CORTOS (Alberto Fuguet) por Marina Arias

CORTOS (Alfaguara, 2006)
de Alberto Fuguet
por Marina Arias

Sobre el final de La Hora Mágica -el cuento que cierra Cortos, último libro del chileno Alberto Fuguet (1964)- Teo, el protagonista, confiesa: “soy un gran productor de campo, lo sé, pero no era exactamente lo que había planeado. ¿Acaso a alguien le resulta su plan? Cuando veo a Jonás no puedo dejar de acordarme de cómo era. De cómo era yo cuando estuve a punto de convertirme en el tipo que quería ser”.

Ése parece ser el tema que atraviesa todo Cortos: la angustia que sienten quienes han pasado la barrera de los treinta y todavía no han alcanzado la resignación que ostentan los cómodamente instalados en los cuarentilargos. Porque, es hora de decirlo: entrar en los treinta es mucho más doloroso que ser un adolescente en plena guerra fraticida. Y no se trata ya de padecer el no haber alcanzado el éxito profesional. Tampoco de los problemas reales que acarrea el ser parte de sociedades desgarradas y crueles como las nuestras. Ni de haber pasado de un día para el otro de ser un espíritu fiestero y alérgico al compromiso a quedarse el sábado a la noche deprimido frente al televisor por no tener a dónde ir sin pareja. Pasar la barrera de los treinta, como bien nos lo echan en cara todos los relatos que componen Cortos, es asumir que la cresta de la ola ya pasó y las cosas no resultaron tal como las soñamos cuando teníamos dieciocho años y estábamos ansiosos por entrar de cabeza en el mundo real. Aunque a los ojos de los otros parezcamos gozar de una vida plena y feliz, cosa que nos repetimos una y otra vez para tranquilizarnos cuando nos quedamos a solas con la almohada.

De ritmo ágil y sin demasiadas descripciones, ocho son los cuentos largos que componen Cortos. Sus protagonistas cambian de nombre pero el narrador parece ser el mismo: un hombre triste. Tristísimo. A pesar de una pluma que pretende ser despojada y apática, al mejor estilo de lo que se suele englobar como nueva ficción norteamericana. Será porque Alberto Fuguet se crió hasta los 12 años en Encino, California. O porque suele citar a Douglas Coupland, el denostado autor de Generación X, como uno de sus narradores favoritos.

El exilio como una elección personal no del todo feliz -algo parecido al espíritu de aquella canción que rezaba “no soy de aquí ni soy de allá”- es otra constante en casi todos los personajes de Cortos. Es que cada protagonista, quien suele ser también el narrador de la historia, se nos aparece como una suerte de alter ego del autor. Así, ya se trate de un frustrado director de cortos documentales tomando un café aguado a metros de la entrega de los Premios Oscar en Más estrellas que en el cielo, o del fugitivo familiar que atraviesa pueblos de EEUU tratando de dejar atrás todo lo que lo reclama desde Chile en Road Story, o de Santiago, el tipo que en Santiago vuelve a Chile de visita y se obsesiona con encontrar a una antigua noviecita sin darse cuenta de que lo que en realidad está buscando es al que fue antes de emigrar hacia el norte, el discurso parece ser uno y el mismo. Pero lo más interesante es que todo decanta a partir de reflexiones secas y diálogos cotidianos. Porque, a excepción de Prueba de aptitud -que es el primer cuento y por momentos pareciera extrapolado de otro libro- en Cortos no hay efectos dramáticos ni finales moralizantes. Y sin embargo su lectura nos deja un regusto existencialista y alguna que otra náusea. En Cortos, el verdadero amor parece ser aquel que no fue y la paternidad es algo que viene a denunciar lo ajeno de la persona amada.

En el origen Alberto Fuguet es periodista. Del conservador diario El Mercurio, para más datos. A principios de la década del 90 -junto a Rodrigo Fresán y Jaime Bayly, entre otros- Fuguet fue parte de aquel escandalete conocido como “Mc Ondo”: un grupo de jóvenes escritores (“¿ése es tu walkman, ¡qué moderno!”), que renegando del realismo mágico garciamarqueño y su paraíso tropical levantaron los estandartes de una nueva narrativa latinoamericana que buscaba construír relato sobre la existencia en la city y sus excesos. Pero en Cortos, Fuguet da un paso más allá. Los personajes que vagan por el libro parecen sufrir la angustia universal de aquel extranjero de Camus: “El mundo, dicen, es un pañuelo. No es cierto -explica el narrador en el cuento Perdido- la gente que dice eso no conoce el mundo. El mundo es ancho y, sobre todo, ajeno”.

Además de publicar el libro de relatos Sobredosis (1990), y las novelas Mala onda (1991), Tinta roja (1996), Por favor rebobinar (1998) y Las películas de mi vida (2004), Alberto Fuguet ha trabajado como guionista de cine y en 2005 dirigió la película Se arrienda. Es quizá por esa incursión que muchos han definido a Cortos como un libro que cabalga entre la literatura y el guión. El mismo autor ha enunciado esa hibridación como un logro buscado. Sin embargo, los momentos en que el libro incluye formas propias del guión cinematográfico (escenas construídas como meros diálogos entre personajes con sólo alguna que otra marcación dramática) parecen ser donde naufraga. Dan la sensación de que al autor le dio pereza escribirlas como Dios y la literatura mandan, y hacen extrañar cierta madurez literaria del narrador presente en el resto del libro. Un narrador, como el del cuento Santiago, que nos inquieta con reflexiones como:
Yo sigo siendo lo mismo: un chico (un tipo) buscando un lugar en el mundo. Todos han encontrado su lugar y yo perdí el mío por salir a buscarlo.
Consejo uno: no es necesario recorrer el mundo para encontrar tu lugar.
Consejo dos: no hay que conocer el mundo para tener mundo.
Consejo tres: ¿de qué te sirve tener mundo si no tienes un lugar?”.

1 comentario:

Lola Ely Al dijo...

No he leído el libro pero tu reseña me parece muy buena, me han dado unas ganas terribles de leerlo. Ojalá pueda hacerlo pronto y gracias por tu aporte.

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