PERDER (de Raquel Robles) por Ulises Cremonte

PERDER
de Raquel Robles
Alfaguara, 2008
por Ulises Cremonte



Página 101 de la novela Perder, ganadora del Premio Clarín 2008: “Con una seguridad que me parecía más ajena que absurda, caminé hacia el consultorio del psiquiatra. Cuando tomé el picaporte, la idea de que pudiera estar atendiendo a otra persona rozó una esquina de mi cerebro, pero como en una mesa de pool la bola de mi preocupación se metió en el hueco de la esquina opuesta y desapareció”. La protagonista, a la que se le ha muerto un hijo hace unos meses, que está hundida en una profunda depresión, que ha intentado coger con un supuesto enfermo de sida como forma sui generis de suicidio, tiene la suficiente lucidez como para al comienzo del capítulo 20 escribir una frase armoniosa, pulcra, brillante.

Este es el problema de la novela escrita por Raquel Robles: la corrección. Contar en primera persona la historia de una mujer que perdió un hijo sin caer en desbordes lingüísticos, manteniendo el puntilloso encadenamiento de frases que buscan alcanzar la perfección. Al borde del abismo, sin esperanzas, hecha mierda, pero con una enunciación anecdótica, superficial que por momentos recuerdan a esos personajes que con tanta furia retrataba John Cheever. Cheever no pensaba como esas hipocriticas señoras de la alta sociedad norteamericana, en él había ironía, aquí, literalidad.

Página 90: “No descartaba mandar a pedir más, aunque sólo figurarme el camino que haría mi lista (de Susana a mi esposo, pasando seguramente por el director de la clínica y alguna que otra reunión de equipo en la que tratarían de dilucidar si era conveniente seguir suministrándome la droga y ser cómplices de mi asilamiento o si tal vez era mejor dejarme a merced de mí misma en una suerte de tratamiento contrafóbico de choque), me generaba accesos de desidia”. ¡Guauuuuuuuuu! La mina perdió las ganas de vivir pero tiene la suficiente claridad mental para hablar de “tratamiento contrafobico de choque” y de “accesos de desidia”.

Página 89: “María dormía hacía rato (…). Hacía días que no me contaba nada. Su relato se había estancado en un novio con necesidades muy urgentes”. Mmm, qué sugestiva la narradora… ¿A qué se referiría cuando habla de “necesidades muy urgentes”? ¿Quería comer milanesas con papa fritas? ¿O lanzarle semen en la cara? Nunca lo sabremos; porque para Robles es más importante construir una narradora cuidadosa, elíptica, prudente, que contar algo sustancioso. Si la protagonista, debido a sus circunstancias, está jugada, adormecida por el dolor, odiada: ¿por qué mantiene ese tono impoluto?

Los ejemplos continúan. Al final de la página 135 y comienzo de la 136 la protagonista muestra su imposibilidad para ir al cementerio a ver a su hijo. Y lo hace nuevamente con una mesura estética insoportable: “Quién y cómo hubiera podido evitarme las imágenes de mi amor convertido ahora en quién sabe qué degradación. De qué manera podría evitar ahora recorrer con mis células nerviosas esos huevos que una vez se formaron en mi interior y que ahora eran alimentos de los animales de la tierra”.

Es muy loable el intento por escribir frases armoniosas y su contracara –la debacle de Cucurto en su última novela por ejemplo- puede hacer sucumbir a la escritura en una demagogia coloquial. Pero el problema de Robles es otro: escribir preocupada por la Literatura, por la nota que le pondrá la maestra de Lengua de Quinto Año del Nacional. Y por eso Perder es una novela superficial. Forma parte de lo que Beatriz Sarlo llamó, refiriéndose a Elena sabe de Claudia Piñeiro, “Literatura bienpensante”: “Son artefactos temáticos. Tratan temas importantes, transmiten una cantidad bastante apreciable de mensajes y plantean conflictos que merecen ser discutidos”.

Todo está pensado para conmover, para atrapar al lector. El final de cada capítulo es una tentadora promesa: “Cuando terminé él tenía lágrimas en los ojos y yo ya había decidido viajar a Rumania” (página 185); “Sólo estaba ahí, resquebrajándome en icebergs, sin poder entender por qué alguien querría sacrificarse para poner una bandera en mi suelo congelado” (página 169); “Sigo pensando eso algunas mañanas aunque sé que por la noche habré comprobado una vez más que soy un fracaso” (página 88); “Una violencia asesina crecía dentro de mí hasta excederme y atacarme desde afuera. Había llegado el momento de huir” (página 99). Tienen, como se ve, la efectividad, la contundencia, la practicidad de un Big Mac.

No hay en las doscientas y pico de páginas de Perder ni una sola palabra auténtica. Robles no se atreve a meter a su personaje en la mierda porque está más preocupada por mostrarse como buena escritora. Allí donde debería haber un individuo sufriente, sólo aparece la maquinaria neutra de un lenguaje etéreo.

Robles nunca habla, sino que es hablada por el género novela ganadora de concursos. Quizás pueda gastar parte de esos 100 mil pesos que obtuvo gracias al premio en un buen psicólogo –preferentemente lacaniano ortodoxo- que la enfrente a su yo escritural.

2 comentarios:

perri dijo...

Absolutamente de acuerdo con la valoración, Ulises. Me cansé de leer comenarios elogiosos de este libro, comentarios en los que con insistencia se indica que carece de "golpes bajos". Creo que habría que decir que "carece de golpes", no conmueve; un "pecado" imperdonable en literatura. Robles "dice" para "desdecirse" a renglón seguido; explica en lugar de sugerir y lo peor de todo, el personaje está siempre por fuera de lo que dice que le ocurre. Nada ocurre ni transcurre: hay un tiempo que se indica (transcurso de días, meses, un año) que resulta por completo arbitrario. En fin, se podría seguir a lo largo de muchos párrafos. No es la intención; sí coincidir en que se trata de un texto escrito con la intención de ganar un premio muy particular y, en el caso de esta autora con su historia personal y trayectoria militante, problemático. Señalo, también, la actitud poco ético de los jurados al premiar novelas como la de Robles, la de Piñeiro y la de Bettina Gonzalez, por citar sólo algunas. Soprenden particularmente las palabras de Saramago de cuyo prestigio literario no dudo aunque sí del escaso o nulo valor ético de las palabras que fundan su decisión.

Valeria dijo...

Lo estoy leyendo y comparto las opiniones. Es una novela a la que se le nota demasiado el artificio. Tanto, que no genera empatía alguna en el lector. Lúgubre, no logró (hasta ahora leí ms o menos 150 páginas) un sólo momento luminoso. El personaje irrita en lugar de conmover.

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