casi me roe [...] [6] Entre Flores y Floresta me adormeció un Zend-Avesta 
[7] En el Bajo de Belgrano se me insinuó un mahometano 
[8] De Flores a Vélez Sarsfield disfrutamos del té Garfield 
[9] Cerca de la Chacarita me persiguió un manflorita [...] 
[11] En Paraná y Arenales viven varios esquimales [...] 
[13] En el bosque de Palermo me rompió el alma un enfermo [...] 
[15] En la Avenida de Mayo se me atravesó un cipayo [...] 
[25] Al salir del subterráneo me cepillo un ermitaneo [...] 

Itinerario de un vago porteño, 1927 

Borges se suicidó. Cuenta la historia que Borges se suicidó, cuando era relativamente joven. En un hotel de Adrogué. Cargó un revolver de caño corto, lo ubicó dentro de un saco casi impoluto, se peinó frente al espejo con delicado escozor —su ya clásico temor frente a l’mushi, y se dirigió al mítico hotel que solía visitar en eones dorados, en compañía familiar. Llevó un Whiskey, uno escocés —aunque su preferencia recaía en una variedad de ajenjo que se ha vendido en San Telmo alguna vez. La noche era obscura y entre la humareda de arbustos la niebla bramaba. Miraba al cielo soluble en el aire con sus ojos ciegos para ver la marcha de almas —la mancha de almas. También hubo desengaño, también hubo desamor. Una mujer que lo dejó por un poeta —uno menor. La estratagema —si se quiere, era a-la japonesa. Registrarse en una habitación. Un Hombre solo. Enivrons-nous. Y hacer que libre el cauce la vena que «late», como Dazai. [¿Cómo Chatterton?] No necesariamente: As Borgie.
La vena late time-slip. La vena comienza a latir cuando tiene ganas. A-la hedgehog’s dilemma. La espina crece y cuando crece la vena late. Y lo que late atormenta. Heautontimorumenos. El crespón opaco de la habitación dió dote de sombra a su semblante rebosado en un latir-de-extravío, uno a-boca-de-sombra. Luego de haber elogiado los silencios, el poeta menor atravesó instantes de impudicia púbica: su gozar al vislumbre de lo que mejor un poeta sabe hacer. “Yo quiero ser una promesa”—Inquio “Solo las promesas son perfectas"[1].
Tras el vaivén de la lámpara sus ojos. Se revistieron de color amarillo ("Un lento atardecer, crepúsculo de verano") enterrando su lejano brillo en una enclenque cuna del verbo [crepitacula garrula tersa] una plurivalencia que unía la metafísica de éste, la mecánica de la digestión del crepusculario ambarino, el Sartor Resartus —recientemente abarcado y las fulguraciones verbigracicas de la alquimia reverberante. Latían. Sentado en la cama sumergió sus adentros en un cumulo de angustia. La noche estaba igual, afuera. Y no volvió a salir de allí. La noche y su presencia se fundían. Así fue: L'hydre-univers tordant son corps écaillé d'astres. Ubicó la pistola apuntando a su cabeza. Sus manos temblaban con fuerza. Algunas nubes descubrían la luna al momento en que disparó. La capital porteña se alborotaba en un ajetreo ambivalente, dinámico, etéreo; tal como si nada [o todo] ocurriese. Alguna ilusión discurría entre los rostros, una breve, una modesta, un «amor compartido» rebosante de la dignidad de jóvenes parejas [quizá sus padres, lector] alguna dicha genuina y simple, lejana a la inmundicia de internet, de la NASA, de la paranoia que se instauraría en «la angustia del año 2000».
Un grillo redoblaba su cantar sonoro en la penumbra cuando Borges obitó[2].
Quedó otro Borges. El de la heráldica policroma, el doppelgänger. Uno que fantaseó con un final anónimo, tirado en algún callejón [tinto en sangre, guerra]; la flor de los cuchilleros …que ahora tapa la tierra. El otro. Como Mishima. Éste, intentó morir como un «cuchillero japonés» es decir: un samurái, un hitokiri. Borges cuchillero, Mishima samurái. ¿Qué podría entender un japonés acerca de lo que Borges sentía por el «honor cuchillero»? ¡Nada!. ¿Qué podrá entender una mujer sobre éste?. Ambos escritores fantasearon con omitir su obra a cambio de terminar sus vidas en La ley del hombre. Toda su obra a cambio de que sus vidas sean concluidas por el heroísmo, el valor: el coraje hermoso del faites morir la mort.
Cuando el recuerdo llegue a su último peldaño ¿No será uno, un doble del otro? [¿No seremos dobles de nosotros mismos, esperando un instante que resuma toda nuestra vida, que la encierre, que la metaforice encendiéndola?] ¿No confundirá el recuerdo en su azar mnémico aquello de «el saber olvidar también es tener memoria» fundiendo a ambas personalidades juntas, despellejándolas de impurezas impregnadas en el paso por este mundo?.
Toda novedad no es más que un recuerdo.
¿Acaso no fue Jorge Francisco Isidoro Luis Borges quien mediante su eterno Jardín de senderos, se adelantó al desfasaje de la desmemoria?. ¿Acaso no era él, quien no cesaba de recordar en cuanta conferencia o ensayo, aquel poema de Chuang Tzu?; Éste, soñó que era una mariposa. Sin embargo, al despertar ignoraba si había soñado con una mariposa, o si era la mariposa, que en ese mismo momento soñaba que era Chuang Tzu. Es mediante ese reflejo de sueños en el sueño de otro espejo, que Borges desde un pasado novedoso nos brinda una comprensión más antigua que los sueños; Que el Enûma Elish.
[…] En la pampa se abre el horizonte[3]
con el extraviado sonido del organito roto
que trajeron los marineros.
Allí llega el pueblo con la esperanza
y muere crucificado en la nostalgia de la patria.
El pueblo abandonado doblemente por la patria y la tierra nueva
sin tejer ni un pedazo del sueño,
vaga por el laberinto del gran tiempo
y se encuentra con su rostro verdadero y eterno
un momento antes de su muerte. […]

El poema, funciona como un reclamo femenino a la obra de Borges indagando en la relación con su madre. Tamura estableció amistad con García Márquez –a pesar que éste no cedió el titulo de su opera prima al carismático Shuji Terayama en vistas al film Saraba, Hakobune (“Farewell to the ark” 1984) es decir, la adaptación fílmica japonesa de “Cien años de soledad”. Una pieza fílmica de cine arte puro. Qué curioso que en la transición [macondo-buraku] o que no-curioso, es que se hayan tomado ideas de la novela que quiso-ser Cien años… M/T del maestro Kenzaburo Oe (y quizá, lo fué) mediando entre dos aguas. Dos aguas por demás distantes. Empero las mismas funcionan como un diluyente colombiano-japonés en ámbitos de tradición/transición campestre in koketeo parnaso-pre-zengakuren (¡Que nos bendiga Kanno Sugako!).
[4] […] «Heráldicapolicroma, heráldica de los sueños
Doblefragor corpóreo en ojos de crisálida disecada por dentro
¡Heráldicapolicroma! Limadura de Hephaestos
Del ominoso ser en reflejo imbuyendo sus alas por dentro» […]

En Gilgamesh. ¿Allí la historia soñará al lector o el lector soñará a la historia?. Enfocando aquel moebius onírico a la sombra-doppelgänger, ajeno al ulterior calculo (el que deja a la memoria R.E.M. perturbante, acrisolada y entristecida) el recuerdo se evoca retorico: es Poe con su poema “A dream within a dream” (Un sueño, dentro de un sueño) es acaso, desde dentro de un sueño que una obra surge. Dentro del holograma onírico de el doble «Sueño»; —En japonés se dice «Yume». El ultimo capitulo de “Genji Monogatari” se titula: Yume no ukihashi (“El Puente flotante de los sueños”). Murasaki Shikibu también adelantó a Borges, con dicha plataforma, o con «utsusemi», aquello del cuerpo de la cigarra ya abandonado e incrustado al árbol, como metáfora del yomigaeru (“renacer”). De los sueños renacemos, tal como el recuerdo de Stevenson en aquello que el folklore irlandés llamaría fetch y el alemán doppelgänger; el fantasma de alguien vivo, también presente en el relato “El Otro” de Borges o en “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. Intervenir en los sueños se convierte, quizá, en una forma de aprehensión; el lugar donde un trickster hallaría su shinkiró. Por lo tanto, de esta forma, me permito en pos de vislumbrar —por algunos segundos, el espejo del inconsciente Borgeano, finalizar continuando el segmento poético de la “Nueva refutación del tiempo” como una suerte de blasón de esta insomne refutación onírica.

El sueño es la sustancia de que estoy hecho.
El sueño es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
es el sueño el que nos sueña, pero somos el sueño.



[1] Lo cierto es que el «deseo de ser tan solo una promesa» solo se conjeturó en la mente de un extasiado Borges como una ironía. Nunca fue pronunciado como tal, es decir, solo se trató de huellas mnèmicas del poeta menor, gravitando en la imaginación del propio Borges, atormentándose. [«Yo es otro» Rimbaud].
[2] El Borges que allí tendido quedó [por si la explicación resultara necesaria] nunca más regresó.
[3] Borges con maquillaje, fragmento de poema de Satoko Tamura
[4] Heraldicapolicroma, fragmento de un poema de César Vallejo

EL CENTRO DEL MUNDO (de Ercole Lissardi), por Diego Gentile




EL CENTRO DEL MUNDO
de Ercole Lissardi
Planeta, 2013
por Diego Gentile





Cuando se suele citar a autores uruguayos, hay ciertos nombres que acuden a la mente sin demasiado esfuerzo: Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Felisberto Hernández… y quizá en unos años el nombre de Ercole Lissardi logre hacerse un espacio entre esos famosos. Y si lo hace, será por la ya archifamosa prepotencia de trabajo de la que hablaba Roberto Arlt: Lissardi publica dos o más novelas cortas por año, no tarda más de uno o dos meses en escribirlas, y las piensa como un conjunto. Así, existe la llamada “trilogía de la infidelidad” y ahora llegan, publicadas en un mismo volumen, tres nouvelles que podrían integrar una “trilogía del deseo”.
El centro del mundo es el título del volumen y de la primera nouvelle, la segunda se llama La diosa idiota y la que cierra el volumen La educación burguesa. En estas tres historias hay descripciones gráficas de escenas de sexo, motivo por el cual el autor ya había sido acusado de pornógrafo en Uruguay. Es curioso como la narración, que nunca es del todo “literaria” (en el mal y buen sentido de la palabra) cambia de registro en forma ágil y sin que medie ningún tipo de problema en el lector. Pasa de describir un paisaje o un estado de ánimo profundo a contarnos como una adolescente se entrega a un trío en una playa por la noche (El centro del mundo) o de la descripción de una rutina aburrida a un juego sexual intenso y un tanto oscuro (La educación burguesa).
Como el mismo autor afirmó, El centro del mundo (la nouvelle) se centra en el cadáver del protagonista y en el narrador fantástico e imposible que nos va contando cómo Elías llegó a ser cadáver; La diosa idiota es un tratado erótico acerca de la metafísica, de la existencia, del sentido; y La educación burguesa, como lo podemos intuir desde el título, versa sobre la mirada política social y sexual, sobre las obligaciones rancias y sin fuego a las que se expone cierto segmento de la sociedad y al deseo ardiente que a veces, políticamente incorrecto, arrasa con los individuos.
El centro del mundo es la primera edición argentina de un autor que hay que descubrir y leer, una voz diferente que se ocupa ni más ni menos que del motor vital de la existencia: el sexo.

ENTREVISTA A ERCOLE LISSARDI (por Augusto Munaro)


ENTREVISTA A 
ERCOLE LISSARDI 
por Augusto Munaro




Ese obscuro objeto del Deseo 

En 1994, con 43 años de edad, Ercole Lissardi publicó su primer libro: Calientes. Desde entonces, y con novelas de fuerte contenido erótico, este prolífico autor ha indagado las vicisitudes humanas poniendo su atención en el deseo como fuente inagotable de su narrativa. Aurora lunar, El amante espléndido, Los secretos de Romina Lucas, Horas-puente, La vida en el espejo, y No, entre otras, buscan a través de la hibridación de géneros –policial, fantástico, político, existencial-, ahondar con la pericia de un especialista, esa delgada línea entre el erotismo y la pornografía. 
Con un estilo sencillo, transparente aunque siempre directo y crudo (razón por la cual sus detractores lo han tildado de “pornógrafo”), sus historias operan como casos testimoniales donde el deseo domina las vidas de sus personajes de manera despótica. 
Editorial Planeta acaba de lanzar El centro del mundo. 3 nouvelles calientes. Es su primer libro editado en suelo argentino y, con él, Lissardi continúa su campo de experimentaciones obsesivas. Una aguda e irónica radiografía de la sociedad de consumo y de la mistificación de los goces ofrecidos por un mundo cuya reconfortable banalidad propone múltiples espejismos de quimeras inasequibles. Una de las voces más penetrantes y sugestivas de la literatura rioplatense contemporánea. 

-El punto neurálgico de su literatura es el deseo. Sin ir más lejos usted mismo prefiere presentarse como un “escritor cuyo tema es el deseo”. Toda su obra gira entorno a su intensa exploración. Ahora bien, ¿pudo elaborar una teoría personal respecto a la misma, o se trata de un concepto completamente inasible? 

-Diré unas pocas palabras acerca de un tema -el Deseo- que, si estuviera resuelto, mi inspiración desaparecería. No es posible, para el tipo de escritor que soy, escribir acerca de temas resueltos. De manera que comienzo pidiendo que si alguien posee la verdad del tema, no me la comunique. El Deseo es una fuerza misteriosa porque no sabemos en qué se origina en tanto fuerza irresistible, ni sabemos a dónde se dirige más allá de las apariencias, ni por qué se agota. En otras palabras, somos los títeres furiosos de una fuerza que súbitamente decide que nos es imprescindible algo que no sabe qué es, pero que está segura de que de alguna manera se esconde en alguna dimensión del ser de alguien -fulana o fulano- concreto, con nombre y apellido, teléfono móvil y dirección de email, y que, en tanto sus títeres furiosos, nos lanza a la conquista de ese alguien para, habiéndolo conquistado, devorarlo en la medida en que sea posible devorar a alguien, tratando de descubrir qué es ese algo que la imanta. Tan imprevisiblemente como comenzó, aquel frenesí cesa, dejándonos, por cierto y en cualquier caso, perfectamente insatisfechos, sin saber si lo que conseguimos era lo que buscábamos, o si nos equivocamos de pe a pa y todo fue una alucinación, porque allí no estaba la cosa. Lo más sorprendente de todo esto es que la dicha fuerza es tan fascinante que el tal alguien, en vez de huir y rechazar tajantemente el acoso, se somete al saqueo de sí, al punto de volverse cómplice y de terminar por sufrir cuando llega el imprevisible agotamiento del frenesí. Como se puede apreciar por esta descripción, el tal furor llamado Deseo consiste en una de dar palazos a ciegas a unas alucinaciones y a unos fantasmas, con un modo de agitación que recuerda vagamente a la psicopatía y al misticismo. Por supuesto, hay quien, pasado el trance, se dice que esto es por esto, y aquello por aquello, y que si se mira bien la cosa todo se explica así o asá, y se queda tan pancho con sus explicaciones como un Ahab que trajera de remolque a la ballena blanca. 

-¿Además del deseo, podría glosar algunos de los tópicos que atraviesan este tríptico de nouvelles que conforman El centro del mundo? 

-Lo que me gusta especialmente de El centro del mundo es que cada una de las novelas ejemplifica una de las vertientes que emergen aquí o allá en el conjunto de mi obra. La que da título al volumen ilustra la dimensión lúdica, fantasiosa. La diosa idiota desnuda la veta de angustia metafísica. La educación burguesa, finalmente, me parece que ilustra la manera específica en que mi literatura es política. 

-Me gustaría discutir ciertos temas recurrentes en su obra. Por ejemplo existen similitudes estructurales entre sus libros y las novelas policiales. ¿Es una elección deliberada? 

-Yo diría que similitudes estructurales con la novela policial hay, que yo recuerde, en dos de mis novelas, en Los secretos de Romina Lucas y en El centro del mundo. Pero diría también que la influencia del policial en mi literatura va más allá de ciertas similitudes estructurales. De adolescente era fanático de Mickey Spillane y de Ross Macdonald. Es cierto que ya de joven dejé de leer policiales, pero hay cosas que quedan. Estoy convencido que de Spillane me quedaron en alguna medida la intensidad y el desparpajo, y de Macdonald me quedó el gusto por la precisión en la estructura del relato. Pero, por cierto, no son estas las únicas influencias que reconozco en lo que hago, o que notarán los lectores atentos. 

-¿Qué lugar ocupa o debería ocupar la moral en su literatura? 

-Soy, por cierto, incapaz de objetar moralmente conductas sexuales, siempre que estén basadas en el consenso de los participantes. Yo diría que la moral en mi literatura ocupa un lugar muy otro: consiste en no aceptarme límites en la exploración de mi tema, que es el lugar del Deseo en la peripecia humana. También considero que es un punto de vista moral en mi literatura el negarme al regodeo en la representación de la miseria espiritual y de la maldad, de la violencia y del pesimismo existencial al que dada la realidad del mundo es fácil suscribirse. Yo lo llamo mi lado Walt Disney. 

-¿Por qué cree que a pesar de ser conceptos antagónicos, aún se tienda a confundir la erótica con lo pornográfico? 

-Por pura falta de rigor intelectual. En mi libro La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, que próximamente publicará Paidós, explico cuándo nace la antinomia arte erótico/pornografía, para qué nace y por qué ya es absolutamente anacrónica. 

-¿Se podría llegar a pensar la pornografía como un nivel más preciso (por su explicitud), de querer alcanzar un tipo de realismo más exacto? 

-La pornografía no tiene ningún proyecto cultural de ninguna índole. La pornografía consiste en la mostración de actos sexuales tan detalladamente como sea posible y excluye cualquier tipo de representación de contexto, sea psicológico, social, cultural, etc. El consumidor de pornografía no quiere que se le sirva más que pornografía. Lo demás le sale sobrando. Y la industria de la pornografía sabe muy bien lo que quiere el consumidor al que sirve. 

-Deseo y placer se retroalimentan. Según el comportamiento de sus protagonistas, a veces, con consecuencias un tanto maníacas. ¿De qué modo desarrolla sus personajes a medida que escribe sus historias? 

-El placer sexual es una cuestión técnica. La habilidad para producir unas cosquillas placenteras es una cuestión técnica. A los libros que hacen hincapié de una manera sistemática en la cuestión del placer y sus técnicas yo los llamaría, pornografía didáctica. En la escalada del deseo el placer sexual puede ser un escalón, pero no es lo esencial. El deseo apunta mucho más allá del placer sexual. No recuerdo ninguno de mis personajes que haga de los refinamientos del placer un culto. Es que están dominados por la impetuosidad de su deseo, son más bien monomaníacos. Abismados en una situación persisten hasta quemarse las alas. Son Ícaros. Los personajes centrales de las tres novelas de El centro del mundo son buenos ejemplos de este carácter obsesivo de mis personajes. 

-A menudo, en ciertos pasajes de sus libros, la mujer es un verdadero objeto sexual de deseo. Una visión que puede resultar, para algunos, un tanto machista. Lo paradójico es que un sector amplio de su público está formado por lectoras entusiastas… 

-En una relación sexual los dos (o más) que participan son objeto el uno para el otro. Si mis libros le parecen machistas es porque mis personajes-narradores a menudo (pero no siempre) son hombres. Estoy seguro de que si le contara la misma historia pero tomando como narrador al personaje femenino, mis libros le parecerían feministas. Por lo demás, si algo caracteriza a mis personajes femeninos es que son fuertes, independientes, ocupan roles sociales diversos, no están genéricamente condicionadas, son dueñas de sí, y no temen tomar al tigre por el rabo. 

-¿Cree que la búsqueda de la espiritualidad se relacione de algún modo con la voluptuosidad, la apetencia sexual? 

-Desde los místicos cristianos al budismo tántrico espiritualidad y sexualidad marchan de la mano. Pero no creo que mis personajes intenten llegar a alguna suerte de espiritualidad por intermedio de la voluptuosidad. De hecho no creo que tengan claro dónde termina el cuerpo y empieza el alma, o viceversa. Ni creo que el asunto les provoque insomnio. Ellos se ven implicados en una situación, la padecen, sacan conclusiones a menudo bastante endebles, confiando en que les sirvan para seguir adelante y en que todo sea para bien. 

-Sus personajes son siempre subyugados por el deseo (Ernesto y Mónica, de La educación burguesa, por ejemplo). Lo que ocurre –inversamente a lo que normalmente se cree-, es que ni bien caen en la tentación, su deseo se acrecienta, volviéndose una suerte de “obsesión”. Casi como si el placer no estuviera después de todo, en la cópula. 

-Es exactamente como usted lo dice. Para mis personajes el placer –el goce, diría yo- no está, después de todo, en la cópula. Como le decía antes, el Deseo de que se ven aquejados mis personajes apunta mucho más allá del placer sexual. ¿A dónde apunta? No lo saben, no lo sé yo tampoco. Pero si mis libros estuvieran bien escritos este acercarse al borde, al límite, sería muy precisamente como tener la palabra en la punta de la lengua… y quizá, de pronto, recordarla. O, al menos tener el deseo de recordarla. 

-Entiendo que en su juventud, le interesaba mucho el cine, llegando a ser docente de cinematografía en la UNAM. 

-Llegué más lejos en el cine. Llegué a dirigir un largometraje… Fue ahí cuando me di cuenta de que el cine no era lo mío, que mis tiempos de producción no se parecen a los del cine. 

-¿Por qué otras disciplinas del arte siente afinidad? 

-Me interesan la fotografía, la pintura y la música. En ninguna de las tres disciplinas tengo formación. Mis gustos avanzan al azar. Por respeto a los que realmente saben de ellas, prefiero callar mis opiniones y mis gustos. 

-¿Cómo vivió la experiencia de sus diez años de exilio en México?, ¿qué tipo de literatura le interesaba entonces? 

-Parafraseando a Hemingway diría que México era una fiesta. Eran los tiempos de López Portillo y de De la Madrid. Sobraba dinero por todos lados. Y México, como lo llega a saber el que vive ahí algún tiempo, es un país absolutamente fascinante. Me olvidé de Uruguay y sus cuitas. Eludí cuidadosamente a los uruguayos exiliados que se reunían los domingos a hacer un asado, escuchar a Zitarrosa y llorar hasta tragarse los mocos. Me dediqué a gozar del país, me casé con una mexicana, mujer maravillosa y gran artista, que me enseñó qué demonios era esa cosa a la que yo aspiraba –el arte- y de la que hasta entonces sólo tenía, en realidad, una idea muy vaga. Mis lecturas de la época estuvieron dominadas por Malcolm Lowry y Elías Canetti. Ambos siguen siendo faros para mí. 

-Llegada la hora de escribir un nuevo libro, ¿qué le exige hoy la novela, en cuanto forma narrativa? 

-Nada. 

-¿Nada? 

-No me exige nada. Escribo absolutamente despreocupado del contexto social, histórico, político, cultural o literario en el que vivo. La escritura es para mí un ejercicio caprichoso hasta el autismo, libérrimo. 

-¿Es cierto que escribe sus novelas en el lapso de un mes? 

-Sí, es cierto. Un mes es más o menos el tiempo que me lleva la primera redacción de una novela. Las tres novelas de El centro del mundo las escribí entre enero y mayo. Me parece particularmente razonable que salgan juntas, en un solo volumen, porque habiendo sido escritas en un solo rapto de inspiración parece razonable pensar que tienen un substrato temático común, aunque yo no pueda decir ahora cuál es. Por ahora sólo puedo verlas en su diferencia. 

-Disculpe la indiscreción Lissardi, pero, ¿cómo logra hacerlo?; me refiero a escribir a través de un rapto de inspiración… 

-Escribo así de rápido porque escribo a partir de una imagen, una palabra, una idea, una sensación, pero nunca a partir de una historia. Si supiera qué historia voy a escribir no la escribiría, me daría pereza. Escribo para saber qué historia hay escondida en ese núcleo originario. Lo interrogo. Avanzo paso a paso, a ciegas. Nunca sé cómo sigue, cuál es el próximo paso. En la página 122 no sé qué va a haber en la 123, o dado el caso, no sé que precisamente la 123 es la última página. Es la curiosidad la que me espolea, la que me apura. La curiosidad de saber cómo termina esa historia. Y es esa curiosidad la que quiero contagiarle al lector. 

-¿Aún cree posible vivir en una Uruguay menos puritana? 

-Todas las sociedades evolucionan. Eventualmente Uruguay sabrá sacudirse de encima la pacatería. Yo mismo soy una prueba de que eso es posible. Porque si por un lado he sido acusado de pornógrafo, también es cierto que tengo un núcleo importante de lectores allí. 

-¿Cómo vincularía a la Argentina en relación al mismo tema? 

-La matriz cultural argentina, producto de su historia, es, en la materia, completamente diferente de la uruguaya. 

-¿Se siente un escritor de culto? 

-Se ha hablado de mí como escritor de culto porque hasta ahora he publicado en pequeñas editoriales que se dirigen sobre todo a un público de élite, un público intelectual. El número de mis lectores ha ido creciendo sobre todo en base a la recomendación personal entre lectores. Al escritor que se hace un espacio de esa manera normalmente se lo llama escritor de culto. Ahora bien, yo creo que mi literatura no es sólo para un público intelectual, sino que es también para un público de cultura general. La gente de Planeta ha compartido conmigo ese punto de vista. 

-Por cierto, la mayor parte de sus lectores son gente joven que se encuentra entre los 20 y 30 años de edad. ¿Por qué piensa que es así?, ¿acaso la experiencia de la longevidad es prejuiciosa? 

-La razón por la que la mayor parte de mi público es gente joven es muy sencilla: los que han nacido y se han formado en una cultura sin censura para los temas sexuales, no tienen prejuicios en la materia. Los más veteranos, los que crecieron y se formaron en un mundo donde había una pila de cosas que sí y otra pila de cosas que no, y que viven hoy con un pie en aquel mundo y el otro en el mundo de hoy, no diré que tienen prejuicios porque sería faltarles el respeto, pero diré que se sienten a menudo incómodos con mi literatura. 

-¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que está preparando en este momento? 

-Además del ensayo que publicará Paidós, tengo prontas para publicarse cinco novelas más: una trilogía y un díptico. En tanto refiere a una dimensión esencial de la subjetividad, el campo de la erótica permite una diversidad de encares prácticamente infinita. En los libros por venir espero seguir explorando esa diversidad.

                                                                                                         

NOVELA ROJA (de Florencia del Campo), por Juan José Burzi



NOVELA ROJA
de Florencia del Campo
Acuático, 2013
por Juan José Burzi






La autora de Novela roja entabla un pacto con el lector desde sus primeras páginas: la trama será honesta, lineal, sin trucos. Y no aburrirá.
Y si bien todo eso va en gustos y opiniones, se puede afirmar que Florencia del Campo cumple con su promesa. Novela roja es la historia de Frida, una joven con problemas, en esencia relacionados con el amor, que acude al psicoanálisis como posible forma de “cura”. Asistimos, como lectores, a sus sesiones de análisis, comentadas por la misma protagonista y escritas en diálogo. Ese riesgo que asume la autora ayuda a que la novela se lea con facilidad, que sea ágil y a que el lector se identifique (o deteste, que llegado el caso sería lo mismo) a Frida.
Los nombres de los diferentes hombres en la vida de Frida se entremezclan en sus sesiones; está su pareja oficial, su amante, su nuevo amante, recuerdos y fantasías. Contar las diferentes historias tras cada relación, sería contar el libro, que básicamente está conformado por ellas.
En épocas de literatura para chicas (o “chick lit”), Novela roja en apariencia entra en ese rango, pero solo en apariencia. Porque debajo de las sesiones de Frida, donde cuenta situaciones con las cuales puede identificarse cualquier mujer (y los hombres podemos espiar, a quién no le da curiosidad- y perplejidad- saber cómo piensa y qué quiere una mujer), hay otras cuestiones, más sórdidas, más complicadas: la fantasía incestuosa de Frida, una relación un tanto equívoca con una tía, que nunca llega a aclararse del todo, su eterna  insatisfacción con los hombres...
Hacia el final de la novela llegan las despedidas, un tono de nostalgia empaña todo, y como lector también nos despedimos, en cierta forma, de ese personaje del cual supimos todo y a la vez nada. Y, a riesgo de arruinar una sorpresa, me tomo la libertad de comentar que hay una última vuelta de tuerca en las páginas finales, que hace repensar toda la novela desde otro punto de vista. Como si la historia de Frida, su vida y sus problemas no fuera más que una pieza de un rompecabezas gigantes que es la realidad. Que si nos ponemos a pensar, es lo que sucede con la vida de los demás, y con la nuestra.  

MI VIDA QUERIDA (de Alice Munro), por Leonardo Vascal

MI VIDA QUERIDA
de Alice Munro
Lumen, 2013
por Leonardo Vascal







Alice Munro, una de las cuentistas más importantes, desarrolla cuentos que tienen el alcance y la amplitud de novelas cortas: vida enteras se condensan en un puñado de páginas.
Sus historias más vigorosas tienen la complejidad de pequeñas piezas orquestales: se mueven hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, descubriendo poco a poco los esquemas en la vida de los personajes, revelando cómo las emociones se transmiten de generación en generación, como las relaciones entre hombres y mujeres y también entre padres e hijos mutan con el tiempo, y cómo decepciones, esperanzas y pérdidas reverberan a través de esa caja de resonancia que es la familia. 
El último libro de Munro, Mi vida querida (Lumen, 2013), está provisto de historias que tienen una densidad similar a libros anteriores, pero que son menos elípticas y menos complejas psicológicamente. Con la excepción de cuatro piezas que funcionan como escritos autobiográficos y a la vez ficcionalizados, la mayor parte de las historias aquí giran en torno a un acontecimiento melodramático, con conclusiones irónicas y a veces sorpresivas. 
Las vidas de las personas suelen cambiar abruptamente en sus historias, ya sea por accidente, o por mala suerte, mostrándonos lo precario de la vida cotidiana y lo subjetivo de la memoria. Munro, a los 81 años, en este libro, parece haber recurrido a historias narrativas más potentes y “cerradas”. También hay un laconismo de estos cuentos (muchos de los cuales tienen una sola palabra para un título), que da una sensación de impaciencia por parte del autor. 
En cuanto a los personajes en estas historias, también están dibujados con trazos más nítidos y tienen menos claroscuros que los de cuentos anteriores. 
Llegar a Japón, describe cómo un poeta deja a su hija en un tren con un joven actor que acaba de conocer, sólo para regresar al compartimento y encontrar que su hija ha desaparecido. Corrie cuenta cómo una mujer joven y rica se involucra con un hombre casado, que le dice que está siendo chantajeado por un ex empleado que lo amenaza con decirle a su esposa acerca de su relación. Y Amundsen, narra cómo un médico se dedica a seducir a una joven maestra que ha llegado a ese remoto pueblo para enseñar a niños con tuberculosis: la forma en que la invita a cenar, como ella se mete en la cama, como le propone matrimonio y luego fríamente la deja a ella y a su equipaje en un tren de regreso a Toronto. 
Muchas de estas historias tienen lugar en pequeñas ciudades canadienses, igual que aquellas en las que la autora ha pasado gran parte de su vida, y muchas de esas historias miran hacia la niñez o hacia hechos juveniles con el punto de vista de algunas décadas más tarde. La maestra en Amundsen es ahora una mujer casada, que no parece feliz, y que todavía se siente esclavizada al amoral médico que conoció años atrás. 
En cuanto a la narradora de Grava, ella sigue siendo atormentada por la decisión que tomó su hermana de 9 años de edad, de tirarse con su perro en las frías aguas de un pozo de grava para llamar la atención de su madre adúltera y del amante de ella. 
En Santuario, ambientado en los 70s, la tía del narrador pasa la mayor parte de su tiempo obedeciendo a su marido antisocial y sus opiniones concluyentes. Hasta que una noche ella se anima a invitar a los vecinos y a sus hermanos, todos distanciados de su marido, mientras su marido está en la Reunión Anual General del Condado de Médicos. Esta historia, se hace eco de muchas de las mujeres en la ficción de Alice Munro: mujeres que están atrapados en los márgenes de los cambios de las costumbres culturales, y desgarradas entre la libertad y el hogar, la independencia y la necesidad de pertenecer. 
Las cuatro narraciones finales son piezas de las cuales la autora dice, "no son realmente historias” sino que tienen una forma orgánica y flexible, "creo –afirmó Munro- que son lo primero y lo último que tengo para decir acerca de mi propia vida". 
Mi vida querida es, quizá, uno de los últimos libros que escriba Alice Munro, y tal vez uno de los más emotivos. 

HISTORIA DEL DINERO (de Alan Pauls), por Damián Lorenzo

HISTORIA DEL DINERO
de Alan Pauls
Anagrama, 2013
por Damián Lorenzo





En Historia del dinero de Alan Pauls encontraremos diferentes miradas y posicionamientos ante los conmovidos y convulsionados años de la década del 70. El enfoque que escoge Pauls en esta novela es el dinero. Vale hacer mención que esta es la tercera de la trilogía que componen Historia del llanto e Historia del pelo, todas búsquedas arqueológicas del ser argentino a través del tiempo, partiendo siempre de los 70s. A primera vista, esta trilogía resulta tan caprichosa como, en el fondo, lo son todas las elecciones estéticas. 

En Historia del dinero, el dinero es el protagonista excluyente y el resto de los personajes parecieran ser “cosas” usadas por el dinero. Justamente al revés de lo que se suele pensar. 
El dinero está presente en el juego, ya sea póquer o casinos, donde el padre del protagonista gana y pierde, pero sobre todo gana. Y siguiendo una línea lúdica a la obtención del dinero, también sería considerable en esa mirada la especulación financiera y las “mesas de dinero”, siempre tan presentes en la historia argentina, y en el libro manejadas también por el padre del protagonista, que en algunos momentos va un poco más allá de la línea de lo legal con la especulación y sus derivados. El ambiguo mundo de la especulación. El coqueteo con el tándem “dinero-ilegalidad”. 
La madre del protagonista también tiene su parte en esta historia, cuando va gastando sin miramientos el dinero que le quedó de su primer matrimonio (ella vuelve a casarse) de la manera frívola y consumista que tuvo su climax en los noventas. Sus malos negocios, los viajes y “La Bestia”, una casa de veraneo en construcción que se agranda sin parecer tener límites. El dinero, en su caso, no alcanza para llenar un hueco espiritual que la persigue en toda la novela. 
El protagonsita, por su lado, también cuenta su temprana relación con el dinero al ver, durante las vacaciones, el fajo de billetes que tiene su padre, y su posterior compulsión a pagar y encontrar placer en ello. 
Por otro lado, sobre el final del libro el padre del protagonista muere y su principal legado es el dinero y todo lo relacionado a él: papeles con anotaciones y números indescifrables que dan cuenta de sus ganancias, negocios y pérdidas. 
Pauls declaró que Historia del dinero es un libro pornográfico, en el sentido de que no hay una página donde no se haga presente el “dinero explícito”. Un trabajo con el exceso, con la fascinación enfermiza que se puede tener hacia algo (sexo, comida, etc) y que en este libro son los billetes (dólares, pesos, no importa). Como dijo Pauls, “(el cash) es históricamente pertinente y pone en juego una materialidad (cuerpo, suciedad, volumen, olor) que el ciberdinero reduce a una gimnasia de dedos pulgares. Me gusta mucho lo porno que hay en el cash.” 
Como ya ha sido señalado, con Historia del dinero, Pauls cierra su trilogía sobre la década que lo vio crecer a él y que marcó un rumbo a la Argentina, una década de ilusiones, reivindicaciones y compromiso, así como también de sangre, dolor y muerte. (En este libro se hace mención al secuestro de los hermanos Born y a la cantidad de dinero que se exigió como rescate, en Historia del pelo se habla del secuestro de Aramburu). Una trilogía que, en definitiva, trata de abarcar lo inabarcable, de ir de lo menor a lo más abarcativo: el adn del ser nacional de los 70s hasta nuestros días. 





HUÉSPED, HUÉSPED (de Candelaria Saenz Valiente), por Florencia del Campo


HUÉSPED, HUÉSPED de Candelaria Saenz Valiente)
Acuático, 2013
por Florencia del Campo





El huésped es un invitado que debe acatar ciertas normas de convivencia y de conducta. Hay quienes se llevan mejor con ese tipo de situaciones y a quienes los pone un poco en jaque, pero todos lo hacen por unas merecidas vacaciones. “¿El huésped deja de ser individuo para transformarse en huésped?”, pregunta la narradora del primer cuento de esta antología de nueve más cuatro interludios numerados (e intercalados), y esta pregunta cruzará de manera transversal todos los relatos. 

El primero de los cuentos es el diario de la estancia de una mujer en Misiones, en la posada de su prima, adonde va a vacacionar. La rutina alimenticia, la contemplación de una vaca, la nada, el silencio producido por la propia gente, la observación a los demás huéspedes, el aprendizaje del código de anfitriona al que la narradora tiene la ventaja de acceder porque la dueña del lugar es un familiar suyo, y dormir, son las actividades más pertinentes, por no decir sensatas, que puedan desarrollarse en un paréntesis espacio-temporal de la vida de un individuo, como son las vacaciones. Hasta que la muerte de uno de los huéspedes irrumpe en la tranquilidad y el reposo campechanos, y aparece el comisario Nietzsche que con parsimonia y sadismo pretende develar el misterio de quién es el asesino. ¿Su nombre?, pues, es natural: un guaraní descendiente de alemanes, nada que exija demasiada explicación aunque produzca sorpresa. 
Sin embargo, esto es recién el comienzo y Nietzsche no será el único personaje cuyo nombre nos resuene. Vendrá un Fernando Pessoa que mantendrá la nacionalidad y la profesión del conocidísimo y que, invitado a la casa de sus editores en Lisboa, queda atrapado en una situación bochornosa cuando algo bizarro sucede y los editores le piden explicaciones a él, un tipo introvertido, imperturbable y por demás silencioso. 
De este modo, la autora nos sumerge en una serie de relatos que tensionan la vida cotidiana, la normalidad y la sensatez hasta inflarlas lo suficiente como para que exploten, vuele todo por los aires y caigan los restos de aquello devenidos en abatimiento, cursilería y absurdos. Con reminiscencias de una literatura irlandesa del estilo de Flann O´Brien, estos textos, un tanto más eslavos (mucho de Polonia en las historias y bastante del estilo de Kafka), también consiguen ese efecto humorístico -resultante de la parodia- pero al tiempo claustrofóbico tan propio de novelas como El tercer policía o Crónica de Dalkey, donde además teníamos entre los personajes a célebres figuras como James Joyce o San Agustín. 
El libro de Saenz Valiente es una gran parodia del catolicismo, el puritanismo, los polacos y el orden establecido. Pero también es parodia de los adornitos en el estante de la chimenea y del estampado de la funda del sillón. Es decir, es parodia y es burla, una burla cuasi soberbia que da como resultado un particular sentido del humor, que junto con la comicidad son, además de efectos de lectura, temas tratados en las historias. 
Celebro que me haya matado de risa (sobre todo el último cuento) y que haya también una literatura argentina tan poco argentina como esta. 




DISPENSARIO (Antología), por Melina Díaz

DISPENSARIO 
Antología
Ediciones EPC de Periodismo y Comunicación, 2013
por Melina Díaz



Narrar en grito, recrear con cadencia



Cincuenta años son suficientes para atreverse a sesgar la frase de Ernesto Sábato "El principal problema del escritor tal vez sea el de evitar la tentación de juntar palabras para hacer una obra”. La palabra “atreverse” es el eje cardinal de Dispensario, antología de relatos producto del trabajo realizado en el Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes Narrativos (LITIN) de la Facultad de Comunicación y Periodismo de La Plata: un entramado textual producido por trece alumnos que afrontaron las palabras ajenas, animándose a dispersarlas, reubicarlas, desarticularlas y cambiarles el sentido. 
Para Marina Arias y Ulises Cremonte, coordinadores del LITIN, el pilar fundamental de Dispensario fue la dinámica grupal, el trabajo colaborativo y la construcción colectiva. Como una inflexión satírica, el trabajo tuvo dos etapas apodadas “desafío actimel” y “Mashup”. En la primera, y siguiendo el supuesto método de César Aira –redactar una página por día sin poder editar lo anterior–, cada participante escribió una página durante cinco días. En la segunda, otro escritor se adueñó de una producción ajena, produciendo un texto independiente y diverso. El resultado fue una audaz mixtura de trece cuentos con sus respectivas reediciones, más otra historia con tres versiones diferentes. 
Las 197 páginas de Dispensario son una muestra de que es posible la diversidad de formas y estilos para abordar una historia primera. Animarse a ser un ajeno respetuoso en contacto con una producción que se revela. La puntuación de las secuencias de redacción se deslizan, invitando al lector a asumir el rol de jugador audaz: distanciarse de lo establecido y del relato unívoco. El desafío actimel está cargado de gritos de ahogo, de hechos que agobian y son expulsados; mientras que el Mashup es una cadencia constante que apacigua la deshonra en una narración fluida y ondulante. Cada uno de los cuentos describe historias cargadas de un realismo tangible, que permite edificar un puente de conexión participante-lector. 
El prólogo presenta un GPS de cada uno de los escritores –su registro, fuerte, poder y kriptonita–, que como una exaltación desborda su producción literaria. En cada cuento se vislumbran las huellas personales, el sistema de posicionamiento y la lectura que cada escritor hace del mundo. Dispensario refleja una provocación a la dialéctica existencial: Leonel, Pilar, Silvana, Franco, Luciana, Ulises, Josefina, Mercedes, Agustina, Francisco, Carolina, Joaquín, Melissa y Juan Manuel despliegan su alma encarnada en los personajes, quienes violentamente luchan entre –y dentro– de sí. Y el rol del Mashup está en aliviar esa lucha desgarradora y melancólica del creador primero, presentando una puerta de salida alternativa. 
La ilustración de tapa de Dispensario es una provocación a los lectores que se sumergen en las historias colmadas de sentimientos, anécdotas, pérdidas, bajezas, miedos e ironía. En lugar de brindar medicamentos para que otros utilicen, estos estudiantes de tercer y cuarto año de su carrera se sirven de los signos textuales para transitar distintos planos. Es una exaltación de la dimensión lúdica de la literatura, convirtiendo en un gran juego al aprendizaje de la escritura. Predomina en los cuentos un estilo coloquial, sencillo, mundano, edificando una conexión con el lector. Sin embargo, la simpleza de los actos y consecuencias de los personajes no es obstáculo para dejar entrever la complejidad de sus escritores. Se permite imaginar a estos jóvenes ocultos, con sus infamias y mezquindades mediante sus abstracciones de la realidad inmediata y cotidiana. 
No son las palabras las que hicieron Dispensario, sino al revés: la Antología de estos 14 escritores realzó el poder de la palabra como una armadura para narrar historias cargadas de una subjetividad imperante sin un curso coartado. Arias y Cremonte afrontaron esta clínica de autor como una ayuda para el aprendizaje de la escritura desconociendo –o quizá omitiendo ingenuamente– su secuela secundaria: que la segunda etapa del trabajo traería, junto con una creciente calidad y consistencia literaria, una vía de escape y un hermoso refugio a la pavura de la cotidianeidad. Para escritor y lector, existe otro modo posible de narrar la historia, de vivir las circunstancias, buscando el orden en el tumulto, la calma en la inquietud. 

LOS APARTADOS (de Juan Manuel Porta), por Marina Arias



LOS APARTADOS
de Juan Manuel Porta 
Editorial Conejos, 2013
por Marina Arias 




Cuatro son los relatos de Juan Manuel Porta (1974) que componen su primer libro y fueron premiados por el Fondo Nacional de las Artes en 2012, y los cuatro dan cuenta de una misma subjetividad, desplegando (y quizás para ser precisos tendríamos que decir “replegando”, porque la prosa es lacónica, y la voz narrativa, elíptica) una particular forma de ser y estar en el mundo: una forma apática, con una falta absoluta de deseo. 
Una mujer que soporta sin inmutarse los delirios y perversiones de un padre alcohólico. Un hombre que lo fue perdiendo todo, que sobrevive en las ruinas de lo que fue la casa de su infancia y no parece darse mucha cuenta de lo desesperante de su situación. Un pibe que concurre por primera vez a un entrenamiento de rugby; hasta en una acción aparentemente tan llana y consciente como esta última, en el mundo de Porta no existe la posibilidad de que el personaje decida algo: el pibe no puede rechazar (no puede ni parece tener ganas, lo repetimos: la ausencia de ganas es una constante en los cuatro relatos) la invitación de un “amigo” –las comillas son porque el autor, en tan sólo un par de diálogos, logra reflejar a la perfección esos vínculos de la adolescencia en los que no es tan fácil discernir si tienen que ver sólo con querer al otro o hay un componente que tiene que ver con destruirlo–. Y entonces se ve envuelto en un sinfín de situaciones absurdas, crueles y espantosamente graciosas, propiciadas fundamentalmente por los dos entrenadores, dos fachos lamentables de esos que hacen de la homofobia una bandera tras la que esconden cierto gustito que les resulta inconfesable (lo más espantoso es que lo de Porta es sólo una caricatura, una caricatura precisa y certera, ése es el gran mérito, pero cualquiera que ha conocido aunque sea de coté el mundo de los clubes de rugby-hockey ha entrevisto algún ser con esas características, de ahí que reírse no deje de resultar tan inevitable como incómodo). 
Maderas podridas, pastos crecidos y gente que ha perdido hasta la voluntad en alguna esquina de la vida. Ése es el imaginario por el que parece discurrir la literatura de Juan Manuel Porta. Así como Los frustrados es un cuento redondo, que hubiera merecido un premio por sí solo, De paso, el que cierra el libro, resulta el más reflexivo: en él uno puede ver más claramente ciertas concepciones sobre el mundo y los otros (¿y acaso no es ése el sentido de toda literatura?) y hasta puede leerse al protagonista como un alter ego del autor. El cuento abre con una cita de Nabokov: “como situación, la soledad admite correctivos; como actitud espiritual es una enfermedad incurable”, pero el protagonista, haciendo caso omiso de esa advertencia, durante el desarrollo reflexiona: “lo mejor es estar sólo, conocer gente es una experiencia engañosa. Al principio uno siempre quiere agradar, pierde un montón de tiempo en discusiones bizantinas, o directamente estúpidas, para demostrar lo interesantes que son nuestras ideas, aunque por lo general esas ideas no son nuestras sino que se las robamos a otro, o a varios otros. Lo cierto es que al final dejamos de ver a esas “amistades”, y entonces nos damos cuenta de que desperdiciamos un montón de tiempo haciendo lo posible por mostrarnos inteligentes y cultos con gente de la que posiblemente no volveremos a tener noticias. Personas que seguramente no valían nada, y eran tan o más farsantes que nosotros. Todos somos farsantes, con la salvedad de que algunos, los más osados, se atreven a admitirlo”. Entonces (y no podemos dejar de señalar la paradoja) no se puede evitar sentir empatía con una posición existencial tan áspera como auténtica. Y así, en un texto que debería resultar desesperanzador se siente la esperanza de comprobar que hay otros tan desesperanzados como uno. Que no es poco. 



RIMBAUD EN JAVA (de Jamie James), por Damián Crespo


RIMBAUD EN JAVA
de Jamie James
La bestia equilátera, 2013
por Damián Crespo





En Rimbaud en Java, Jamie James intenta dar cuenta de qué hizo que Rimbaud decidiera, a fines de 1876, desertar del ejército holandés para desaparecer en Java. Rimbaud apenas tuvo tiempo para transpirar su nuevo uniforme de la Armada Colonial Holandesa, a la cual se había alistado como un mercenario, cuando no se lo vio más en la selva de Java. No hay registros de su actividad hasta seis meses después, momento en que se presentó de nuevo en París. ¿Dónde se fue? ¿Se quedó, efectivamente, en Java? ¿Qué es lo que vio?
Qué sucedió en la vida de Rimbaud antes y después, es más o menos conocido (más el antes que el después): el niño prodigio, el escandaloso romance con Verlaine, Una temporada en el infierno, las Iluminaciones, recopiladas por sus amigos y admiradores, su decisión de abandonar la literatura e ir a África a probar (e intentar hacer) fortuna… sus fracasos como comerciante, como traficante, su enfermedad, la foto recientemente encontrada de Rimbaud adulto, su muerte. Pero en el medio, como eje de ese misterio que fue Rimbaud (misterio en cuanto adolescente iluminado de la letras francesas y en cuanto a adulto aburguesado de la peor manera), están ese viaje perdido a Java.
Ea justo decir que Jamie James no cae en la tentación y resiste el impulso de ser totalmente taxativo en las teorías que esboza sobre ese vacío en la vida del poeta. Él mismo declaró que desconfía de las ficciones que intentan revivir a los autores ilustres muertos.
James organiza su libro de acuerdo a dos categorías: los hechos que rodean la estadía de Rimbaud en Java, y la cuidadosa especulación acerca de lo que el poeta podría haber experimentado.
El resultado es uno de los libros más simples y a la vez cautivantes sobre Arthur Rimbaud, escrito desde el fanatismo y la admiración, pero a la vez con la sobriedad propia de un arqueólogo literario.


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