BALADA (de Marcelo Cohen), por Damián Lorenzo

BALADA

de Marcelo Cohen

Alfaguara, 2011

por Damián Lorenzo



En las realidades de los libros de Cohen (o al menos de los que publicó en los últimos años) las cosas tienen nombres neológicos, hay onomatopeyas y libertades estilísticas que pueden hacer las delicias de un riguroso crítico literario. Por lo general, estas características no son compatibles con el goce del lector común, ya sea porque se pierde guiños o citas, o porque simplemente se aburre y no siente el frénesi de leer ficción e ir ideando un paper o un ensayo para lograr alguna bequita, o publicar en alguna revista-ghetto. Pero el “por lo general” tiene excepciones, y Balada, la última novela de Marcelo Cohen, parece ser una de ellas. Es un libro que puede leerse sin dificultades, más allá de tener que detenerse en alguna palabra inventada, o de tener que situarse en una realidad ficcional, ubicada en un escenario ficticio: el Delta Panorámico.

¿De qué trata Balada? Es la historia de Lerena Dost, una mujer fría y hermosa, que desea encontrar a una ex cantante y líder pseudo religiosa llamada Dona Munava. La finalidad de ese encuentro está basada en expresar agradecimiento y en recompensar a Dona ya que ella le proporcionó un número que resultó ganador de la lotería.

Antes de iniciar esta búsqueda, Lerena Dost pide ayuda a su ex psicólogo, Suano Botilecue, quien fuera expulsado a causa de un enredo amoroso que tuvo con Lerena. La vida de Suano, luego de ese incidente, fue barranca abajo, motivo más que suficiente para que Suano se niegue, en un principio, a ayudarla. Finalmente acepta, y ambos inician una búsqueda un tanto bizarra (como es, en el fondo, toda la novela y sus personajes) hasta dar con Dona.

Pero antes de dar con Dona, los protagonistas pasan todo tipo de peripecias, cruzándose con los personajes más singulares que se puedan imaginar en paisajes de ensueño. Estos encuentros enriquecen la historia y merecen más espacio del que tienen. Es que Marcelo Cohen posee una facilidad sorprendente para crear mundos y submundos y hacerlos asequibles a nuestra imaginación.

Narrada en una primera persona plural, (un “nosotros” que engloba a los habitantes de los alrededores de la fonda Deluxin, lugar donde Suano trabaja), Balada reconfirma algo que quienes hemos leído a Cohen ya sabíamos: estamos ante uno de los más originales e interesantes autores de la argentina.

EL ANIMAL SOBRE LA PIEDRA (de Daniela Tarazona), por Damián Lorenzo

EL ANIMAL SOBRE LA PIEDRA

de Daniela Tarazona

Entropía, 2011

por Damián Lorenzo



Ya al inicio de El animal sobre la piedra, Daniela Tarazona (México, 1975) nos toma por sorpresa y nos introduce en su particular mundo: “Mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario. Después de la muerte de mi madre un gato de color gris entró a mi cuarto y orinó bajo mi cama.”

De ahí en más, la novela (o más bien nouvelle, 103 páginas que se leen casi de una sentada) tomará el rumbo de lo fantástico, que se hace presente con la transformación física que irá sufriendo la protagonista a lo largo del libro. Es que luego de la muerte de su madre, Irma (así se llama la protagonista) busca la soledad y curar sus heridas en una playa alejada. Sus sentimientos de angustia y dolor se irán matizando con la vitalidad que le proveen estos cambios. Un hombre y un oso hormiguero (particular mascota) serán los únicos testigos de estos cambios. Cambios que se hacen más que patentes cuando luego de una siesta encuentra a su lado el pellejo fino de lo que antes había sido su cuerpo. Al mudar de piel, la metamorfosis se acelera sin detenerse nunca.

¿En qué termina este delirio? Se puede contar, sin temor a arruinar ningún final, que la metamorfosis (palabra que evoca al cuento de Kafka, de quien ya hablaremos) se orienta hacia una forma de reptil.

Otro dato para tener en cuenta y para encuadrar a esta autora: hay una cita de Clarice Lispector al inicio del libro, y esa influencia se nota a lo largo de la novela. Ya sea en su estructura, fragmentaria, como en los raptos poéticos de la narración, que los tiene en varios momentos.

Pero se nombró a Kafka. Inevitable leer El animal sobre la piedra sin remitirse a Kafka y La Metamorfosis y a otros de sus personajes “animalados”. Tarazona narra el antes del cambio, mientras que Kafka lo hace a partir del cambio. Jamás sabremos cómo fue el proceso del cambio de Gregorio Samsa (cómo le crecieron las patas, como se le formó el caparazón, cómo le desaparecieron los brazos…); con Tarazona no sucede eso. Tampoco sabemos, al finalizar el libro, si fue todo un sueño, un delirio esquizofrénico o “realidad”.

Publicada en México en 2008, El animal sobre la piedra es la primera novela de la autora, agradable sorpresa editorial traída a la Argentina por Editorial Entropía. Habrá que estar atento a sus próximos libros, con la esperanza de que no se discontinúe su publicación en Argentina.

TODOS LOS CASOS DE SAM SPADE (de Dashiell Hammett), por Diego Gentile

TODOS LOS CASOS DE SAM SPADE

de Dashiell Hammett

RBA, 2011

por Diego Gentile



Mucho se ha dicho, y se seguirá diciendo, del alcoholismo de Dashiell Hammett, de la marca espiritual que heredó de dos guerras mundiales (trauma de su generación, la "generación perdida") y de la caza de brujas de la que fue sospechoso, de sus curritos temporales múltiples en los inicios y de su trabajo de sabueso profesional (véase la película El hombre de Chinatown, de Win Wenders). Mucho se ha dicho y se dirá, pero en definitiva, quedan sus novelas y cuentos.

Sus primeros relatos, que datan de 1922, salen en revistas populares como 'Smart Set' y 'Black Mask', en los que aparece enseguida el Agente de la Continental (de hecho, las dos primeras novelas con este protagonista son una fusión de relatos por entregas). En la presente antología, que como anuncia su título abarca todos los casos de Sam Spade, se ha añadido a la famosa novela que protagoniza (El halcón maltés) tres cuentos, Demasiados han vivido, Sólo pueden colgarte una vez y Un tal Samuel Spade.

A decir verdad, a pesar de que algunos de estos relatos eran difíciles de conseguir y de que entran en el nivel general de la obra de Hammett, ninguno de ellos está a la altura de El halcón maltés. (La comparación, aunque injusta, es pertinente: se hace porque en todas estas ficciones su protagonista es el detective Sam Spade. Y es injusta dado que El halcón maltés es, tal vez, la mejor novela de Hammett, seguida de Cosecha Roja y La llave de cristal)

Recordemos que la trama de El Halcón maltés consiste en la llegada de una mujer muy bella a la oficina de Spade y su compañero Archer, solicitando los servicios de los detectives. Lo que ella les pide es alejar a un hombre que la viene persiguiendo y acosando desde que salió del lejano Oriente en dirección a América. Ambos aceptan el caso pero pronto hay dos asesinatos (el del hombre que acosaba a la señorita –Thursby-, y el de Archer) que desencadenan el misterio y el desarrollo de los hechos para resolver el enigma, del que se encargará Spade, llegando, como todo buen lector de policiales espera, a un sorprendente final.

Famosa por haber sido interpretada por un joven Humphrey Bogart (Samuel Spade tenía una mandíbula larga y huesuda, con la barbilla en forma de V, debajo de otra V, la de la boca, ésta más flexible. Las aletas de la nariz retrocedían ligeramente formando, a su vez, otra V más pequeña. Los ojos, de un gris pálido, eran horizontales, así era descripto el personaje por Hammett.), esta novela está llamada a trascender a su autor y al resto de su obra, y en esta edición, el resto de los relatos reunidos funcionan entonces como una correcta constelación que giran y giran alrededor de ese gran planeta.

LOS PRISIONEROS DE LA TORRE (de Elsa Drucaroff), por Federico Rodriguez

LOS PRISIONEROS DE LA TORRE

de Elsa Drucaroff

Emecé, 2011

por Federico Rodriguez



Escribir una crítica literaria acerca de un libro de crítica literaria sería algo así como una crítica al cuadrado. Por eso, frente a las 500 páginas de Los prisioneros de la torre, el libro enyasístico de Elsa Drucaroff sobre la llamada (por ella) “generación post-dictadura”, considero que lo más acertado es aportar algunos puntos de vista, algunos abordajes que puedan servir al futuro lector del libro a considerarlo.

*Primeramente, y a riesgo de contradecir lo escrito unas líneas más arriba: ¿es Los prisioneros de la torre un libro de crítica literaria? No y sí. No lo es porque Los prisioneros… excede lo que podría llamarse “crítica literaria”, siendo en algunos momentos un estudio sociológico de las diferentes etapas que atravesó la sociedad Argentina entre 1990 y 2007. Más cercano al ensayo, a un ensayo de divulgación, un ensayo que acerca más que aleja a los lectores. Y a la vez se esboza una mirada crítica sobre la literatura que se enuncia y se analiza.

*Se le ha criticado la ausencia de un juicio de valor sobre la literatura que se está tratando; es cierto y es deliberado. Drucaroff reniega de la “crítica patovica”, esa que “se arroga el rol de sacerdote del templo y decide lo que puede entrar y lo que no al canon, y sobre todo, lo más importante de lo que dice es eso, afirmar ‘es bueno’ o ‘es malo’ y no hacer lecturas.” (Drucaroff en reportaje a Página 12). Agrega que la “crítica patovica” no asume riesgos, apunta sus cañones a autores no consagrados, que no ocupan un lugar de privilegio o poder. Un poco por comodidad, otro poco (no lo expresa así en el libro, pero lo da a entender) por conveniencia. En resúmen: Se extraña el juicio de valor sobre los libros nombrados, a veces resulta necesario, sin que por ello se caiga necesariamente en una “crítica patovica”. Y a la vez, el sólo ejemplo de Beatriz Sarlo como crítica patovica por excelencia, nos hace darle la razón a Drucaroff.

*Por lo antes mencionado y por otras menudencias Elsa Drucaroff da el puntapié a una polémica con Beatriz Sarlo. Ignoro si Sarlo tomó el guante o preferirá quedarse cómoda en su lugar, mirando por encima del hombro a Drucaroff (y al resto del mundo). También es cierto que, si se estuviera tratando de dos autores varones, esto se podría resumir en una poco elegante y un tanto machista frase: “Parece que quieren ver quien la tiene más grande”. Pero no, son dos damas.

*Para escribir este libro, la autora consultó unos 500 libros y leyó más de 300, contó con colaboradores (lectores) y leyó todo tipo de material y autor. Marginales, principiantes, ganadores de concursos, literatos eventeros… todos tuvieron su lugarcito en el libro. Y esto da cuenta de un intento de ser lo más abarcativa posible, y a la vez, poco rigurosa en su selección. No se trata de pedir una “crítica patovica”, sino de utilizar un poco de sentido común. ¿Es necesario incluir en un libro tan basto y lleno de nombres y referencias a autores cuya obra era un par de cuentos publicados en antologías o revistas?

*Quien revolotea por el mundillo literario desde hace más de cinco o seis años seguramente ha sido testigo de algún hecho/evento que en su momento convocó a un par de familiares y/o amigos y que con el correr del tiempo se convirtieron en hechos fundacionales. Algo así sucedió con la famosa rivalidad entre Babélicos (Alan Pauls, Luis Chitarroni, Daniel Guebel, Sergio Bizzio) y Planetarios (Rodrigo Fresán, Guillermo Saccomanno, Marcelo Figueras). Existió y se hizo más grande a medida que pasaron los años. La autora, en uno de los momentos más interesantes y a la vez más chismosos del libro, da cuenta de esa situación y desmitifica un poco un “river-boca” que se instaló y, en definitiva, no benefició a nadie.

*Los prisioneros… es una aventura y un riesgo que alguien debía tomar para dar cuenta de las generaciones post dictadura, para intentar poner blanco sobre negro la actualidad literaria argentina. ¿Lo logra? Eso queda a cargo del lector, en la medida en que se sienta satisfecho o no, en lo que sucederá cuando, luego de leer el libro, vaya a comprar a alguno de los autores allí citados. La elaboración de este libro no ha sido un gesto vano ni fallido, si bien se le pueden objetar varias cuestiones (algunas de las cuales se mencionan más arriba), la sensación es que son más las veces en que Drucaroff acierta que en las que hace agua.

*Por último, quizá no sea descabellado aventurar que la importancia de esta clase de libros no reside en los libros en sí, sino en lo que luego surge a raíz de ellos (polémicas, replanteos, descubrimientos). Y Los prisioneros de la torre parece ser un excelente punto de partida.

MI YO MULTIPLICADO (de Gustavo Di Pace), por Juan José Burzi

MI YO MULTIPLICADO

de Gustavo Di Pace

Alción Editora, 2011

por Juan José Burzi



Un autor bonaerense no encuentra editorial donde publicar su segundo libro de (oh, el horror!) cuentos. Ese autor finalmente publica su libro de cuentos, pero por una editorial cordobesa, la siempre interesante Alción Editora. Ese libro de cuentos es presentado en Buenos Aires. Ese libro de cuentos llega a mis manos. Su título es Mi yo multiplicado, y contiene siete cuentos; su autor, Gustavo Di Pace.

Paria como él en el género cuentístico, a priori siento simpatía por el libro y a la vez guardo cierta reserva. Años de organizar un ciclo de lectura de cuentos me han provisto de los anticuerpos necesarios para todo tipo de esperanza ante autores desconocidos. Se escribe mucho, escribir es fácil y barato, con una hoja y una lapicera alcanza, mucho de lo que se escribe es aburridísimo. Di Pace es un buen tipo, pero si su libro no me gusta quizá perderé a un buen tipo.

En definitiva, abordo el libro por su último cuento, El escultor, y me sorprende. Es un cuento irónico, gracioso, que me hace reír a pesar de ser de risa difícil. A la vez, el personaje del relato sufre y su realidad no es graciosa, es patética. Es un psicólogo que, atrapado en una paranoia galopante decide “defenderse” de sus pacientes “esculpiéndolos” a su piacere hasta llevarlos al suicidio.

Avanzo con el libro, o mejor dicho, continúo salteando cuentos. Voy a El llamado de Theda, el tercer relato del libro y uno de los más inquietantes. Desde su inicio, Di Pace propone al lector que se meta en la historia sin más: “Theda me lo dijo; después, cortó sin mayores explicaciones.” Una forma clásica y recontra vista de comenzar un cuento, pero no por ello menos efectiva. Lo mismo sucede con Amenaza en la estación Martinez, donde desde la primera línea sabemos que lo que va a suceder no va a terminar bien, pero igual leemos. Leemos porque Amenaza… es una historia contada por el protagonista en forma de guión, una triste historia de amor que este pobre tipo terminará de la manera más absurda, como absurda es la vida.

Y es ese absurdo como realidad final que en parte recorre los cuentos de Di Pace, que nos hace sonreír con amargura y algo de lástima por sus personajes, solitarios, torturados, pero a la vez queribles. Como el protagonista de Lorena, que se obsesiona y ¿enamora? de Lorena, que es una Boa Constrictor. Y ahí también sabemos que la cosa puede terminar mal, y vemos como el personaje principal hace todo para que así sea. Lorena inspira tanta ternura como su dueño, y como todos los personajes de Di Pace. Porque pueden estar muy locos (y en general lo están, alienados de esto que llamamos realidad), pero lo que no se puede decir, es que son malos tipos.

Y ya que estoy con eso, me alegra haber terminado el libro de Di Pace con dos certezas: La primera es que no voy a dañar el orgullo de un buen tipo, ya que Mi yo multiplicado me pareció un librazo con todas las letras; la segunda es que si quienquiera que lee esta nota no hace algo por leer alguno de estos cuentos, se está perdiéndola oportunidad de descubrir un autor “nuevo” y talentoso.

TODOS LOS CUENTOS (de Paco Urondo), por Diego Gentile

TODOS LOS CUENTOS

de Paco Urondo

Adriana Hidalgo, 2011

por Diego Gentile



Francisco “Paco” Urondo, escritor asesinado en 1976 por la represión, siempre es reconocido como uno de los grandes poetas de Argentina. No es muy sabido que también escribió una obra de teatro, una novela y adaptaciones para el cine. Y cuentos.

Su labor como cuentista fue opacado por los nombres que marcaron un camino en el género (Castillo, Briante, Conti, Blaisten) y por esos caprichos de la literatura que rocían con el olvido algunas obras durante años (o décadas) hasta que estas son re descubiertas. Felizmente, Adriana Hidalgo editó en un solo volumen los dos libros de cuentos publicados por Urondo.

El primero de ellos, Todo eso, contiene tres relatos largos donde la figura femenina funciona como leiv motiv de los mismos. Charlas de mujeres, mujeres imposibles y hermosas, inalcanzables y alcanzables, tanto que hasta terminan un tanto ajadas, esposas y amantes… toda la variedad aparece retratada en estos relatos… pero todo no es sexo ni amor. En uno de estos relatos (El amor del siglo) se retrata agriamente la época de Frondizi y las ilusiones perdidas (en lo personal/amoroso como en lo social/político). Algo similar sucede en Baile, donde vida privada y política se entrecruzan y se sirven mutuamente para lograr una pintura de un alma en pena. Un alma en pena que, como bien apunta Susana Cella en el prólogo, es un paso previo simbólico de lo que luego ocurrirá en la propia vida de Urondo.

Luego de estos tres relatos largos, está su segundo libro de cuentos, Al tacto. Más variado y quizá más interesante que el anterior, Al tacto contiene quince relatos breves que están escritos en diferentes registros y voces. Hay cuentos (la mayoría) que se ubican en Santa Fe, con un cierto toque de denuncia, de realismo pueblerino; también están los relatos urbanos. El mejor cuentista se plasma en estos relatos, un narrador dúctil que cambia de registro según lo demande la trama o la intención del relato.

Diez años después de publicar Al tacto, y luego de ser perseguido por un vehículo de la represión, Paco Urondo moría asesinado en Mendoza a la edad de 46 años. Quedará siempre la intriga de qué rumbo podría haber tomado su literatura.

YO QUERÍA SER ASTRONAUTA (de Bruno Szister), por Marina Arias

YO QUERÍA SER ASTRONAUTA

Bruno Szister

Editorial Conejos, 2011

por Marina Arias



V, mi amiga más reciente, me pasa el libro de Bruno Szister (nota: de aquí en más, Bruno a secas, porque el maldito word insiste en convertir la “sz” del apellido en “c” y eso podría provocarme el impulso irrefrenable de revolear la computadora antes de llegar al final de esta reseña…). Me lo pasa mientras nos estamos despidiendo en la esquina de la escuela a la que nuestros hijos van juntos. V compró Yo quería ser astronauta al final de la reunión del grupo Alejandría de noviembre, en la que Bruno leyó el capítulo “Tablada”, porque el texto nos resultó muy gracioso, con la cuota de cinismo justa para resultar inteligente sin bordear la soberbia. Lo que contaba era la primera visita a la tumba de su padre en el Cementerio judío de La Tablada, y la comicidad, además de hacer pie en un narrador seco y aparentemente insensible (un poquito a lo Leo Mashlia, hay que admitir) explotaba en el relato del remisero que lo había llevado desde Capital sobre su experiencia en un all inclusive en Varadero. Por eso Valeria compró el libro y yo le pedí que lo leyera rápido para pasármelo.

Pero a los cinco días, mientras me está pasando el libro en una esquina de Villa Crespo a pocas cuadras de lo que tres horas más tarde sabré es la locación del noventa por ciento de la novela de Bruno, Valeria me advierte: “mirá que es triste, eh… es sobre el duelo del padre”. Y mientras resiste el tironeo de uno de sus hijos hacia el quiosco de la esquina, agrega como para sí: “qué cosa… cómo los hombres terminan escribiendo sobre el padre, ¿no?”. Valeria lo dice porque el otro libro que acabamos de leer las dos es Formas de volver a casa de Alejandro Zambra, y juntas llegamos a la sospecha de que el verdadero tema de la novela del chileno es ése: la relación con el padre. Además Valeria lo dice porque es psicoanalista, entonces en los textos ve cosas que yo no leo. Pero la cosa es que su reflexión me trajo a la memoria retazos de dos cuestiones interesantes: alguna vez leí/escuché/me dijeron que el padre de uno/a (nota: dios nos libre de poner @ para unificar el género!!!) en realidad era el relato que ha hecho nuestra madre de él, y alguna otra vez leí en un texto de Freud sobre lo que significa la pérdida del padre para todos. Sobre lo primero, no encontré la manera de que google me ayudara en lo más mínimo (y si algún lector tiene algún dato más para aportar le agradeceré infinitamente me lo haga saber por este medio). Sobre lo segundo, rápidamente di con el prólogo de la segunda edición de La interpretación de los sueños donde Freud, con esa prosa mucho más literaria que más de un literato, señala “mi reacción frente a la muerte de mi padre, es decir, frente al más significativo suceso, a la más tajante pérdida en la vida de un hombre”.

Y entonces pienso que a lo mejor escribir sobre el padre, como compruebo un rato más tarde que hizo Bruno en gran parte de Yo quería ser astronauta, acaso no sea otra cosa que el intento de independizarse de un relato materno. Y la descripción de su decadencia física y mental –cuestión a la que vuelve en varios capítulos–, así como la inclusión del contenido manifiesto de varios sueños del narrador, un intento por tramitar aquello imposible de tramitar durante las horas en la que se recibieron condolencias -sentidas y de las otras- frente a un cajón cerrado: el suceso más significativo de la vida.

Yo quería ser astronauta es el relato de un duelo, mi amiga Valeria tiene razón. Pero en ese recorrido íntimo Bruno amucha otros temas. Hay una historia de amor con los pies en la tierra que resulta sanadora, tiernos recuerdos de infancia y muchos de sus padecimientos, todos evocados desde el humor, lo que produce una identificación inmediata en el lector: cumpleaños ajenos y vistos desde un rincón, campamentos recreativos en los que lo que más se hacía era extrañar a la mamá, y la muchas veces inadvertida –pero no por eso menos insoportable– tiranía de un hermano mayor.

Yo quería ser astronauta es el primer libro de Szister (estoy llegando al final de esta reseña así que puedo gastar un poco de paciencia en aporrear las teclas de mi notebook hasta que el Word se da por vencido…). Ojalá podamos disfrutar en otros de su prosa. Una prosa ágil, despojada y precisa.

EL ORIGEN DEL NARRADOR (Actas completas de los juicios a Baudelaire y a Flaubert), por Edgardo Scott

EL ORIGEN DEL NARRADOR

Actas completas de los juicios a Baudelaire y a Flaubert

Mardulce, 2011

por Edgardo Scott



La publicación de El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire es, aún hoy –tal vez sobre todo hoy- de sumo interés. Ese hecho puede deberse no sólo al interés que despiertan de inmediato estos dos clásicos, sino también al hecho de que el tema del libro sea la censura, o la voluntad de censura. En el libro podemos seguir de qué manera esa operatoria funcionaba en la Francia del Segundo Imperio, de qué manera repercutía en los textos y en los autores; pero también, y a la luz de los años, de qué manera esa censura, mudando de piel, calladamente, puede reaparecer o escabullirse hoy entre nuestros libros.

Encarnada en la figura de un verdadero personaje inolvidable -uno de esos malvados de cuentos infantiles, el fiscal Pinard- la censura aparece en el alegato como una voluntad de silenciamiento y negación. De esta forma, mediante el recorte y la supresión de fragmentos -incluso giros o frases que pudieran trastornar los ideales morales y religiosos de la época- el fiscal vigila y pretende neutralizar la potencia estética de estas obras de ruptura, primero, de Madame Bovary y en seguida, de Las flores del mal. El resultado de los procesos es previsible; el derecho, la justicia francesa de entonces, actúa de manera “salomónica”: absuelve a Flaubert y condena –en 300 francos- a Baudelaire y sus editores. (Hay que decir que el abogado defensor de Flaubert es admirable, y el de Baudelaire, en cambio, uno lo percibe más denso, menos lúcido y ágil para persuadir a la corte)

Como acierta en el prólogo Damián Tabarovsky, los argumentos del fiscal y de los abogados defensores son textos de crítica literaria de primer nivel. Hasta podría decirse que representan el ideal de la crítica literaria, ya que los argumentos críticos son llamados a intervenir, porque una obra de ficción ha conmovido e interpelado, ha puesto en jaque nada menos que al discurso instituido. Si el dicho popular dice: la realidad supera a la ficción, en El origen del narrador, asistimos a su excepcional eclipse: cuando la ficción supera la realidad, cuando la pincha y le barre los fantasmas que la soportan.

Pero leer este libro mirando nada más que hacia el pasado, sorprendidos y aliviados de que eso que pasaba ya no nos pase, sería minimizar el efecto de aquel episodio, y sobre todo volver museos las escrituras vivas de Flaubert y Baudelaire. Tal vez entonces sea preferible hacer el intento de pensar en cómo, a falta de fiscales malvados, la censura opera hoy entre nosotros, frente a la publicación, recepción y circulación de un texto de ficción.

Nuestra condición de época, en cualquiera de sus variantes, es el mercado. El poder que nos atraviesa hoy lleva esa piel. Nuestra oposición entonces será entre soltar un libro a la galaxia negra del mercado, o que pueda dar con su lector. No creo que haya menos lectores lúcidos en nuestra época que mojigatos en tiempos de Flaubert o Baudelaire. El mercado hoy es nuestra moral, como lo era la religión en otro tiempo. Pero el mercado también es -como la religión, o como casi todo- un efecto de discurso. De esta forma, la cuestión entonces siempre pasaría por subvertir ese discurso, por desengancharse o adulterar ciertas trampas, nichos y guardias, que nuestro régimen tiene listo, para engullir la propuesta enigmática y liberadora que un buen escritor suele arrojar al mundo. La empresa no es fácil ni difícil. Es singular, libro por libro, autor por autor. No parece menos fácil ni difícil que encontrar, como Flaubert o Baudelaire la forma de publicar una excelente novela por entregas o un magnífico libro de versos en la mitad del siglo XIX. Escribir, publicar, y pagar el precio que corresponda; el precio siempre invariable de la incomprensión, y aquella vez, aparte, un par de abogados y algunos francos. Pero hoy, ¿cuál es ese precio? Intuyo que si el mercado es una máquina de catálogo, de clasificación, de fijación de precio, y de logística de la mercancía, la estrategia deberá venir por descatalogar, desclasificar, relativizar el precio, y que el libro y el autor acechen ahí donde no se lo espere.

Volviendo al libro. La publicación incluye algunas cartas entre Flaubert y Baudelaire, en las que el autor de Madame Bovary alienta a su colega y amigo para que soporte ese mal trago. Y también incluye la lúcida y elogiosa crítica de Baudelaire sobre Madame Bovary. En El origen del narrador, se aprecia la fascinación antigua y vigente por dos obras impares, y por dos autores impares. Y también se nos recuerda, que ningún tiempo, ofrece nada gratis para la verdadera literatura.

PEQUEÑAS INTENCIONES (de Jorge Consiglio), por Edgardo Scott

PEQUEÑAS INTENCIONES

de Jorge Consiglio

Edhasa, 2011

por Edgardo Scott



A contramano del título y de la extensión, Jorge Consiglio ha escrito una gran novela. Ha logrado un monstruo hermoso y singular: una novela breve, concisa y fluida que, sin embargo, y mediante su poética, puede dejar numerosas marcas en la lectura. A través de un argumento sencillo y de un personaje marginal (marginal al estilo del Villa, de Gusmán, por ejemplo), la novela bordea algunos grandes temas: la soledad, la abyección, el amor, el poder, pero siempre en clave argentina, contemporánea, y sin hacer concesiones a su apuesta estética.

¿De qué trata Pequeñas intenciones? Es el relato de un hombre mayor, devenido rengo, narrando las circunstancias de su declive final; las desgracias que definirán su última condición de vida: el personaje descuida y finalmente abandona la casa en la que ha vivido desde siempre; descuida y abandona a su hermano débil mental, incendia por accidente la casa de unos vecinos; y por fin se deshace de todo lazo que no sea circunstancial. Se convierte entonces en un paria y en un sobreviviente.

“El hombre sin Dios pierde la gracia”, señaló Pascal. El personaje y narrador de Pequeñas intenciones es un claro ejemplar de esa especie. El mal -o aquello que en Poe, Dostoievski o Bernhard- suele adquirir el estatuto de la enfermedad, se manifiesta en sus elecciones y en la mayoría de sus actos. Pero la habilidad de Consiglio reside en haber organizado el relato y matizado la voz de tal manera, como para que a pesar de las innumerables miserias y hasta crueldades que el personaje inflige a su entorno, la identificación, la capacidad de reconocimiento con el lector pueda lograrse. Es difícil odiar a este personaje. Algo lo humaniza, algo lo redime y justifica; algo que tal vez no deba buscarse en ningún rincón de la trama sino en la manera personal de construir verdad; en la permanente sinceridad y fidelidad descriptiva del narrador, incluso –o sobre todo- para con sus reflexiones. Para esto Consiglio ha dispuesto una narración en segunda persona, aunque sólo al final se nos revele la figura del afantasmado interlocutor (que hasta ese momento, no ha sido otro que el lector mismo). En esa estrategia es vital la introducción de un remate que cada tanto, coronando párrafos, deja caer el narrador. El narrador dice -y frente a las situaciones o pensamientos más dispares-: usted me entiende.

Cito un fragmento: También le conté que hay una superstición inglesa que sostiene que al pie del arcoíris hay una olla de oro, y que incluso hoy existe gente que cree que puede llegar a ese lugar, donde se ve una luz centelleante. Por supuesto, esta es una ironía del narrador. El personaje de Consiglio es un desangelado; tiene mucho, como también ocurre con los personajes de Onetti, Fogwill o Thomas Bernhard, de una lógica de supervivencia. Ya no puede confiar en nada que no le sirva para sobrevivir, ya no desea ningún otro mundo que no sea su cueva, su amenazado refugio. Y esto parece deberse no necesariamente por afrontar condiciones desesperadas sino por ser presa de una íntima y continua indolencia que lo inhibe y lo vuelve desertor de toda posible experiencia amorosa.

En momentos donde muchas veces la crítica valora y elogia la falta de atributos, cierto tono neutro, cierta parquedad, la obra de Consiglio –tal vez como la de Gustavo Ferreyra- subvierte y cuestiona esa tendencia. La escritura de Consiglio es una escritura de atributos. Arriesga color y carácter; no trata de volverse insípida; no se esconde. Uno termina por apropiarse de aquello que es responsable, dice el narrador, enunciando su paradoja: él, que de nada se responsabiliza, no tendrá otra posesión que su destino. Me viene a la memoria otro epígrafe magistral de Joaquín Giannuzzi, citado al comienzo de Gramática de la sombra, otra novela de Consiglio: quizá nadie resuelva un destino estrictamente privado.

EL HIELO (de Vladimir Sorokin), por Luis Falcone

EL HIELO

de Vladimir Sorokin

Alfaguara, 2011

por Luis Falcone



Resulta extraño encontrar, hoy en día, libros que incomoden políticamente. Hielo, del ruso Vladimir Sorokin lo hace, al igual que lo viene haciendo gran parte de su obra. Putin y la Rusia oficialista se incomodan ante los libros de este autor, quien no duda en hacer declaraciones como la siguiente: "Rusia es un enorme tiranosaurio con los dientes desgastados. Apenas se mueve, cada vez le cuesta más moverse. Yo diría que es un animal que se muere".

Nacido en 1955, Sorokin es autor de doce novelas, diez obras teatrales y varios guiones cinematográficos. Sus primeros libros fueron publicados en Paris antes que en la Rusia Soviética. Acusado de pornógrafo y perseguido por los gobiernos de turno, en 2001 fue reconocido con el Premio Andréi Bely por “sus excepcionales aportaciones a las letras rusas” y además recibió el Premio Booker Popular.

Pero volviendo a Hielo, que forma parte de una trilogía, narra la historia de una secta y trata de la "búsqueda del paraíso espiritual perdido" (Sorokin dixit) y es una "reacción a la desilusión por el intelectualismo actual". Perteneciente al géne­ro negro, con toques de simbolismo, y con un formalismo posmoderno, la novela se puede resumir en pocas líneas: trata de una secta milena­rista que adora un meteorito y que usa martillos de hielo para arrancar los corazones de jóvenes rubios y hablar con ellos. Haciendo referencia a esos oprichnik (eran los matones de Iván el Terrible), la novela denuncia los intentos de aislar a Rusia de Occidente tras el naciona­lismo y la moral costumbrista usando la riqueza petrolífera como herramienta. Escrita (o al menos traducida) en frases cortas y punzantes, la novela trasciende su propia ficción y da un panorama demoledor de la sociedad Rusa, decadente e inmoral.

Ese breve resumen puede sonar a muy poco o a demasiado, según como se lo mire, y en definitiva es cuestión de gustos. Lo que no se puede obviar es que se está ante un fenómeno literario como, ya se ha dicho, no abundan. Sorokin pude integrarse al grupo de los Houellebecq, Easton Ellis, Palahniuk, autores que incomodan por estar destinados a ver (y narrar) lo que nadie quiere ver.

VERANO Y AMOR (de William Trevor), por Leonardo Vascal

VERANO Y AMOR

de William Trevor

Salamandra, 2011

por Leonardo Vascal



William Trevor es un irlandés nacido en 1928, considerado como el mejor escritor irlandés vivo, digno sucesor de Joyce para algunos, con varias novelas seleccionadas para el premio Booker, (su más conocida novela, El viaje de Felicia, ganó el premio Whitbread), comandante de la Orden del Imperio Británico, premio irlandés de literatura, premio Bob Hugues al logro en una vida de literatura irlandesa… Resumiendo, es un escritor que se lo puede catalogar de “clásico” a pesar de estar vivo.

Y es un “clásico” no solo por los premios obtenidos, sino porque su escritura se despliega con toda la parsimonia y nitidez de un Faulkner o de un Balzac. Su foco de interés se centra en las personas, en su manera de ser, en sus psicologías, en sus dudas, manías e incongruencias, tal como lo ha hecho, siglos atrás, William Shakespeare, y otros tantos vienen continuando ese legado. Disecciona el alma de las personas mediante el conocido recurso de contar lo que hacen y lo que dicen en el día a día. Plantan berzas, arreglan vallas (el ambiente es rural), andan en bicicleta, cuentan chismes, se enamoran sin darse cuenta… Son personas sencillas, como cualquiera de los lectores y, como cualquiera de ellos, tienen una carga de profundidad altamente explosiva. Un autor clásico y una novela clásica.

Y, en apariencia, no pasa nada y acontece todo. Y todo al mismo ritmo que en las novelas de Coetzee, uno de los más geniales (si no el más) exponentes de la novelística moderna. Cuando un autor escribe palabras que muestran cosas cotidianas, sentimientos comprensibles, usuales y ante los ojos del lector se van desplegando las infinitas complejidades del ser humano, entonces y solo entonces es cuando se puede aseverar que se está ante una novela clásica.

Pero, ¿de qué trata Verano y amor? Ellie es una mujer que se crió en un orfanato y que, a diferencia de sus compañeros, nunca encontró un hogar donde ser recibida durante su niñez. Por ese motivo, acepta de inmediato cuando le proponen un trabajo como sirvienta en una granja, ilusionada por relacionarse con gente nueva. El propietario de la granja, Dillahan, es un buen hombre que vive atormentado por la muerte de su esposa y de su hijo en un misterioso accidente de tráfico. Los dos, almas solitarias, encuentran consuelo en la compañía del otro y deciden casarse, consumando un matrimonio basado en el respeto y en la convivencia pero en el que falta pasión. Cuando aparece un veinteañero bohemio llamado Florian, Ellie no puede evitar sentirse atraída por él e iniciar una relación que se convertirá en el punto de mira de la mayoría de los habitantes del pueblo. A grandes rasgos, esta es la trama central de la novela, y quien espera un culebrón bien escrito, está equivocado. El final es una sorpresa que no sería justo revelar. Es imperioso, para todo amante de la buena literatura, leer Verano y amor. Al cerrar el libro, con seguridad, querrá encontrar más títulos de este autor.

LA HIJA DEL OPTIMISTA (de Eudora Welthy), por Luis Falcone

LA HIJA DEL OPTIMISTA
de Eudora Welthy
Impedimenta, 2009
por Luis Falcone




Autora fundamental entre los escritores de los estados del Sur de Estados Unidos del siglo XX, Eudora Welthy (1909-2001), es cada vez más aceptada en ese podio que ocupa William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O´Connor entre otros. Su narrativa se interesó, en sus primeras obras, en el aspecto más social de la literatura, centrando su atención en personajes marginados y en su relación con una tierra que les condiciona y de la que no pueden desprenderse. Con posterioridad, aun sin abandonar cierto experimentalismo, su narrativa desplazó su centro de gravedad y, con obras como Boda en el delta (Delta wedding, 1946) y, sobretodo, La hija del optimista (The optimist’s daughter, 1972), se inscribió en los temas tradicionales de la literatura sureña: las sagas familiares, las relaciones humanas y la nostalgia de un mundo aristocrático en vías de desaparición.

Tal vez sea en La hija del optimista, ganadora del Premio Pulitzer en 1973, donde Welthy materializa con más acierto la síntesis de su narrativa: la enfermedad y muerte de un ser querido, un “hijo del Sur” canónico, con las reacciones de una hija recuperada; la relación y en conflicto entre la protagonista y su madrastra a la hora de trasladar e inhumar el cadáver; y el entorno social en el que Laurel desarrolló su infancia, sus relaciones sociales y sus amistades y complicidades, perdido cuando lo abandonó en su dia para casarse e irse a vivir a otra parte, pero que se ha resistido a cambiar. Todo ello narrado con un detalle y una minuciosidad notables.

PRIMAVERA DE PERROS/ FLORES DE RUINA (de Patrick Modiano), por Juan José Burzi

PRIMAVERA DE PERROS/ FLORES DE RUINA
de Patrick Modiano
El cuenco de plata, 2011
por Juan José Burzi


La lectura de Patrick Modiano nos depara, invariablemente, la promesa de someternos a la buena literatura, sea lo que sea que quiera decir eso. Mientras se lee a Modiano, se piensa que la literatura es eso que está siendo leído.

Con las dos nouvelles que editó en forma conjunta El Cuenco de Plata, el lector no es defraudado. Son dos obras que, a pesar de haber sido escritas en diferentes épocas, no dejan de tener una conexión entre sí, y el haberlas editado juntas es, sin duda, un acierto editorial.

La primera de ellas, Primavera de perros, narra la historia de una pareja de jóvenes que se suicida, y la obsesión que crece en el narrador-protagonista del relato, años después, para descubrir qué es lo que sucedió con ellos. Esta breve descripción puede dar a entender que estamos ante una novela policial, lo cual es errado. Nunca se llega a una respuesta, al parecer la pareja fue a su departamento con dos mujeres más y con dos hombres, quienes son parcialmente descubiertos por el narrador, sin que ellos promueva una denuncia, un careo o siquiera una certeza. Son todas conjeturas, tan nebulosas como el clima que rodea el relato.

Flores de ruina, quizá la mejor de las dos nouvelles, comienza con un famoso fotógrafo que retrata a una joven pareja en un café de Paris. Se entabla una relación de alumno-maestro entre el fotógrafo y el narrador, donde el fotógrafo va dejando que su obra sea ordenada y curada por el alumno. El personaje del fotógrafo es imborrable, una especie de bohemio autodestructivo que deja atrás su obra y que prefiere no ver a nadie y no hacer mucho más por su trabajo. Una mujer lo busca desesperadamente y él se hace negar. Un buen día desaparece, dejando al narrador con más preguntas que respuestas.

Ambas obras son buceos en el pasado de los protagonistas, viciadas de climas melancólicos y opresivos, que tratan de todo y de nada, de vagabundear, de la rutina parisina de esos años (1933 y 1964 respectivamente), del paso del tiempo y de cómo las vidas de las personas se cruzan entre sí en el tiempo a tal vez varias veces, sin que ello deje necesariamente una huella en la memoria de los protagonistas o para que tal vez ese encuentro reflote a causa de un hecho fortuito. El tiempo y la memoria parecen ser los leiv motiv de estas dos delicadezas literarias.

UN HOMBRE LLAMADO LOBO (de Oliverio Coelho), por Edgardo Scott

UN HOMBRE LLAMADO LOBO
de Oliverio Coelho
Norma, 2011
por Edgardo Scott



Un motivo para poder perderse

Oliverio Coelho escribió su Ulises, su Odisea. Ahí están su Bloom y su Stephen, ahí están su Odiseo y su Telémaco, en este caso, bajo los nombres de Silvio Lobo (el padre) y de Iván Lobo (el hijo). Un hombre llamado lobo es, entonces, ante todo una novela clásica. En el caso de Coelho, esto tiene su especial valor, porque justamente sus libros (a esta altura habrá que decir su obra) siempre habían estado más cerca de la vanguardia; de ciertos riesgos o excesos formales. Sin embargo, no por tener esta vez la impronta clásica, Un hombre llamado lobo, defrauda; todo lo contrario, en varias ocasiones, deslumbra.

La historia es la historia de un hombre, Silvio Lobo, que cumplidos los 40 años, de un modo muy borgeano, realiza su destino. Consigue una mujer, tiene un hijo, y con esto, lejos de redimirse, se acaba de aferrar a sus estragos. Entonces pierde a su mujer, abandona a su hijo, lo echan de su trabajo, y comienza por fin una deriva, que si bien, en apariencia, tiene algo de búsqueda amorosa, tiene más de extravío, de perseguir con fruición lo que muy probablemente lo quiere apartar definitivamente del mundo.

Hay dos personajes más. Su hijo, Iván, y un detective, Marcusse. Marcusse es el puente, el enlace entre padre e hijo. Marcusse es contratado por Lobo para hallar a su mujer, y por otro lado, veinte años después, Marcusse da con Iván, para intentar cerrar el caso, el único caso que, según sus términos, le quedó sin resolver: el azar mismo. La novela, si cabría tal género, es entonces un thriller ético o sentimental. Tal vez todo clásico lo sea. Bajo la apariencia de una road movie o, incluso, de una novela policial, Un hombre llamado lobo es una interrogación literaria sobre el abandono. Dice el narrador: “Entendió que el abandono era mucho más abstracto que el fracaso sentimental, la soledad o el crimen: estaba más allá de la ley.”

¿Qué puede impedir entonces que un hombre (o una mujer) se abandone, que, como se suele decir, se eche a perder? Y a su vez, ¿qué empuja a un hombre o a una mujer a abandonarse, a bajar la guardia ante aquello que Gustavo Ferreyra tan bien ha calificado como “la prepotencia de la vida”? En Un hombre llamado lobo, Oliverio Coelho no da respuestas, apenas –pero nada menos- edifica un gran relato.

Los abandonos, se deja leer en la novela, persiguen absolutos. El motivo del abandono de Lobo es el amor impar, sano y permanente, de una mujer que no sea su madre; el motivo del abandono de Marcusse es la confirmación de sus fórmulas para vencer al azar y, por ende, al juego mismo; y el temprano abandono de Iván, el hijo de Lobo, lleva como motivo o excusa, la conquista de un padre.

El Luis Gusmán de Villa, el Onetti de El pozo, o de Para una tumba sin nombre, también algo de Chejfec y de Roberto Bolaño, pero sobre todo la depuración de Coelho, están presentes en la novela. Puede que Coelho vaya troquelando su obra por tercios, y entonces después de la trilogía política de Los invertebrables, Borneo y Promesas naturales, en este caso, Un hombre llamado Lobo sería la síntesis de una etapa que comenzó con Ida y siguió con el excelente libro de cuentos Parte doméstico. Pero es apenas una lectura. Lo que importa es que Oliverio Coelho consiguió escribir un gran libro, una gran historia, una de esas novelas que tienen vida propia, donde pareciera que el estilo del autor se rinde, se subordina o se funde con lo real. Sin temor a la apuesta, éste es uno de los mejores libros de la década que comienza.

ENSAYOS LACANIANOS (de Oscar Massota), por Edgardo Scott

ENSAYOS LACANIANOS
de Oscar Massota
Eterna Cadencia, 2011
por Edgardo Scott




¿Qué representa hoy Oscar Masotta? ¿Cuál es el valor y el alcance de su obra para el psicoanálisis argentino? Son preguntas demasiado ambiciosas, pero también puede que sean las únicas preguntas válidas para encarar (o no) el lugar de los textos, y de la figura de Masotta en el escenario actual del psicoanálisis, y sobre todo del lacanismo.

La editorial Eterna cadencia ha venido reponiendo en los últimos años, en forma ordenada y con inmejorables prologuistas y ediciones, los libros fundamentales de Masotta. En Ensayos lacanianos tenemos así un conjunto de textos que muestran al Masotta siempre didáctico, al Masotta que, incansable, iba transmitiendo en charlas, conferencias, seminarios, las principales ideas de Jacques Lacan.

12 textos, 12 ensayos siempre con forma de clase componen el libro. Se destacan el ya mítico “Jacques Lacan o el inconciente en los fundamentos de la filosofía”, “Consideraciones sobre el padre en El hombre de las ratas”, y sobre todo, por su vigencia, “Aporte lacaniano al estudio del lenguaje y su patología”.

Hoy, tal vez la importancia de Masotta radique no tanto en haber sido el introductor de Lacan en Argentina; de hecho, sería una ingenuidad verlo así (quién puede arrogarse ese título, quién es entonces el introductor de Foucault, de Marx, de Sartre… las grandes teorías, tarde o temprano, acaban por llegar a donde deban llegar). Masotta, en cambio, encarna las aristas que el psicoanálisis, a partir de Lacan, retoma. De este modo, el hecho de que Masotta no sea médico (ni psiquiatra, ni pediatra, ni neurólogo), que tampoco sea psicólogo, ni psicólogo social, sino que llegue al psicoanálisis desde la filosofía y la literatura, hace que, como dice el dicho, se produzca el encuentro entre el hambre y las ganas de comer. Los principales seguidores y lectores de Lacan, al igual que Masotta, no vinieron de la psicología o la medicina, sino de la filosofía (Deleuze, Foucault, Agamben, etc.), la política (Althusser, Badiou, Zizek, etc.) y la literatura (Robbe-Grillet, Saer, Barthes, Gusmán, etc.).

En el final del prólogo de Marcelo Izaguirre se pueden encontrar dos hechos significativos, que aún hoy siguen estando en tensión en el campo psicoanalítico argentino. Por un lado, cuando señala el ingreso del psicoanálisis en la UBA en el año ´86 -y por ende en la institución universitaria-. Izaguirre evoca sin nombrar a Diana Rabinovich, como titular histórica de la materia Escuela Francesa (Rabinovich sería a Psicología lo que la figura de Beatriz Sarlo es a Letras). Quiero pensar que cualquier egresado como yo de ese plan de estudios, que estudió esa materia, que tuvo a Rabinovich como docente, sabe que si Masotta representa el lacanismo desatado (pero no opuesto) de la universidad, Rabinovich representa un lacanismo devenido universitario. Devenido material de post-grados y maestrías y más post-grados. Algo que, por cierto, está casi en las antípodas del “programa” psicoanalítico de Lacan, ligado, podemos afirmar hoy, no a otra cosa que a la experiencia en toda su complejidad y sencillez. Es justamente esa sencillez y claridad, la que encuentra y destaca Izaguirre en el estilo de transmisión de Masotta. Es esa sencillez y claridad, esa posición abierta, atenta, receptiva de otros discursos y saberes, tan propia del psicoanálisis lacaniano, la que hacen que Masotta continúe siendo reeditado y leído. Y en cierto modo, escuchado.

“Introducido Lacan, no será inmediatamente entendido. Las introducciones sólo acercan el pensamiento en cuestión, bajo condición de complicar ese acercamiento.”, dictó Masotta en Ensayos lacanianos, hace más de treinta años. Treinta años después aún siguen los malentendidos y las escisiones. Pero también treinta años después, la subversión de la teoría y praxis lacaniana que Masotta supo difundir y enriquecer, siguen ocupando un lugar imprescindible a la hora de pensar la subjetividad, la ética, y la política.

RABIA (de Sergio Bizzio), por Silvia Renee Arias

RABIA
de Sergio Bizzio
Debolsillo,2008
por Silvia Renee Arias


Tal vez uno de los mayores méritos de la interesante y premiada obra del novelista, guionista y director de cine Sergio Bizzio (Ramallo, Buenos Aires, 1956) radique en que sus llamadas “delirantes historias” no conceden sin embargo nada a lo que no sea la más estricta lógica. A ver si queda claro: en el caso de que alguien decida ocultarse en la mansarda de una mansión –habitada-, es decir que se confine al ocultamiento a riesgo de, entre otras cosas, morir de hambre, puede resultar, por lo menos, curioso. Pero si ese hombre (José María, a quien todos llaman María, cuarenta años, obrero de la construcción, elástico, fatalmente enamorado de Rosa, mucama en la mansión de los Blinder) ha cometido un asesinato, su recurso ya no tiene nada de extraño, todo lo contrario: se transforma en la primordial y única manera de evitar ir a la cárcel y, sobre todo, pero como una consecuencia no planeada, permanecer cerca del objeto de su amor.

Ahora bien, es en este punto, o a partir de él, mejor dicho, que se desencadena y comienza a fluir la inagotable imaginación de Sergio Bizzio con una destreza reservada a los mejores narradores de nuestro continente. Claro que no lo estamos descubriendo en esta reseña (Bizzio ha escrito obras de teatro en colaboración con Daniel Guebel, y, entre otras, las novelas El divino convertible, Son del Africa, Más allá del bien y lentamente, Planet, En esa época, que fuera Premio Emecé en 2001, y Era el cielo), pero en todo caso por qué no afirmarlo una vez más. Y si bien asoman algunos tópicos que podrían considerarse forzados (pero qué obra de ficción no se vale de ellos), artificios que es mejor dejar a la consideración de los lectores, en Rabia todo el mecanismo funciona con una perfecta coherencia interna, a la vez conmovedoramente tierna, donde la tensión y el suspense se mantienen hasta la última de sus poderosas 222 páginas, no porque acercándose al final uno no tenga claro qué va a pasar, sino porque necesariamente se pregunta cómo va a suceder.

Y entre las muchas y sorprendentes aristas por las que transita la narración, que se convierte también, en definitiva, en una de las más notables historias de amor que se hayan escrito hasta hoy, no es menor el hecho de que el sujeto en cuestión termine convirtiéndose en un inteligente vengador. Oculto, por supuesto. Tierno, hay que decirlo una vez más, y sensible en su lógica de reparar a su modo la realidad destruida, para crear otra, autosuficiente, justiciera, donde todo está permitido en nombre del amor y donde diferentes clases sociales tejen sus propias diferencias de la única manera que le es dado construir a la Literatura, con mayúsculas, la que nos muestra y no juzga, la que nos interpela y “nos hace saber”, la que plantea una realidad a partir de la cual esa misma realidad se torna una verdad irrevocable. Porque como bien apuntó en su momento el siempre recordado Fogwill, Rabia -Premio Internacional de Novela a la Diversidad 2004, otorgado en España- “es de una originalidad poco frecuente, una de las mejores y más verdaderas novelas de la última década”.

LA SED (de Hernán Arias), por Damián Lorenzo

LA SED
de Hernán Arias
Entropía, 2011
por Damián Lorenzo



La sed, de Hernán Arias, es una novela de fácil lectura pero que en su sencillez esconde una estructura precisa. Escrita en párrafos extensos, las oraciones son más bien breves; el lenguaje no es rebuscado, pero a medida que se va leyendo, la información que recibimos es mucha y en diferentes niveles. Propio de las narraciones que tocan la mitología de la infancia y las tierras del recuerdo, (pienso en Cuenta conmigo, la nouvelle de Stephen King, El oso de Faulkner), cuando estas están bien logradas, siempre, pero siempre, hay algo más que descubrir detrás de las simples palabras.

Su autor, Hernán Arias, nació en San Francisco, Córdoba, y la tentación del lector es de enmarcar eta novela en una especie de biografía infantil, o de típica novela de formación del autor. El narrador recuerda vivencias que suceden en las afueras de un pueblo de Córdoba, en el campo: una cacería de perdices y liebres, con los varones de su familia (su padre, tio y abuelo), una suerte de iniciación en la virilidad del niño. Otra vez el tío aparece en el siguiente relato: es primavera y para hacer leña deben talar un árbol en medio de un monte y arrastrarlo hasta el hogar. También hay otro recuerdo con una carrera de caballos, alcohol y dinero en juego, una equívoca situación con su tío y una amiga de este, y una tormenta que se aproxima y un asado enorme, con festejo de por medio. La enfermedad de su abuela y la mudanza del primo a Córdoba capital.

Como se verá, los temas parecen meramente costumbristas, no prometen mucha acción ni emoción, sin embargo, y como ya se dijo, La sed es un libro para leer entre líneas, para leer en forma minimalista (ojo, no es “literatura minimalista”), al detalle, recoger las pistas que nos deja el autor y con eso resignificar lo leído. La sed está escrita en base a una escritura “artesanal” en su más precisa acepción, algo que en tiempos de literaturas blogger, autoreferenciales/aburridas y policiales berretas, es una luz en el camino.

LA INGRATITUD (de Matilde Sanchez), por Federico Rodriguez

LA INGRATITUD
de Matilde Sanchez
Mardulce 2011
por Federico Rodriguez



La ingratitud fue publicada por primera vez en 1992, primera novela de su autora, Matilde Sanchez, y reeditada en 2011 por la editorial Mardulce. Esa primera novela sorprendió por su madurez y su solidez al ambiente literario, y su reedición y por consiguiente nueva lectura permite una reflexión sobre el paso del tiempo en la literatura y sobre la vigencia de una novela que muchos calificaron de “perfecta”.

Pero, ¿de qué trata La Ingratitud? Se centra en una argentina que se autoexilia en Berlín (existía el Muro en ese entonces) y relata, desde Alemania, las sensaciones que va experimentando en ese viaje. La protagonista busca el bienestar en su soledad, que se ve interrumpida por cartas (no existían los mails) y llamados de su padre, desde Buenos Aires.

Sin embargo, llega un momento en que el padre muere, dejándola como heredera de una magra herencia. (bienes que, a pesar de todo, le resultan muy significativos). Pero el padre le deja más que una herencia, le deja un problema: para poder tomar posesión de esos bienes, ella debe regresar a la Argentina y encargarse de ese ambiguo pedido. (Ambiguo porque no se sabe hasta qué punto es una bendición o una maldición.)

La misma autora cuenta, en el prólogo de esta nueva edición, que se propuso escribir una obra a partir de un viaje a Berlín, influida por Thomas Bernhard, Peter Handke, Maurice Blanchot, Walter Benjamin y Nietzsche. En la novela se pueden percibir ciertos ecos de estos autores (más allá de un momento de la novela donde la protagonista visita la tumba de Nietzsche), lo cual la jerarquiza.

Desde Berlín Occidental, preanunciando el fin de una época que se acababa inexorablemente, la protagonista de la novela navega y naufraga entre amigos del momento, la propia ciudad, la relación epistolar con su padre y su patria. La tirantez entre el lado de allá y el lado de acá nos da una nueva mirada sobre el exilio y la distancia.

EL CRÁNEO DE MISS SIDDAL (de Augusto Munaro), por Damián Lorenzo

EL CRÁNEO DE MISS SIDDAL
de Augusto Munaro
Pánico el pánico, 2011
por Damián Lorenzo



El Cráneo de Miss Siddal es una nouvelle particular por varias razones: Lo primero que salta a la vista es su lenguaje, anacrónico, un tanto barroco, donde hay tuteo, y donde no se sabe si estamos ante una parodia o una particular forma de narrar.

Todo comienza en una reunión semanal que llevan adelante siete singulares personajes, desopilantes, en la cual terminan definiendo que la literatura argentina no tiene musa, ha muerto. Algunos de ellos (entre ellos Matías Fast, con descendencia Anglosajona, habitante de Hurlingham, estudioso de la medicina y literato) identifican a esta última musa con Elizabeth Eleanor Siddal, modelo de Gabriel Rossetti, pintor prerrafaelista. Miss Siddal, además de modelo de Rossetti, inspiró un libro de sonetos que Rossetti le dedicó.

Miss Siddal murió por una sobredosis de opio al poco tiempo de casarse con Rossetti. Hasta aquí la historia pura y real de Miss Siddal y Rossetti. El delirio de los personajes de Munaro vuelven a entrar en escena a partir de este punto: llegan a la conclusión de que necesitan alguna pertenencia de esa musa muerta para lograr obtener su “magia” por ósmosis. Por lo tanto, deciden obtener su cráneo para lograrlo. Y las teorías alocadas continúan, dado que Fast es acusado de extranjerizante y que varios de los presentes sostienen que la última musa de la literatura argentina fue en realidad un objeto: la pipa que Marechal usó para escribir Adán Buenosayres.

Imperdible el capítulo del Diario de Miss Siddal, donde Munaro nos hace oír la voz de esta última musa y nos rebela más sobre ella.

Boedo y Florida, Marechal, Macedonio Fernández, los pintores de la época de Rossetti sobrevuelan toda la nouvelle de Munaro y las reflexiones y opiniones que estos desatan son indistintamente inteligentes y graciosas.

El único obstáculo que puede presentar esta nouvelle es que el lector debe aceptar su particular forma de estar escrita y debe entregarse sin temor a la narrativa de este joven autor, una rareza en su forma entre lo que se está publicando.

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