GINZBURG- FERRANTE, LA DUPLA FULMINANTE , por Patricia Lovine

GINZBURG- FERRANTE, LA DUPLA FULMINANTE 

por Patricia Iovine

 


Conocí a Natalia Ginzburg casi al mismo tiempo que a Elena Ferrante, hace apenas seis años. No debería ser en sí algo sorprendente  -las dos son italianas y yo adoro la literatura italiana-, excepto por lo tardío de mi descubrimiento y por el hecho de que la primera de las nombradas falleció en 1991 y llevaba una vasta trayectoria en el mundo de las letras que yo desconocía, mientras que a la segunda le faltaría todavía un año  para publicar El amor molesto (1992), novela con la que se consagró casi inmediatamente. Además de las cronológicas, otra de las razones que diferencian a ambas escritoras es que mientras que Natalia Ginzburg hizo de la escritura y la política su forma de mirar el mundo (fue, junto a su primer marido, León Ginzburg, una audaz activista antifascista y llegó a ser diputada independiente de izquierda en 1983), a Elena Ferrante, la conocemos por su seudónimo ya que sólo sus editores saben la verdadera identidad porque eligió el anonimato como su manera de estar en el ambiente literario: Ferrante es, aún hoy, “la escritora sin rostro”. Pero las coincidencias comienzan más temprano que tarde: Fue Natalia Ginzburg quien impulsó como editora los primeros textos de su coetánea Elsa Morante, la célebre romana por quien Elena Ferrante confiesa una gran admiración y fuente de inspiración.

¿Qué es entonces -más allá de ese dato- lo que me lleva a asociarlas cuando pienso en ellas o las leo? Supongo que la matriz temática de la que están hechas sus obras. Cuando Natalia Ginzburg publicó su primera novela, La calle que va a la ciudad, en 1941, un par de años antes del nacimiento de Elena Ferrante, dijo que quería que cada frase fuera como una cachetada y así surgió esa nouvelle neorrealista, hecha de frases breves, fulminantes, sin ornamento alguno. En el prólogo de A propósito de las mujeres, Ginzburg dice que había revisado sus relatos anteriores y veía hermosas frases muy estudiadas y bien construidas pero que ahora ya no quería escribir así. El resultado es esa prosa demorada, una historia cuyo conflicto ya está instalado antes de la primera línea: Delia, su protagonista, es una jovencita de suburbio cuya única meta es escapar de la miseria familiar que la avergüenza y lo hace cada día recorriendo el espacio que separa su casa de la ciudad donde cree que encontrará, como su hermana, un año mayor, la felicidad.

Elena Ferrante dice que la primera vez que tuvo la impresión de haber escrito como quería fue con El amor molesto, que antes de esa novela sólo había una colección de páginas trabajadas con obsesión, seguramente verosímiles, con una verdad confeccionada a la medida de los relatos más o menos bien hechos sobre Nápoles, la periferia, la miseria, los varones celosos, pero “el golpe” llegó cuando la escritura adquirió el tono adecuado, lo advirtió desde el primer párrafo y se desplegó una historia que hasta ese momento nunca había intentado: una historia de amor por la madre, un amor íntimo, carnal, mezclado con una repulsión igual de carnal. “Decidí publicar El amor molesto no tanto por lo que contaba y que todavía me incomodaba y me asustaba, sino porque por primera vez me pareció que podía decir: es así como quiero escribir”, explicó Ferrante en el capítulo “Mujeres que escriben” de La frantumaglia (Lumen, 2003).

 “Frantumaglia” es un acervo de cosas, una palabra heredada de su madre que aglutina a todo lo que Elena Ferrante recurre cuando construye historias, fragmentos de memorias y lugares. Para Natalia Ginzburg ese léxico familiar también es lo cotidiano, un regodeo del detalle, el refugio de la casa familiar. “Un retrato político desde el retrato íntimo, porque todo lo que nos marca sucede en el hogar y es lo cotidiano lo que nos explica”, como subraya Elena Medel en su prólogo a Lessico famigliare.

En suma, poner en palabras la verdad de un gesto sin domesticarlo, partir de la casa como un espacio universal en cuanto que todo lo que ocurre en ella iguala a unos y a otros, hurgar en las relaciones sentimentales y/o familiares como origen del caos. Y en ese centro la figura de las mujeres, eternas protagonistas de todos los relatos. 

 “Las mujeres piensan de una forma febril y amarga que los hombres desconocen”, contaba Ginzburg en una entrevista, y hacía referencia a la maternidad y “esa sensación de no poder disponer de la propia vida”. Fue su amigo Césare Pavese quien le pidió en una carta que dejara ya de tener hijos y se pusiera a escribir un libro y así surgió La calle… como una urgente respuesta vital.

“Las mujeres –continúa Ginzburg-  tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote. Las mujeres se avergüenzan de ello a menudo y fingen que no tienen problemas, que son enérgicas y libres y caminan con paso firme por las calles con grandes sombreros y bonitos vestidos y los labios pintados y un aire resuelto y altivo, pero nunca me he encontrado con una mujer en quien no haya descubierto al poco rato algo doloroso y lamentable que no he visto en los hombres, un peligro continuo de caer en un gran pozo oscuro, algo que proviene del temperamento femenino y tal vez de una secular tradición de sometimiento y esclavitud, que no será nada fácil vencer”.

A Elena Ferrante le suelen preguntar por qué sus personajes son siempre mujeres y por qué además mujeres que sufren, pero ella desestima esa mirada y dice algo muy parecido a lo que Natalia Ginzburg desarrolló tantas veces. Cuenta que siempre quiso escribir sobre la vida de dos amigas a lo largo del tiempo y que esos personajes trataran de romper con la tradición de madres y abuelas –algo que se ve muy especialmente en su celebradísima tetralogía Dos amigas-, pero que nunca lo logran. “La diferencia está en que ellas no los sufren con pasividad –se refiere a los fantasmas de sus ancestros-, sino que luchan y salen adelante”. 

“Dos mujeres se entienden muy bien cuando se ponen a hablar del pozo oscuro e intercambian impresiones sobre esos pozos y sobre la absoluta incapacidad que sienten entonces de comunicarse con los demás y de hacer algo serio, y sobre los forcejeos para mantenerse a flote”, reflexionaba Ginzburg en –otra vez- el larguísimo prólogo de A propósito de las mujeres.  Esa mirada tan sin artificios que aparece en las vidas de la Lila y la Elena de Dos amigas ya se había esbozado sutilmente muchos años antes en el relato Los zapatos rotos, del precioso volumen que reúne textos de diferentes épocas de Ginzburg, Las pequeñas virtudes. Hay allí también dos amigas, una de ellas es la propia Natalia, que viven juntas por unos meses en la Italia a punto de la liberación, la de 1945; ambas tienen sus únicos zapatos rotos: “Yo llevo rotos los zapatos y la amiga con la que vivo en este momento también lleva rotos los zapatos. Si le hablo del tiempo en que yo seré una vieja escritora famosa, ella inmediatamente me pregunta: ¿Qué zapatos llevarás? Entonces yo le digo que llevaré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un lado”.

Con un estilo siempre directo, simple, coloquial, despojado, áspero, a menudo devastador, Natalia y Elena nunca llegaron a cruzarse, la primera atravesó el siglo XX como activista política, escritora y editora; la segunda, en pleno siglo XXI, desde un resuelto anonimato tal vez algo marketinero, pero ambas, declaradas admiradoras de Chejov,  trazaron perfiles precisos de la mujer italiana contemporánea.

 

 

ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: IRENE GRACIA

IRENE GRACIA

A- Se suele menospreciar a la literatura de terror, se la toma como a una literatura menor, de segundo orden. Ante todo, ¿se considera autor de género? ¿Y qué opina al respecto de ese menosprecio?

No soy un autor de género, ni lo seré, huyo de las etiquetas porque te limitan creativamente. En mis novelas se combinan los elementos íntimos con los fantásticos, como en mi vida.

En realidad, la calidad de una obra es lo único que me interesa y valoro, no hago ninguna otra diferencia.

En mi caso, en todas mis novelas aparecen mis sueños reales, incluso alguna novela se basa en un sueño, o una pesadilla. Para mí, las novelas que se han basado en mis sueños son autobiográficas y realistas, porque mis sueños forman parte de mi vida real, y estoy tan viva dormida como despierta.

Mis experiencias oníricas son tan reales como las de la vigilía. Siento que la frontera entre mi vida onírica y la vida de mi vigilía es la misma línea que separa el día y la noche.

Es cierto que existen prejuicios contra la calificada literatura de género. Por ejemplo, hay autores excelentes como J. G. Ballard, que no gozan del merecido prestigio que se merecen porque sus historias plantean distopías y temáticas de ciencia ficción.

Pero la Historia de la Literatura no es precisamente la historia de la Justicia, sino que es un reflejo de la historia en general: Hay autores prestigiosos que están muy sobrevalorados, y viceversa.

B- ¿Qué autores o artistas fueron y son sus influencias para su escritura? ¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

Citaré las primeras lecturas que me influyeron de forma definitiva. En la biblioteca de la casa paterna había un volumen con las obras completas de Oscar Wilde. A los nueve años de edad leí todos sus cuentos, y me gustaron tanto que seguí leyendo el libro. Recuerdo mi precoz fascinación por El retrato de Dorian Gray y El crimen de Lord Arthur Savile.

En la infancia también leí todos los libros sobre mitología clásica griega que encontré en casa. Los mitos griegos y cristianos me han marcado por igual. Fui a un colegio de monjas, y aunque me declaro agnóstica, algunas lecturas de la Biblia me siguen apasionando. Ambas mitologías se reflejan en mi novela: El beso del ángel.

Estas primeras lecturas las alterné con los cuentos de Grimm, Andersen, Perrault, Lewis Carroll… O E.T.A. Hoffmann, que se convirtió en el protagonista de mi penúltima novela: Ondina o la ira del fuego.

En la adolescencia descubrí a Poe y a Borges, que volvieron a transportarme al otro lado del espejo. Alternaba el miedo que me provocaban las lecturas de Frankenstein, o Dracula, con las lecturas vibrantes de los autores de la Generación Beat, que siguen latiendo con intensidad en mi corazón.

En la primera juventud me deslumbraron y apasionaron los inalcanzables escritores rusos, cuya influencia late en mi última novela: Las amantes boreales.

C- ¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género de terror hoy en día? ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

Diferentes lectores me han confesado que sintieron miedo leyendo Mordake o la condición infame, El coleccionista de almas perdidas, Anoche anduve sobre las aguas… Pero no considero que sean novelas de terror, aunque para mí es esencial mantener el misterio en todas mis historias. Creo que trasmitir miedo es tan importante como comunicar otras emociones: amor, repulsión, ira, gozo….

Necesitaría escribir un artículo para poder responder lo que será o desearía que fuese la literatura del futuro. En mi caso, es un viaje personal, la búsqueda de una inalcanzable perfección a través del arte o la literatura.

Si miro al pasado citaré Otra vuelta de tuerca de Henry James como referencia del perfecto equilibrio y fusión de literatura realista y fantástica.

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LOVECRAFT. CONTRA EL MUNDO, CONTRA LA VIDA (de Michele Houellebecq), por Diego Gentile

LOVECRAFT. CONTRA EL MUNDO, CONTRA LA VIDA
de Michel Houellebecq
Anagrama, 2021
por Diego Gentile

Lovecraft, contra el buen gusto, contra la literatura.


Lovecraft fue, según el gusto de quien lo lea, un genio visionario o uno de los escritores más ridículos de todos los tiempos, con una debilidad fatal por acumular adjetivos como “horrible” e “indescriptible”. El horror cósmico fue la base de partida de su obra, y además inventó una mitología única compuesta por los indescriptiblemente antiguos “Primordiales”(o también traducidos como “Antiguos”) Entre ellos, tenemos al gran Cthulhu, un ser horripilante, con cara de tentáculo, alas de murciélago, enormes dimensiones, que acecha bajo los océanos más profundos y más allá de las estrellas más lejanas, que está solo y espera. Muchos críticos destacaron la escasa calidad literaria de sus trabajos, entre ellos, el crítico estadounidense Edmund Wilson, que escribió que el único horror real en la obra de Lovecraft era el "horror del mal gusto y del mal arte".

Otros lectores calificaron a Lovecraft con más generosidad, entre ellos Borges, Stephen King y Joyce Carol Oates, pero nunca la obra del norteamericano tuvo una defensa como la de Michel Houellebecq, hoy por hoy, de los novelistas contemporáneos de más renombre. Para Houellebecq, Lovecraft es uno de los escritores más importantes del siglo XX. 

Para Houellebecq, los relatos de Lovecraft son magníficos y vibran como encantados. Incluso elogia a Lovecraft como estilista. Una movida audaz, teniendo en cuenta que Houellebecq tiene el inglés como segundo idioma (de hecho, dijo en varias entrevistas que se mudó a Irlanda durante un tiempo para escapar de los impuestos y para hablar en inglés). Houellebecq sostiene que el estilo de Lovecraft es fantásticamente ampuloso, y además está impregnado de un retorcida retórica, ligada a sus delirios de ser un caballero del siglo XVIII.

Otra idea que se desprende del ensayo de Houellebecq, es que una de las cosas que hace a Lovecraft tan distintivo es el horror que encuentra en la idea de un tiempo y un espacio infinitamente profundos y el conocimiento de un universo monstruosamente indiferente ajeno a nuestro pequeño mundo de valores humanistas.

Tal vez el mayor mérito del libro de Houellebecq sea es de poner sobre la mesa un tema que nunca se trabajó tan acertadamente: A pesar de los tentáculos, las alas de murciélago y la muerte que puede perecer con el paso de los eones (?), el verdadero lado oscuro de Lovecraft es su odio étnico. Asombra la intensidad del mismo en las citas que hace Houellebecq de su correspondencia, demostrando que no son  interpretaciones ni sospechas infundadas, sino un pensamiento intrínseco a la visión de Lovecraft. Como dato de color, se puede pensar, a partir de algunos de los propios trabajos de Houellebecq, que ese racismo es evidentemente algo con lo que tranquilamente puede empatizar.

Volviendo a Lovecraft, el libro nos muestra como este criado en un ambiente conservador de Nueva Inglaterra, nunca se recuperó del impacto de su época de pobreza en las calles de Nueva York y lo dejó con la convicción de que, a la larga, las "personas sensibles" serían pisoteadas por "chimpancés grasientos" (inmigrantes y personas de estratos sociales inferiores al suyo).

Este es el subtexto humano de la cosmología pesimista de Lovecraft, donde la cordura y la civilización están condenadas a verse abrumadas por malignidades innombrables. Los Antiguos (como Shub-Niggurath 'la cabra negra con mil crías', Nyarlathotep 'el caos reptante', el dios idiota Azathoth y, por supuesto, el propio Cthulhu, durmiendo en la ciudad sumergida de R'lyeh), son supuestamente adorados por gente 'primitiva' en forma secreta en todo el mundo, así como el horror cósmico de Lovecraft es inseparable de sus sentimientos sobre el declive de Occidente.

La soberbia discusión de Houellebecq sobre Lovecraft ofrece una profunda comprensión de lo que impulsa su propia escritura, así como de las tendencias reaccionarias del género de terror: sostiene que los escritores de terror son en general reaccionarios porque son en forma particular y profesional conscientes de la existencia del mal.

La reedición de este excelente ensayo, así como incontables trabajos basados en la obra de Lovecraft, parece indicar que este revival llegó para quedarse. Curiosamente, la mitología inventada por Lovecraft, que siempre insistió en declarar que era ficticia (era un materialista convencido) ahora es seguida como una nueva religión por un gran número de ocultistas, incluso ofreciendo una alternativa moderna al satanismo. Con esta cuestión de la religión y el hecho de que los Antiguos están disponibles en juguetes, tatuajes y hasta en peluches (hay 'Plush Cthulhu' y cosas por el estilo), no puede evitarse sentir que la visión de Lovecraft se subvirtió y diluyó.

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COSAS PEQUEÑAS COMO ESAS (de Claire Keegan), por Cecilia Espinosa

COSAS PEQUEÑAS COMO ESAS
de Claire Keegan
Eterna Cadencia, 2021
por Cecilia Espinosa



Claire Keegan fue editada en argentina en 2008, por el sello Eterna Cadencia. Se trataba del excelente Recorre los campos azules, un libro de cuentos que recibió las mejores críticas. En 2009 se tradujo otro libro de cuentos, Antártida y en el 2011 la nouvelle Tres luces. Luego de diez años de silencio, llega la nouvelle Cosas pequeñas como esas, también editada por Eterna Cadencia.

Comenzando por el final del libro, se lee una nota que recuerda a los lectores cómo se estima que 10,000 niñas y mujeres fueron encarceladas y obligadas a trabajar en las lavanderías Magdalene, dirigidas por la Iglesia Católica en connivencia con el Estado irlandés. Nadie sabe cuántos bebés murieron en estas lavanderías y hogares, o cuántos fueron adoptados, porque la mayoría de los registros fueron destruidos o son inaccesibles.

La autora toma este controvertido hecho de la historia de Irlanda como eje central, reflexionando sobre cómo se trató en Irlanda a las chicas que "se metieron en problemas". De hecho, el libro está dedicado a las mujeres y niños que padecieron en las lavanderías de Magdalene.

Pero Cosas pequeñas como esas es, ante todo, una historia más que un artículo de denuncia o una polémica. El poder del libro radica en su simplicidad: se lo puede leer como una fábula, entrelazada con referencias a la natividad.

El escenario es una pequeña ciudad de Irlanda, escenario que Keegan conoce bien y que suele utilizar para ubicar geográficamente sus ficciones. Es invierno de 1985, el río luce oscuro y lleno de lluvia, los niños se suben las capuchas antes de salir de la casa para ir a la escuela y  las madres apenas se atreven a tender la ropa.

El protagonista es Bill Furlong, el comerciante de carbón y madera de la ciudad, quien a medida que se acerca la Navidad, se mantiene ocupado por demás. Entre sus clientes se incluye el convento local, "un lugar de aspecto imponente" que tiene una lavandería y una escuela de formación para niñas. En la ciudad se dice que no son estudiantes, sino mujeres de clase baja que están siendo reformadas, lavando la ropa sucia de la ciudad como penitencia. Y, de hecho, resulta ser un hogar de madres solteras.

Cuando hace la entrega en el convento, Furlong ve unas chicas asustadas limpiando el suelo. Lucen como si estuvieran encerradas, con el pelo rapado. Una de ellas le ruega que la lleve a casa con él, ofreciendo su trabajo a cambio.

Preocupado, confía eso que vio a su esposa, pero ella dice que no tiene nada que ver con ellos. "Si quieres triunfar en la vida, hay cosas que debes ignorar para poder seguir adelante", lo aconseja. Las monjas tienen poder en todos lados, y no deben ser desafiadas. Furlong sostiene que tienen tanto poder en tanto la gente se lo siga dando. Pero también es consciente de que mantenerse “en el lado correcto” es algo sensato para los negocios. Ante esta situación, el marco moral de Furlong siente la presión.

Justo antes de Navidad, Furong vuelve al convento, llega a la mañana temprano. Y vuelve a presenciar una escena que lo incomoda. Furlong no quiere lidiar con este problema, pero le resulta difícil apartar la mirada, como hacen otros. Tiene una lucha interna entre su autopreservación y el coraje. Y mientras recorre la ciudad con luces y bullicio de alegría navideña, su mente viaja hacia atrás.

Recuerda que su madre quedó embarazada a los 16 años mientras trabajaba como empleada doméstica para la Sra. Wilson, una viuda sin hijos que vivía en la casa grande en las afueras de la ciudad. Sus abuelos la repudiaron, pero la Sra. Wilson apoyó a la adolescente y le permitió conservar su trabajo y tener su bebé con ella. Había comida y refugio para ambos.

Furlong no tiene dudas: sin la Sra. Wilson, su madre podría haber terminado en un hogar para madres y bebés. ¿Y qué hay de sus propias hijas? ¿Cómo serían tratadas si quedaran embarazadas fuera del matrimonio?

Tales consideraciones resuenan en su mente, incluso cuando recuerda el consejo de su esposa. Sin embargo, Furlong se da cuenta de que a cada uno se le dan días y oportunidades que no volverán a ocurrir. ¿Tendrá el coraje de tomar una decisión al respecto?

Es ese el interrogante que tracciona Cosas pequeñas como esas y hace que, una vez más, una ficción de Claire Keegan no defraude.

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MANANTIAL (de Akwaeke Emezi), por Carolina Gómez

MANANTIAL
de Akwaeke Emezi
Chai Editora, 2021
por Carolina Gómez


Manantial, debut literario de Akwaeke Emezi en 2018, parece partir de una particular y original cuestión: cómo sobrevivir a un dios puesto dentro de un cuerpo.  La  protagonista de la novela vivencia a cada frase el arduo y a la vez luminoso viaje hacia su multitudinaria personalidad. Concebida como una respuesta a las oraciones de su padre católico, Ada es una respuesta de Ala,  una deidad Igbo, cuyas costumbres y adoración su padre prácticamente olvidó. Por lo tanto, esta novela de formación sobre un personaje cuya esencia está enraizada en la cosmología Igbo, comienza por vincular su conciencia con las fuerzas cósmicas que existían mucho antes de que ella naciera.

Ada es la segunda hija de Saul, un médico nigeriano, y su esposa malaya, Saachi, enfermera. Cuando Ada todavía es una niña, Saachi se va a trabajar al extranjero, primero a Arabia Saudita y luego al Reino Unido. Aunque visita a su familia en Nigeria una o dos veces al año, nunca más volverá a vivir en el hogar que una vez conformó con su orgulloso e impaciente esposo. A los 16 años, Ada también deja Nigeria, rumbo a Estados Unidos, donde pasa sus turbulentos años universitarios en Virginia. Mientras tanto, hay un reclamo interior por no regresar.

En este punto, es necesario aclarar que Ada es una "ogbanje", una niña espíritu que nace repetidamente de los mismos padres, burlándose de ellos y torturándolos con muchas reencarnaciones. Si bien la mayoría de los ogbanjes mueren de niños, Ada sobrevive hasta la edad adulta, luchando constantemente contra la tendencia a la auto-aniquilación.

En Virginia, Ada conoce a Malena, una niña dominicana que reconoce sus luchas internas sin descartar su experiencia como una crisis de identidad psicosocial. Esta validación externa le da algo de alivio, porque entiende que la peor parte de la encarnación es no ser vista. Si bien la vida de Ada en los EE. UU. está repleta de relaciones tanto significativas como fugaces, incluido un matrimonio de corta duración, la más intensa y trascendente es la que tiene con sus muchas personalidades. Es en la dramatización fantasmagórica de esta dinámica donde brilla la prosa surrealista de Emezi.

La novela comienza con una voz colectiva, un “Nosotros”. Presenta a Ada y traza su trayectoria desde la niñez en Nigeria hasta sus años en la universidad. Este Nosotros es la voz de todos los personajes que componen Ada. En las secciones narradas con esta técnica, la voz es poética, con un tono místico. Hay un cambio definitivo cuando Asughara, una de las personalidades de Ada, se hace cargo de la narrativa. Eso produce un cambio de punto de vista en la vida de Ada. La voz de Asughara es coloquial e íntima.

Aunque ha sido parte de Ada todo el tiempo, Asughara pasa a primer plano después de un evento traumático y declara que ya sabía que Ada era de su pertenencia. Al deleitarse con su posesión de un cuerpo humano, el hambre de Asughara por la experiencia sensual es una fuerza brutal no mediada por las preocupaciones humanas sobre las consecuencias emocionales. Ella corre a través de los encuentros sexuales con fervor hedonista, causando estragos en las relaciones de Ada.

Finalmente, una Ada frustrada decide que es hora de que Asughara se vaya. En este momento, Ada es consciente de que también hay un yo delicadamente masculino dentro de su mente, y a este yo más amable lo bautiza “San Vicente”. En uno de los capítulos más fascinantes, Ada se enfrenta a Asughara, con la intención de deshacerse de ella. Sintiéndose traicionado, Asughara interpreta esto como un intento de asesinato. San Vicente interviene y le dice a Ada: "Asughara te ama"  Y, consecuente con esa declaración, cuando Asughara empuja a Ada hacia el suicidio después de años de autolesiones, no queda claro si es una movida vengativa, o un intento de salvar a Ada y de alguna manera de aliviar su dolor psíquico.

Cuando Ada encuentra una medida de paz, no es consecuencia de eliminar a ninguna de sus personalidades, sino de aceptar que ella es como un pueblo lleno de rostros. Es una culminación apropiada para el extraordinario viaje que propone Emezi, la comprensión de Ada de que ella es irrevocablemente una amalgama de todos esas personalidades variadas e incluso divergentes.

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EL LANZADOR DE CUCHILLOS (de Steven Millhauser), por Cecilia Espinosa

EL LANZADOR DE CUCHILLOS
de Steven Millhauser
Interzona, 2021
por Cecilia Espinosa

Luego de una espera de años, la editorial Interzona editó el clásico de Steven Millhauser, El lanzador de cuchillos, publicado antes en español por el sello Andrés Bello en 2001. Con la excelente traducción que Carlos Gandini había hecho para aquella edición, tenemos la oportunidad de acceder a este clásico contemporáneo del cuento fantástico, a veces siniestro, a veces incluso en el género terror.

Uno de los puntos más altos del libro es el cuento que da título al libro, “El lanzador de cuchillos”. En él desarrolla una premisa simple que culmina en un aspecto complicado de la condición humana: Hensch, el famoso lanzador de cuchillos, lleva su acto a un pueblo pequeño. El narrador, que habla desde un “nosotros”, expresa la expectativa y el miedo sobre ese espectáculo. El lector no entiende bien por qué sucede eso, hasta que se desvela, sobre el final del relato, el verdadero significado que tiene ese acto circense.

En el libro se hace evidente la fascinación de Millhauser por la infancia, en particular la facilidad con la que los niños superan esos cambios entre la realidad y la ilusión que son tan problemáticos para los adultos. "Alfombras mágicas" y "Clair de Lune" contienen elementos mágicos que reconocemos de inmediato como ocurrencias imaginativas que aún no se han marchitado por las aridez del pensamiento adulto. En este sentido, la más rica y paradigmática de las historias es "La hermandad de la noche", en la que Millhauser adopta una de sus usuales voces narrativas: el afable archivero de una pequeña ciudad que se explaya sobre lo que ocurre en el pueblo, narrando en primera persona del plural.

Parece que las adolescentes salen de noche en bandas, buscando "lugares oscuros y secretos". Se sospecha de brujería, y también de diversas perversiones sexuales. "¿Qué haremos con nuestras hijas?”, se preguntan los adultos. Cuando se revela el secreto, al principio se puede sospechar que es una broma sobre las adolescentes y sus costumbres. Reflexionando, descubrimos significados más complejos, relacionados con la privacidad, el santuario y la incognoscibilidad de otras mentes. Es una historia encantadora e inquietante, cuya aparente sencillez enmascara su verdadera profundidad.

'' La hermandad de la noche '' marca en cierta medida un nuevo territorio para Millhauser, al igual que el curioso '' Vuelo en globo, 1870''. El autor, en otros libros, ya ha empleado imágenes de volar y hundirse para representar el movimiento que se da en las zonas de la imaginación, y por lo general eso va de la mano de un sentimiento de liberación, de escape del pensamiento terrestre banal. En "Vuelo en globo, 1870", por el contrario, el ascenso a regiones superiores está relacionado con ideas de esterilidad y muerte. París está sitiada por el ejército prusiano y dos franceses han abandonado la ciudad en un globo para pedir ayuda. Elevándose hacia el cielo, el narrador exclama: “¡Aborrecibles alturas! Aquí solo existe la muerte de los sueños, la oscura risa de ángeles caídos con alas de azufre. Una terrible indiferencia me invade”. Un poco más tarde, llama al cielo “una náusea azul”. Se calma fijando la mirada en cosas reales: mimbre, cuero, hierro, cuerda.

Eso que Millhauser parece celebrar con tanta frecuencia: la capacidad de la mente para flotar a la deriva, a volar, aquí se convierte en un evento aterrador, un destello de la nada, y solo un eventual regreso a "la confusión humana" ofrece alivio.

Si estas historias sugieren nuevas vías de pensamiento en la ficción de Millhauser, otras son reelaboraciones de temas que él ya ha explorado. Uno, "El nuevo teatro de autómatas", se hace eco, pero también se expande significativamente sobre una maravillosa historia llamada "August Eschenburg", editada hace años también por Interzona, donde se describía la vida y obra de un brillante diseñador alemán de diminutas figuras mecánicas. En "El nuevo teatro de autómatas", conocemos a otro genio alemán, un fabricante de autómatas llamado Heinrich Graum. Rechazando la convención de convertir a los autómatas en imitaciones de los humanos, se le ocurre una idea radicalmente nueva: Los nuevos autómatas sufren y luchan; pero sin tener, ni pretender hacerlo, el alma de los seres humanos. Estos autómatas tienen el alma de criaturas mecánicas, que se han vuelto conscientes de sí mismas. Sus luchas son luchas de un reloj, su sufrimiento es el sufrimiento de los autómatas.

Millhauser teje en esta extraordinaria historia ideas de decadencia, de mimesis, de identificación subjetiva con construcciones artísticas. Él plantea un complejo de preguntas complicadas, que ``no son imitaciones de nada '' sino que ``son solo ellos mismos ''. Esta es quizás la historia más fuerte de la colección, una que nos recuerda que cuando se explora la relación que tenemos entre los productos y proyecciones de nuestras propias mentes, Millhauser no tiene igual entre los escritores contemporáneos.

"El sueño del consorcio" combina la creación de un mundo fantástico con el tema del deseo del consumidor, que a su vez se describe como una forma de soñador peligroso. Aquí está la tienda departamental que sirve al autor como su sitio de ilusión, una tienda departamental que vende cascadas, ruinas, tractores, túmulos funerarios vikingos, incluso réplicas de pequeños países europeos: el consorcio intuye que los estadounidenses disfrutarían de la conveniencia de visitar Europa directamente en automóvil o autobús, comprendiendo el deseo secreto del comprador: apropiarse del mundo, poseerlo por completo. Aquí hay un sentido del humor agudo, así como una actitud profundamente escéptica hacia el implacable impulso estadounidense de expandir para siempre los límites de lo comprable.

Soñadores, inventores, artistas, magnates, ilusionistas: creadores de todo tipo son los ciudadanos de los mundos ficticios de Millhauser, y todos van demasiado lejos. Cerca del final de "Paradise Park", una historia sobre un hombre que construye un parque de diversiones que indigna al público que estaba destinado a entretener, surge una cuestión que parece central en el trabajo de Millhauser, y especialmente en esta colección de relatos: hay ciertos tipos de placer  que, por su propia naturaleza, buscan formas cada vez más extremas que culminan en el éxtasis negro de la aniquilación.

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ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: PILAR PEDRAZA

PILAR PEDRAZA

A- Se suele menospreciar a la literatura de terror, se la toma como a una literatura menor, de segundo orden. Ante todo, ¿se considera autor de género? ¿Y qué opina al respecto de ese menosprecio?

Considerar la literatura de terror aunque yo hablaría de literatura siniestra y fantástica en el sentido de Todorov como de segundo orden o menor es un tópico manido. Esto se debe, a mi entender, a la ignorancia por parte de la crítica; a que sufre de prejuicios académicos burgueses siempre “de techo bajo” y a las polémicas estériles. En mi caso, yo no me considero perteneciente a este ni a ningún otro “género”. Si hay algo de valioso en lo que escribo pertenece, si acaso, a la literatura. La literatura universal es ancha y grande, llena de corrientes, matices, estilos… El género es una etiqueta comercial espuria que solo aporta confusión y es despreciada por los auténticos lectores amantes de la cultura.

B- ¿Qué autores o artistas fueron y son sus influencias para su escritura? ¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

En general, mi literatura es de corte fantástico, aunque también hay excepciones. Descansa sobre un sólido estrato de realismo propio de la gran novela decimonónica. He aprendido más en Balzac, Zola y Dostoyevski, o en los autores latinos del realismo mágico que en las escritoras góticas o en Lovecraft. Luego viene en el yacimiento de lo que he ido produciendo, una capa de expresionismo —con Alfred Kubin y Gustav Meyrink y de vanguardias, que me han enseñado a romper los moldes del realismo. Y he aquí una franja roja que lo cruza todo y lo impregna de libertad, con cierto escándalo de entrevistadores poco avisados: las obras del Marqués de Sade, que me han enseñado una filosofía atea y libertina en el arte y el pensamiento. En cuanto al estilo, mi español bebe de Quevedo, de Valle Inclán, de Ramón Gómez de la Serna y de los modernistas. Y mi erotismo, de Sidonie-Gabrielle Colette. Mis fantaseos más radicales en temas letales, se deben, entre otros, a Hanns Heinz Ewers, a Allan Poe, al romanticismo lúgubre y al cine gore. Mi obra fantástica de cabecera es la insólita Malpertuis, de Jean Ray, seguida por El golem, de Meyrink, pero a todas ellas prefiero La metamorfosis de Kafka, que ya no me atemoriza, pero lo hizo, y mucho, en el pasado.

C- ¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género de terror hoy en día? ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

Hoy en día un escritor de género precisa haber nacido escritor y haberse formado en la literatura clásica. El llamado género no es un refugio de aficionados, talentos mediocres y voluntaristas que quieren ser Lovecraft (y no debería serlo). No hay que temer por el futuro de la literatura fantástica más que en este caso. Por lo demás, es inmortal, como tejida con elementos religiosos y míticos sublimados. Siempre necesitaremos del más allá que se encuentra en el patrimonio cultural y en nosotros mismos, pero dudosamente en los robots y los superhéroes. Actualmente, lo fantástico se estudia en las universidades, cuenta con excelentes escritores en todo el mundo, y ya solo es mirado de reojo por las mentes estrechas que prefieren ignorar a disfrutar.

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ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: GUSTAVO NIELSEN

GUSTAVO NIELSEN

A- Se suele menospreciar a la literatura de terror, se la toma como una literatura menor, de segundo orden. Ante todo, ¿se considera autor de género? ¿Y qué opina al respecto de ese menosprecio?
 

La literatura es el lugar de mi vida donde guardo todos mis miedos. Así que para mí no es algo menor. Que sea de género no logra menospreciarla. Soy amigo de todo tipo de monstruos y de muchos fantasmas.

El problema principal es que de tanto ver películas y leer libros de terror ya no me causan el mismo efecto que cuando era chico. El efecto se gasta y uno se pone condescendiente, le empezás a perdonar todo porque disfrutás igual haciendo tu viaje a la niñez. Y empezás a ser Clase B, y empezás a coleccionar, a soñar, a ejercer la Clase B. Entonces te convertís en un personaje extraño: el amigo de Alien. Por suerte hay muchos de los nuestros en el mundo, somos un clan (nerd).

De la literatura de terror específicamente me gustan los clásicos, aunque ya no me incomoden. De Poe me quedo con la etérea Ligeia, de Lovecraft con El color que cayó del cielo. También me gustan Stephen King, Neil Gaiman, Richard Matheson y Michael McDowell, en ese orden. Nuestra dama gótica Mariana Enriquez de la Argentina. Y todo el trabajo que hacen los hermanos Marcos con Muerde Muertos.

B- ¿Qué autores o artistas fueron y son sus influencias para su escritura? ¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

Horacio Quiroga especialmente. También Ray Bradbury. Me gustan más los que no quieren dar terror, pero igual lo logran por la truculencia de lo que narran. Hago lista de mis cuentos favoritos:

La gallina degollada, El hijo, El almohadón de plumas; Quiroga

El espectáculo comienza cuando usted llega, Roland Topor    

Dos cuentos pánicos, Fernando Arrabal

Los gemelos, Luis Couperus

El vestido blanco, Felisberto Hernández

La pata de mono, de W. W. Jacobs.

La promesa, Hoichi, el desorejado; Lafcadio Hearn

El prestidigitador, Bonifacio Lastra

El siguiente en la fila, El emisario, La tercera expedición; Ray Bradbury

El evangelio según Marcos, Jorge Luis Borges

Pedro el congelado, Wilhelm Busch

En las cataratas, Harry Harrison

Más oscuro que tu luz, Marcelo Luján

Atraso justificado, Hernán Rivera Letelier

Las dos mejores antologías del género son: 45 Cuentos Siniestros, que reunieron Elvio Gandolfo y Samuel Wolpin para Ediciones De la flor, y la que hizo Rodolfo Walsh para Hachette: Antología del cuento extraño.

El mejor cuento de fantasmas argentino no asusta, pero es maravilloso: Flores, de Jorge Accame.

C- ¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género de terror hoy en día? ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

El género se renueva todo el tiempo. En los 60 estuvo muy vinculado a lo sexual, en los 70 a las drogas. Cuando empezaron los casos de sida el terror adaptó sus vampiros al miedo a la sangre infectada. A principios del 2000 se hablaba de la virtualidad y las paradojas de la tecnología. Hoy el terror está inclinado hacia el lado de las injusticias sociales.

El verdadero terror del futuro es el avance de la derecha.

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ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: JOSÉ MARÍA MARCOS

JOSÉ MARÍA MARCOS


A- Se suele menospreciar a la literatura de terror, se la toma como a una literatura menor, de segundo orden. Ante todo, ¿se considera autor de género? ¿Y qué opina al respecto de ese menosprecio?

Me parece que el desaire respecto a la literatura de terror es un prejuicio que ya no existe, o, mejor dicho, no es tan significativo, aunque no descarto que haya nostálgicos que insistan con la relevancia de esa idea. Disfruto de leer y escribir historias de fantasía y horror en su infinidad de variantes, junto a un montón de otras propuestas narrativas. Por pasión y vocación me he dedicado a estudiar a grandes maestros del horror, a los que no llamaría “autores de género”, sino simplemente autores que han transitado universos que me interpelan. Si algo soy (o intento ser), es un autor, o un escritor, a secas.

B- ¿Qué autores o artistas fueron y son sus influencias para su escritura? ¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

Voy a tratar de ser sintético en cuanto a las influencias. Durante la adolescencia me marcaron la poesía del rock argentino en castellano (Luis Alberto Spinetta, Charly García, Ricardo Soulé), los surrealistas (Antonin Artaud, Arthur Rimbaud, Alejandra Pizarnik, Jean-Pierre Duprey, Charles Baudelaire, Aldo Pellegrini) y prosistas como Enrique Medina, Henry Miller, Bernardo Kordon, Ernesto Sabato. El horror se me inoculó mediante los rayos catódicos de la tevé a través de Sábados de súper acción y otros ciclos adorables. Las películas me hicieron preguntarme quiénes eran Mary Shelley, Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Ray Bradbury, Richard Matheson, Stephen King, Shirley Jackson o Clive Barker, que me revelaron una constelación con infinidad de puertas. En aquellos días fue clave leer “Hotel comercio” de Bernardo Kordon en una antología del Centro Editor de América Latina. En esa compilación no se destacaba que era un cuento de terror, y eso me hizo intuir que, tal vez, soterrado, hubiera mucho más. Así, temprano, me aboqué a leer la literatura argentina desde otra perspectiva y confirmar la fuerte presencia de lo espectral en muchas obras; a comprender, por ejemplo, que Horacio Quiroga era nuestro Edgar Allan Poe. Más adelante conocí a Alberto Laiseca y Liliana Bodoc, a quienes tuve la suerte de tratar personalmente, en una época que empezaba a asistir a encuentros literarios donde me crucé con contemporáneos en una sintonía similar. ¿Qué libros me dieron realmente miedo? Si voy hacia la infancia, se me presenta un verano en el que leía en mi cuarto, alumbrado por un velador poblado de jejenes y mosquitos, Las mil y una noches, quizá mi primer libro largo, y puedo evocar ciertas imágenes que me colmaban de una inquietud fascinante durante la madrugada en Uribelarrea. Ya lector adulto, una respuesta sencilla sería: ninguno. Sin embargo, en este contexto, entiendo que “el tema del miedo” es un juego al que nos adentramos quienes amamos ficciones como Salem’s Lot de Stephen King, El corazón condenado de Clive Barker, El hijo de la bestia de Graham Masterton, Los gusanos de la tierra de Robert Howard, La saga de los confines de Liliana Bodoc, Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato, El pozo del Yocci de Juana Manuela Gorriti, Cuento de Navidad de Charles Dickens, Las noches lúgubres de Alfonso Sastre, Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones, Viene con la noche de Alberto Ramponelli o Frankenstein de Mary Shelley.  Todas contienen momentos aterradores.

C- ¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género de terror hoy en día? ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

El desafío de cualquier narrador podría arrancar desde dos aspectos esenciales: en primer lugar, encontrar una historia que aporte algún nuevo punto de vista, de cara a una frondosa tradición, y en segunda instancia, buscar la mejor forma que pueda darle representación a lo que se procura narrar. Waldo Fonseca, un amigo músico, me contó que en el momento de la creación ingresa dentro de un sueño y si le encuentra una manija a la visión regresa con un apreciable botín. El reto de quienes escriben terror o lo que sea es entrenarse para entrar a ese estado onírico y, luego, volverse diestros para regresar con algo en la faltriquera. En cuanto al presente y al futuro: pienso que el acto mismo de ejercitar la lectura y la escritura es la forma más antigua y moderna de la renovación.

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ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: MARIANA ENRÍQUEZ

MARIANA ENRÍQUEZ


A-Se suele menospreciar a la literatura de terror, se la toma como a una literatura menor, de segundo orden. Ante todo, ¿se considera autor de género? ¿Y qué opina al respecto de ese menosprecio?

No me considero una autora de género pero no porque lo menosprecie: sencillamente, escribí y escribo mucho en otros géneros, incluso en no ficción. El menosprecio existe quizá porque se lee poca literatura de terror tomando al género en un sentido más amplio: en terror se pueden incluir escritores muy efectivos como Bloch o muy sutiles como Machen; en la actualidad, de la misma manera, son de terror los cuentos históricos de Muzzio, las ambigüedades de Paul Tremblay, la literatura “decadentista” de Pilar Pedraza, los cuentos surreales de Brian Evenson… Creo que el menosprecio pasa por cierta preferencia no sólo del canon sino quizá también de los lectores por la ficción literaria realista y en consecuencia hay incluso una falta de edición o ediciones descuidadas de autores importatísimos como Barker, por ejemplo.

B-¿Qué autores o artistas fueron y son sus influencias para su escritura? ¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

Me influencian mucho varios tipos escritores y de artistas. Poetas: Rimbaud, Baudelaire, TS Eliot, Anne Sexton, Emily Dickinson, Keats, Anne Carson, César Vallejo, Jorge Tellier; narradores muchísimos, de género King, Machen, Barker, Jackson, Poppy Brite, Aickman pero también Faulkner, McCarthy, McCullers, Peter Straub, Toni Morrison, Chatwin, M John Harrison, Ballard, Bradbury, Chinua Achebe, Ligotti, Dickens, Pascal Quignard, Joyce Carol Oates, William Gay, Donald Ray Pollock, Dennis Cooper, Borges, Cortázar, Felisberto Hernández… leo muchos contemporáneos también, me gustan Starobinets, Emilio Bueso, Fernanda Melchor, Pilar Pedraza, Maximiliano Barrientos y varios más. El autor que en general me da miedo es Stephen King. Supongo que tiene una fórmula que se lleva bien con mi sensibilidad, me deja perturbada. En otro nivel, quizá más denso, me pasa lo mismo con Cormac McCarthy y Dennis Cooper.

C-¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género de terror hoy en día? ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

El género se está renovando. No sé qué elementos específicos se deben tomar pero sé qué se toma: lo cotidiano, la violencia, lo virtual y el quiebre de la realidad ya no sólo abstracto sino palpable, la confusión, el cuerpo como espacio de vulnerabilidad. Quizá la política en un sentido amplio (yo creo que King en varios sentidos es un escritor que se apoya mucho en la política). No creo que el terror demasiado solipsista o ligado a un fantástico cerrado esté obsoleto, creo si que cada vez se vuelve más un ejercicio de estilo o una marca de autor. Lo que no está mal, pero no es una renovación.

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ENCUESTA SOBRE LITERATURA DE TERROR: FABIÁN GARCÍA

FABÍAN GARCÍA



¿Se considera un autor de género?

A mí me gustaría ser considerado un escritor, a secas, sin ningún “de” posterior, o bien que se me incluyera en una categoría más amplia. Lo que  publiqué hasta ahora puede insertarse en el género terror, pero eso no implica que me interese solo por los temas macabros o sobrenaturales. De hecho tengo material inédito que es ajeno al terror.

Clasificarme siempre me incomoda un poco. Si digo “no soy un escritor de terror” entro en contradicción con mis  libros editados, y parezco avergonzado de mi imaginación; si afirmo “soy un escritor de terror” me limito a ser solamente eso, y quedo pegado a una categoría en la que no siempre me siento cómodo. A mí el terror de los best seller, que es el que la gente asocia con el género, no me interesa nada. La literatura oscura que me atrae es otra.

Por otra parte, tengo un problema con la que se supone que es la motivación primordial de la literatura de terror. Yo no escribo para causar miedo; creo que centrarme en eso puede empobrecer  el resultado, que para que el miedo ocurra tienen que darse muchas otras cosas primero. Creo que, salvo que uno sea un genio, escribir pensando en asustar al lector lleva directo al susto de película pochoclera. Yo no escribo para asustar: lo que quiero es asombrar, fascinar. Y entretener, claro. 

¿Qué opina al respecto del menosprecio?

Al rechazo al terror literario no le faltan fundamentos.  Si  al género lo representan los best sellers, entonces abundan los lugares comunes, la prosa apurada, las páginas innecesarias, la gente que imita sin pausa ni decoro a otra gente. 

También, últimamente, los que al parecer escriben porque no tienen plata para hacer películas; gente que se vio todas las de Carpenter pero a la que no se la ve muy interesada en leer ( o que a lo sumo lee comics).

Todo esto es cierto, pero no representa a la totalidad de  los que hoy  reciben la calificación de “escritores de terror”. Muchos de ellos, sin salirse de las normas del género, logran historias originales, muy bien narradas; algunos se esfuerzan por innovar, o hacen mucho más que solamente terror. El bosque está lleno de yuyos, pero hay  madera buena si se sabe buscar.

A veces, son las circunstancias de la publicación, las vías de acceso al público, las que ingresan a un autor en la categoría. No me refiero a EEUU, la tierra de los best sellers del terror:  allá tienen bien delimitados los campos (literatura popular y de la otra), hay un mercado grande, se puede hacer mucha plata, etc. Hablo de la escena local, en la que el terror no le interesa a casi nadie. Por acá, si escribiste un libro  de tema sobrenatural o macabro y no sos ninguna figurita, es muy probable que las únicas editoriales interesadas en publicarte sean las dedicadas al terror. Y que, por ende,  de los pocos medios dispuestos a hacerte una entrevista o una reseña, la mayoría sean los dedicados al terror también. Eso te ingresa en una categoría que quizá te resulte algo estrecha, y hace que cualquier cosa que haya dentro de ese libro (o de los siguientes) se interprete como perteneciente el género, que se lea en esa clave, cuando quizá lo pensaste de una forma distinta.

De todos los géneros supuestamente populares, el terror es el que menos respeto consiguió hasta ahora. Hace rato que a la ciencia ficción y al policial, si están bien hechos, se los considera parte de la literatura “seria”. Hay muchos escritores que incluyen elementos de ciencia ficción en sus tramas y nadie los considera por eso “de género”. En la Argentina está el caso de Carlos Chernov, que es un excelente y muy respetado escritor.  El terror sigue mal visto, hace fruncir narices, y no creo que eso vaya a cambiar. La supuesta “moda del terror”, de la que se estuvo hablando por acá, fue una movida destinada a promover dos o tres obras puntuales, obras que favorecían  la promoción de imposturas en boga, no mucho más. Algunas de las caritas  del ambiente que aparecen por todas partes se volvieron “weirds” por un rato, para aprovechar la volada, pero eso fue todo.

 ¿Qué autores o artistas fueron y son influencias para su escritura?

Disfruto de autores muy diversos, podría hacer una lista larga y un poco incoherente de autores preferidos. Los admiro, pero no todos son influencias a la hora de escribir. Las tramas que se me ocurren son casi siempre extrañas, fantásticas, por eso aquellos  a los que  me gustarìa parecerme un poquito, a los que trato de no copiar pero tengo como ejemplos de excelencia, son autores que escribieron mayormente dentro de ese registro

Poe, Machen, MR James, Blackwood.. autores de la época dorada del cuento, más que nada. Me gusta mucho lo que se escribía en esa época, el siglo diecinueve y los principios del veinte.

Robert Aickman y Thomas Ligotti, dos exquisitos del horror más cercanos en el tiempo. Lovecraft, desde ya, y Clive  Barker.

Tambièn Alfred Kubin,  Kafka, Bruno Schulz, Kobo Abe....estos últimos no son escritores de género, pero pueden ser mucho más perturbadores que muchos escritores de terror.

Hay algunos directores de cine a los que admiro, y que puedo considerar influencias de otro orden también. Lars Von Trier y Cronenberg, por ejemplo. Y el J-Horror, el cine de terror nipón en general.

¿Qué libros le dieron realmente miedo? ¿Por qué?

Entre los que me causaron escalofríos reales hay una novela de Stephen King: Cementerio de animales. La leí muy joven, me parece que eso favorece las emociones inesperadas. La escena que me asustó es la de la noche en la que el gato, ya muerto y enterrado, vuelve a la casa y entra por la ventana de un salto. Está muy bien contada, pero además yo estaba fresquito como lector. Cuando uno ya se entrenó un poco se va haciendo más complicado asustarse de verdad al leer. Me volvió a pasar, no hace mucho, con Ligotti. Tiene un cuento en el que alguien despierta convertido en una cabeza de muñeco, sin cuerpo,  que me impresionó mucho. Ligotti no es una persona muy equilibrada que digamos, y sabe transferirle al lector su desesperación y su miedo.

Me pasó también con cuentos de MR James  y de Mauppasant, ahora que recuerdo. Con el primero, porque aunque su forma de narrar es distendida, algo irónica, sabe introducir sus fantasmas en el momento exacto y con  palabras medidas y  exactas. Uno de sus cuentos que más me impactó fue “La habitación número trece”, en el que ya aparecen las distorsiones espaciales que después iba a utilizar Lovecraft.

Con el segundo, porque sus cuentos oscuros tienen una intensidad especial. El miedo se siente real, da la impresión de que el tipo estaba asustado cuando escribía. 

Me pueden asustar ciertas imágenes muy poderosas, ubicadas en el momento justo, o detalles perturbadores pero no del todo comprensibles. Es decir, el susto bien entendido o la incerteza  típica de las pesadillas, esa cosa confusa y absurda que angustia. Supongo que en eso me parezco a todos, aunque no creo que la misma imagen o la misma incerteza puedan asustar a personas distintas. El miedo es algo bastante personal.

¿Qué elementos considera que debe tener en cuenta un escritor de género hoy en día?

Creo que un escritor de terror debería tener muy en cuenta qué es lo que puede asustar hoy en día, no intentar lo mismo que se hacía hace 50 años. Muchos de los golpes de efecto de la narrativa de otra época ya no sirven y hasta pueden resultar graciosos. Las creencias y tradiciones sobre las que se asentaban algunos tipos de miedo ya perdieron terreno, hoy los miedos son otros y no son tan comunitarios, generales.  Afectan a casi todos pero se viven un modo individual, porque hoy el único vínculo fuerte de muchos es consigo mismo. O con sus mascotas a lo sumo. 

 Debería recordar que el chasco, el susto fácil, no es material para la literatura. Para eso está el cine pochoclero. Si de verdad les interesa la literatura, y no la abordan como un sustituto del cine o el comic, deberían tener presente que  hoy más que nunca, cuando lo audiovisual reina y al lenguaje escrito los sustituyen de a poco emojis y memes, la escritura tiene que seguir un camino muy distinto. Un relato de horror no debería ser un compendio de chascos ni un guion ampliado, porque es literatura.

Es cierto que los productos audiovisuales de terror se inspiran con frecuencia en cierta escritura, y que esa es la escritura más leída ( o a veces la única) por lo adeptos al género. Eso crea una retroalimentación que yo juzgo negativa. Hay otras formas de literatura de terror, y de literatura en general, de las que se puede aprender mucho. Cualquiera que quiera escribir sobre el miedo debería tener esto muy presente.

 ¿Considera que el género debe renovarse, ve algún tipo de cambio a futuro?

La verdad es que no se si debería renovarse o no, o si ya lo está haciendo....estoy bastante desconectado. El único contemporáneo al  que leo (leo a varios de mis colegas del país, pero ahora me refiero a los otros) es Thomas Ligotti, que como escritor de terror es bastante atípico... es casi el opuesto del “rey del terror” de Maine. Lo demás es releer a mis preferidos de siempre, descubrir clásicos que no conocía ( hasta hace poco no había leído a HH Ewers) o a autores alejados del género.  Hay una movida, la del New Weird, que supuestamente le está buscando una vuelta novedosa a algunos tópicos. No me genera interés por ahora,  aunque es posible que haya cosas muy interesantes ahí.

Una renovación que podría ser muy interesante sería la de un horror cósmico actualizado y ampliado. Uno que recurra a la ciencia actual (como Lovecraft hizo en su propia época) y que se anime a crear otras deidades, otras cosmogonías. Me refiero por supuesto a inventar,  a crear desde cero o casi desde cero, no a distorsionar la obra ajena para convertirla en vehículo de la propia  ideología, como se está haciendo moda hacer con el pobre Howard Phillips. 

Podría pensarse como un esfuerzo de varios, un proyecto de décadas. Uno centrado en la literatura, no en la didáctica moral.

Eso es lo único que se me ocurre como proyecto conjunto. El resto son caminos individuales, búsquedas personales para las que no tengo recetas.

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