SÁBADO (I.McEwan) por Diego Mytilene- CECA

SÁBADO (Alfaguara, 2005)
de Ian McEwan
por Diego Mytilente
CECA

A finales del año pasado, alguien, a quien no puedo recordar o no quiero, me recomendó la lectura de tres rutilantes novedades editoriales: Sábado de Ian McEwan, Perro Callejero de Martin Amis y Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro. Hoy tengo la lamentable tarea de comentar el primero.

Ya bien sabemos que Europa, desde hace mucho tiempo, vive, entre otras cosas, de vileza semejante: Los restos de una Latinoamérica arruinada hasta en su fibra más íntima, y lo que hoy queda de ella (no sus recursos naturales o humanos, sino su mercado), mantiene con holgura la vagancia y el despilfarro de esa burguesía adormecida en su cómodo desarrollo y bienestar. La culpa que en algún momento genera semejante desvergüenza, digerida y suavizada por la pincelada fermentada de sus letras, llega a su máxima expresión con engendros literarios como Sábado;novela aplaudida por el torpe mundillo literario y cultural de los sudacas (constituido en su mayor parte del nutrido grupo de burgueses de segunda que sueña con Europa o cree en el progreso del mundo simplemente porque hoy hay internet).

Es que el vicio del mercado o lo que un Benjamin de prostíbulo llamó Reclame, aquella que ignoró la obra de Joyce por veinte años, sumada a la ya nombrada vulgaridad del culto literato argentino (ese que camina por la calle con el libro entre los dedos para que se note la carátula), hace que las migajas más bastardas del arte parezcan una realización mayor dentro del truculento tráfico internacional de la cultura. Pero la realidad que, en esencia, poco tiene que ver con la «sacrosanta» verdad (hecho que empeora en una sociedad capitalista), es que McEwan se vale de recetas vacías e inconsistentes. Categorías penosamente establecidas como la vulgaridad, la lástima, la culpa, la miseria y la estupidez, son la realizada asonada de un talento sumamente mediocre que parece recetarnos, con su “arte de compromiso”, un mea culpa emoliente y digestivo.

En medio de nuestra realidad, en la que uno vuelve diariamente a los suburbios pasando por parte de lo peor de Buenos Aires, el médico contrito de Sabado es una imagen inocua y desagradable. Sabemos que está de moda la teoría literaria de esta barrunta de ingleses que de vez en cuando pisa Latinoamérica para sacarle a todos los desprevenidos de turno lo que hace tiempo ya no tienen: eso que alguna vez quiso ser su dignidad. El médico protagonista y su esmero por no aparentar la riqueza que posee, su culpa sancochada con la satisfacción del «Mercedes» bien ganado, hace tiempo que ya no nos conmueve: atorrantes de este tipo ya ni siquiera nos importan, así como tampoco lo hace la ideología subyacente y disfrazada de la novela. Es que, como bien diría el amargado Adorno, aunque se use el manido ardid de la ironía, la descripción de lo real por lo real hace tiempo que carece de sentido, si es que alguna vez lo tuvo. La gente de Los Asesinos Tímidos me pide cierta extensión, cierta digresión sobre este libro, pero con cierto material a menos que uno sea coprófago o un patólogo, sólo queda la tarea de nombrarlo, señalarlo, y en último caso, agarrar la pala y tirarlo a la basura. Otra cosa sería un verdadero insulto a la personalidad.

Sábado es insalvable, y ni la simpatía ni las fotos de su autor bebiendo un whisky en el sofá podrán restituirle todo aquello que se perdió en la sombra de la ausencia cierta de talento.

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