ENTREVISTA A MARTÍN KOHAN

ENTREVISTA A MARTÍN KOHAN
La literatura y su imaginario.

Profesor universitario, periodista y escritor, Martín Kohan no necesita presentación: su obra goza de popularidad, sin que ello signifique una renuncia a la calidad literaria. Con la honestidad intelectual que lo caracteriza, en esta nota no evita ningún tema.

LAT- Pensando en Museo de la revolución, el personaje del militante es, en una manera, un antihéroe, alguien que toma una postura políticamente incorrecta.

Martín Kohan- Es un punto que yo trabajé premeditadamente, algo así como una figura del error, no sé si un antihéroe. No debía dejar de funcionar como alguien que se ve lanzado a la acción cuando la acción no es el terreno donde pisa más fuerte. De alguna manera me interesaba trabajar ese desacomodamiento. Y también ver la relación entre el ámbito privado y el ámbito público. Cierta interferencia de lo político sobre la vida privada de cada uno, algo que era perfectamente aceptado en esa época y hoy nos resulta inadmisible. Y el personaje no responde a esos criterios, el personaje preserva de alguna manera la prioridad de su vida privada, como si se atrincherara en sus derechos personales. Me parece que ahí está el error que comete, o eso que yo decido hacer funcionar como un error.

LAT- ¿Esto te lo planteaste antes o durante la escritura?

MK- Estos aspectos ya estaban, en realidad formaban parte de uno de esos disparadores que son parte de, dicho llanamente, “como se le ocurre a uno una novela”. Un cuento puede tener un disparador más puntual para mí, pero una novela es donde uno va conectando ideas sueltas, cosas que en algún momento escuchaste. En algún momento esas partes se empiezan a conectar y entonces se empieza a ver una novela. Estas cuestiones estaban en la base, eran de las primeras ideas narrativas: una conversación que yo escuché sobre una reunión y una votación sobre si un compañero de la agrupación en los años setenta debía dejar a su novia o no. Y lo que se resuelve es que la tiene que dejar. Cuando escucho esto, al principio consterna, hoy por hoy uno casi no deja que sus amigos opinen demasiado sobre la novia, imaginate admitir una decisión tomada por los compañeros de la agrupación. Sin embargo, al mismo tiempo, ahí ya había algo que me gustaba, esa supeditación de lo personal a la causa política me seducía.

LAT- ¿También estaba la forma de narrar Segundos afuera?

MK- Primero tuve la idea de narrar esos 17 segundos que pasa Dempsey fuera del ring cuando Firpo lo tira; pero después me di cuenta de que no era un soporte narrativo suficiente. Eso podía ser una de las columnas de la novela, pero no todo. Por eso la cuestión de multiplicar los puntos de vista y de ponerle otras temporalidades que no fueran las de los 17 segundos, para poder ver la novela entera. La cuestión de narrar segundo por segundo sí había estado.

LAT- Decís que suele haber una concepción literaria anterior al hecho de escribir.

MK- ¿Yo dije eso? En realidad creo que hay una concepción literaria que atraviesa incluso a los que no son escritores y son solo lectores, e incluso a los que no son lo uno ni lo otro y que en su desentenderse completamente de la literatura, tienen concepciones sociales y generales de lo que es la literatura, aunque más no sea esas que se forman en la escuela media. Ahí hay un imaginario de lo que es la literatura. Luego lo vas ajustando: lectores, lectores como público masivo, lectores que se acotan a cierta literatura, y lectores profesionales, que somos los que trabajamos de leer, aquellos para los cuales leer no es un pasatiempo, ya sea porque hacemos crítica literaria o porque somos profesores. Vas teniendo capas distintas de diferentes concepciones de la literatura. Son condicionamientos que uno puede imaginar. Para aquel para quien la literatura consiste en contar una buena historia, todo lo que precede y presupone su sentarse a escribir ya está condicionando lo que se sentó a escribir, dado que esa persona se sentó a escribir en el momento en que tenía una buena historia en la cabeza. Aquel para quien la literatura es encontrar una voz y un registro de lenguaje, se va a sentar a escribir en el momento en que encontró la voz y el registro del lenguaje, y puede ir escribiendo y dejando que la historia aparezca o no. El otro va a tener la historia y dejará que de la historia salga la voz o no. Igual, todo esto puede no ser conciente, el que escribe puede saberlo o no.

LAT- ¿Y vos con cuál te identificás más?

MK- A mí lo que más me convoca es la idea de que en la literatura pasa algo diferente con el lenguaje. La literatura se hace con el mismo material que se emplea en la vida diaria:el lenguaje. En ese punto el corte tiene que ver con que hacemos un uso diferenciado en el lenguaje. La relación que establecemos con el lenguaje cuando hacemos literatura es completamente distinta de la que establecemos medio minuto antes y medio minuto después de parar de escribir o de leer. Ese es el aspecto más intenso de la experiencia literaria para mí. Lo que no quita que la trama, el sentido, la buena historia puedan estar también de por medio. Igual no diría que ahí, en mi caso, está lo que hace que la literatura aparezca como literatura. Aparece cuando uno percibe que está pasando algo distinto con el lenguaje.

LAT- Pensaba en esta especie de divorcio que algunos encuentran entre el ámbito académico y el ámbito literario. ¿Lo notas?

MK- La literatura también está en el ámbito académico, que también es literario. Yo estoy en el ámbito académico, en el ámbito literario no académico y en muchos ámbitos más: en las reuniones de consorcio, en el fútbol, es una cosa bastante múltiple. Yo no veo dicotomía, me parece que el corte más fuerte está en un imaginario de la exclusión del ámbito académico, yo no lo veo tanto como una definición que se haga desde la academia respecto de ese “afuera”. Las personas que trabajamos en la universidad, como para disminuir un poco esto de “ámbito académico”, muy a menudo estamos también en eso que vos llamás “lo literario”: en suplementos literarios colaboran o dirigen personas de la facultad, en las editoriales pasa lo mismo, en las librerías. Desde la universidad, no es un problema tajante, no nos sentimos recluidos o replegados respecto de ese “afuera”. Me parece que ese imaginario, esa especie de fosa repleta de cocodrilos que habría entre la academia y el afuera responde más bien a cierta imaginación del excluido: Los que no pertenecen al ámbito académico y siempre están recelando lo que sienten como elitismo y menosprecio.

LAT- Me recuerda al debate sobre Soriano.

MK- El debate que se dio en torno a Soriano, ese presunto desprecio o mofa de Beatriz Sarlo y sus estudiantes, fue una muestra muy clara. Porque el hecho en sí no ocurrió. En el camino del recorrido hasta establecer lo que realmente pasó, aparecieron cosas más bien interesantes. ¿Por qué tanta fuerza en la necesidad imaginaria de que ese hecho hubiera ocurrido? Algo que empieza con el propio Soriano, en su necesidad de ser despreciado por la universidad. Está captando algo que es toda una concepción de la literatura, o más bien de cierta figura de escritor que necesita imaginar ese desprecio para poder constituirse en sí mismo. Soriano, que mintió con respecto a lo que había pasado, dijo algo muy cierto: que el escritor popular necesita verse como despreciado por la universidad. Lo de Soriano es falso, no se rieron de él cuando fue a la universidad, Beatriz Sarlo no lo invitó para mofarse de él, y sin embargo se notó en todo esto la necesidad de creer que esto sí había ocurrido. Me parece que hay un fuerte imaginario extra académico que supone confabulaciones, conspiraciones, alianzas; pero cuando trabajás ahí adentro te das cuenta inmediatamente de que las cosas no son así. No hay un espíritu de cuerpo, no respondemos unos a los otros como una hermandad casi masónica, tenemos diferencias, discrepancias, distintas concepciones de la literatura.

LAT- Conectado con esto, ¿qué opinas del caso Di Nucci?

MK- ¿Cómo decirlo? Soy alguien tradicional, me gusta que los libros los escriban las personas cuyo nombre aparece en la tapa. En la teoría literaria, que yo enseño desde hace unos 15 años, se puede maniobrar con mucha amplitud para defender cosas muy diversas, incluso disparatadas. Detrás de esto me da la impresión de que hay alguien que se tiró un lance, sin ningún tipo de experimentación, con la esperanza de que no lo agarren y lo agarraron. Cuando a alguien lo agarran para mí lo más adecuado es hacer lo que hizo Rafael Di Zeo: me fugo por un tiempo, negocio la entrega y me entrego. Hay un momento en donde alguien tiene que decir, “bueno, listo, me agarraron”. No me parece que defender el derecho y aún la necesidad de que cada uno escriba sus textos y ponga sus nombres al texto, sea defender el capitalismo, la propiedad privada y que eso me emparente con Mauricio Macri, realmente creo que cuando alguien labura, escribe y produce un texto tiene el derecho a atribuirse la autoría de esa producción. Cuando uno cita existen capas de elaboración y de reelaboración que se distinguen bastante bien del plagio, no es el caso de Di Nucci, poner “trompada” donde dice “puñetazo” no es lo que yo llamo reelaboración. Soy escéptico con respecto a ver en esto mini golpes demoledores a los principios de la propiedad privada y pensar que el capitalismo tiembla porque alguien copia la novela de otro y la pone como propia. Me parece que son argumentos tramposos. Por eso no intervine demasiado.

LAT- Sí interviniste en esa “polémica literaria” que se dio hace unos dos años en Ñ, acerca de Literatura de izquierda y del libro de Guillermo Martínez. Uno se pregunta, ¿no hay, en la literatura, temas importantes para tratar?

MK- Yo no di estrictamente una opinión. Lo que pasa es que si suena el teléfono de tu casa y atendés, ya estás nombrado en la nota, porque aunque les cortes, vas a aparecer como “se negó a responder”. Si aparezco significa eso, marcaron mi número y yo atendí. Había algo que me parecía insatisfactorio, y era que la nota no se encara por la aparición del libro de Damián Tabarovsky, se encara por la aparición del libro de Martínez. El libro de Tabarovsky había salido mucho antes sin que Ñ se hiciera cargo de lo que se planteaba. Cuando aparece el libro de Martínez, Ñ lo tiene que cubrir porque es un libro de Planeta, en un momento en que Planeta manijeaba mucho a Martínez porque había ganado el premio o lo iba a ganar, no me acuerdo bien. Como no saben qué hacer con ese libro, que no les convence, arman una nota que les permite responder a los requerimientos de Planeta sin tener que hacerse cargo de decir lo que piensan. La respuesta de Martínez me parece penosa y de los planteos de Damián hay cosas con las que estoy de acuerdo, y otras que no, pero comparto de base un gesto: es uno de los primeros libros, o el primero, en hacerse cargo de que en la narrativa argentina sí está pasando algo. En ese sentido Literatura de Izquierda, tiene una significación muy grande. Una de las primeras intervenciones que van decididamente a contramano de lo que en ese momento era una especie de sentido común: que no había nada en la narrativa argentina contemporánea. Muestra que sí hay cosas. La respuesta de Martínez me parece algo más del orden del resentimiento que del argumento. Con eso no se puede hablar. Parecería que si alguien marca diferencias con él y se aparta de su estética por razones literarias, no lo puede creer. Entonces trata de ver con quién está casada esa persona, con quién salió, si se levantó a alguien en un boliche y ese alguien hacía no sé qué. Esto porque de base no puede concebir que alguien no adhiera a la idea de que su literatura es buena. Existe una ilusión de unanimidad de parte de ciertos escritores, que está condenada al descontento. Me parece penosísimo discutir quién estuvo casado con quién. La discusión literaria parece inviable, falsa, tipo “vamos vamos, ¿qué hay detrás de esto?” Estamos discutiendo literatura, no hay “detrás”. Es una tendencia a pensar que las discusiones literarias son personales.

LAT- ¿Te parece que hay un tema significativo que no se está discutiendo?

MK- Hay, no sé si no se le da bola, pero hay. Pensando en el libro de Damián, la idea de que existiría una “tradición” fuera de la de los grandes nombres, heterodoxa, que podría ser no la que viene por el lado de Sábato o Abelardo Castillo, lo que sería la columna vertebral. Si no una que venga por el lado de Copi, Lamborghini, Héctor Libertella, ¿qué pasa si uno arma la literatura argentina en esa vertiente? Obviamente armás el mapa distinto. ¿Qué pasa con un mapa así? Me parece una cuestión posible. ¿Por qué Saer para el sistema literario argentino era minoritario y casi ilegible, hasta que se murió y adquirió una repentina notoriedad, qué no lleva a revisar las concepciones de la literatura que lo hacían ilegible antes? Las premisas conceptuales de lo que es la literatura y de lo que puede ser un texto, quedan intactas; y sin embargo el lugar de Saer cambia. ¿ Por qué cambia? ¿Hay algo parecido a lo sucedido con Borges?

LAT- Se comentó mucho la entrevista que le hiciste a Fogwill

MK- Yo traté de ir a lo que me parece interesante en Fogwill, Los Pichiciegos tiene una potencia literaria feroz, una lucidez ideológica terrible. Captó una verdad enorme sobre Malvinas y la Argentinidad. Por eso, si lo tengo sentado enfrente voy a tratar de que hable de Los Pichiciegos, y si me provoca no le voy a contestar, porque me parece que es lo que hay que hacer con las provocaciones. Yo quiero que hablemos de Los Pichiciegos, y es eso lo que creo que vale la pena para los lectores. El problema vino al editar la entrevista: en la decisión de qué merecía ser incluido y qué no.

LAT- ¿Y vos cómo te ves en el mapa literario argentino? ¿Tenés alguna aspiración?

MK- Me doy cuenta de que la percepción que tengo de mi propia literatura es pésima. Además, me dedico a pensar muy poco en esos términos. Estoy entre el pudor y el desinterés, no logro y no ambiciono desarrollar esa capacidad estratégica de ver por dónde va uno y por dónde le conviene seguir. Tengo ganas de hacer cosas y de que me salgan determinadas cosas. Entonces, en este momento tener asegurada la posibilidad de seguir escribiendo y publicar me reconforta, no es un objetivo literario cumplido, pero supone que puedo estar más tranquilo con la literatura. Sé que lo que escribo tiene grandes posibilidades de que sea un libro editado, si bien no escribo pensando en eso. Mi relación con la literatura tiene que ver más con el deseo de escribir y con el deseo de ser leído. Mi impulso es ése.

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