EL ORIGEN DEL NARRADOR (Actas completas de los juicios a Baudelaire y a Flaubert), por Edgardo Scott

EL ORIGEN DEL NARRADOR

Actas completas de los juicios a Baudelaire y a Flaubert

Mardulce, 2011

por Edgardo Scott



La publicación de El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire es, aún hoy –tal vez sobre todo hoy- de sumo interés. Ese hecho puede deberse no sólo al interés que despiertan de inmediato estos dos clásicos, sino también al hecho de que el tema del libro sea la censura, o la voluntad de censura. En el libro podemos seguir de qué manera esa operatoria funcionaba en la Francia del Segundo Imperio, de qué manera repercutía en los textos y en los autores; pero también, y a la luz de los años, de qué manera esa censura, mudando de piel, calladamente, puede reaparecer o escabullirse hoy entre nuestros libros.

Encarnada en la figura de un verdadero personaje inolvidable -uno de esos malvados de cuentos infantiles, el fiscal Pinard- la censura aparece en el alegato como una voluntad de silenciamiento y negación. De esta forma, mediante el recorte y la supresión de fragmentos -incluso giros o frases que pudieran trastornar los ideales morales y religiosos de la época- el fiscal vigila y pretende neutralizar la potencia estética de estas obras de ruptura, primero, de Madame Bovary y en seguida, de Las flores del mal. El resultado de los procesos es previsible; el derecho, la justicia francesa de entonces, actúa de manera “salomónica”: absuelve a Flaubert y condena –en 300 francos- a Baudelaire y sus editores. (Hay que decir que el abogado defensor de Flaubert es admirable, y el de Baudelaire, en cambio, uno lo percibe más denso, menos lúcido y ágil para persuadir a la corte)

Como acierta en el prólogo Damián Tabarovsky, los argumentos del fiscal y de los abogados defensores son textos de crítica literaria de primer nivel. Hasta podría decirse que representan el ideal de la crítica literaria, ya que los argumentos críticos son llamados a intervenir, porque una obra de ficción ha conmovido e interpelado, ha puesto en jaque nada menos que al discurso instituido. Si el dicho popular dice: la realidad supera a la ficción, en El origen del narrador, asistimos a su excepcional eclipse: cuando la ficción supera la realidad, cuando la pincha y le barre los fantasmas que la soportan.

Pero leer este libro mirando nada más que hacia el pasado, sorprendidos y aliviados de que eso que pasaba ya no nos pase, sería minimizar el efecto de aquel episodio, y sobre todo volver museos las escrituras vivas de Flaubert y Baudelaire. Tal vez entonces sea preferible hacer el intento de pensar en cómo, a falta de fiscales malvados, la censura opera hoy entre nosotros, frente a la publicación, recepción y circulación de un texto de ficción.

Nuestra condición de época, en cualquiera de sus variantes, es el mercado. El poder que nos atraviesa hoy lleva esa piel. Nuestra oposición entonces será entre soltar un libro a la galaxia negra del mercado, o que pueda dar con su lector. No creo que haya menos lectores lúcidos en nuestra época que mojigatos en tiempos de Flaubert o Baudelaire. El mercado hoy es nuestra moral, como lo era la religión en otro tiempo. Pero el mercado también es -como la religión, o como casi todo- un efecto de discurso. De esta forma, la cuestión entonces siempre pasaría por subvertir ese discurso, por desengancharse o adulterar ciertas trampas, nichos y guardias, que nuestro régimen tiene listo, para engullir la propuesta enigmática y liberadora que un buen escritor suele arrojar al mundo. La empresa no es fácil ni difícil. Es singular, libro por libro, autor por autor. No parece menos fácil ni difícil que encontrar, como Flaubert o Baudelaire la forma de publicar una excelente novela por entregas o un magnífico libro de versos en la mitad del siglo XIX. Escribir, publicar, y pagar el precio que corresponda; el precio siempre invariable de la incomprensión, y aquella vez, aparte, un par de abogados y algunos francos. Pero hoy, ¿cuál es ese precio? Intuyo que si el mercado es una máquina de catálogo, de clasificación, de fijación de precio, y de logística de la mercancía, la estrategia deberá venir por descatalogar, desclasificar, relativizar el precio, y que el libro y el autor acechen ahí donde no se lo espere.

Volviendo al libro. La publicación incluye algunas cartas entre Flaubert y Baudelaire, en las que el autor de Madame Bovary alienta a su colega y amigo para que soporte ese mal trago. Y también incluye la lúcida y elogiosa crítica de Baudelaire sobre Madame Bovary. En El origen del narrador, se aprecia la fascinación antigua y vigente por dos obras impares, y por dos autores impares. Y también se nos recuerda, que ningún tiempo, ofrece nada gratis para la verdadera literatura.

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