CUATRO DUBLINESES (de Richard Ellman), por Edgardo Scott

CUATRO DUBLINESES
de Richard Ellman
Tusquets, 2010
por Edgardo Scott



Leyendo Cuatro dublineses (Wilde-Yeats-Joyce-Beckett) cualquiera puede notar ya a las pocas líneas de comenzada la lectura, que hay algo entralazado a la escritura que supera la mera indagación o el retrato lúcido de estos cuatro escritores irlandeses. Todo es demasiado sencillo, todo fluye en armonía como en una buena canción. Richard Ellmann, el gran biógrafo de Joyce hasta el presente, escribe sobre cuatro de los escritores más importantes en lengua inglesa de toda la historia (y probablemente, en cualquier lengua), como si hablara de sus primos de Dublín, tan conocidos y queridos para él. Si bien hay fuentes confiables, salpicados documentos y fotografías, la narración predomina sobre lo que sería un ensayo, una investigación o el agrupamiento de recortes biográficos. Así, en sus ciento ochenta páginas, tal vez convenga leer Cuatro dublineses como una novela. Incluso como una novela breve experimental. O como un libro de cuentos que posee un tronco común.

En Cuatro dublineses Ellmann no demuestra nada, no explica, no quiere teorizar acerca de los textos o las obras de cada uno de estos escritores (más allá de que cada tanto deslice un acierto). Ellmann narra. Construye y presenta de entrada un narrador cortés, un narrador comprensivo; “un punto de vista coherente” como dijera Saer respecto de Stanislaus Joyce, en el libro sobre su hermano. Pero vale preguntarse entonces ¿y qué se está narrando? Sobre todo el carácter. O una idea de carácter de estos cuatro escritores, devenidos personajes; los tormentos de cuatro dublineses, de cuatro escritores nacidos, si bien en distintas y sucesivas épocas, bajo la misma lengua y ciudad.

En Wilde, este tema tendrá la forma del comercio tirante entre sus voluntades apolínea y dionisíaca. En Yeats, del crepúsculo, de “la segunda juventud” (frase que supo adoptar entre nosotros Andrés Rivera); el “viejazo”: esa fase de estertores, de lucha renegada y heroica ante la vejez y la muerte. En Joyce, de su discurrir fronterizo con la locura. En Beckett, de la negatividad, del peso grande y diario de no hacer ninguna concesión para con una obra, de vivir separando, como a dos enemigos frontales, texto y autor.

Hay algo que sabe lucir en Sebald a propósito del procedimiento y que a su modo utiliza Ellmann. Esto es, tomar anécdtoras breves de la vida -a veces sólo dichos- y establecer a partir de ellas conexiones con sus destinos, en este caso también con sus obras; o con reflexiones acerca de sus obras que despiertan fascinación tanto en el lector como en el narrador mismo. Ellmann nos transmite esa experiencia y la emoción estética que conlleva.

Ordenados cronológicamente, como en una genealogía familiar, en Beckett, el último, el bisnieto, quieren converger los parecidos y diferencias definitivos. La narración busca su final. Y en ese final Richard Ellmann promueve una vinculación que no hace más que desconcertar; porque al ofrecernos las cercanías y distancias, decanta una convicción: estos cuatro dublineses no se parecen en nada. Como si el libro hubiese tejido una intriga tácita, la de a priori encontrar parecidos, sondear raíces, y en el final, dejarnos con las manos vacías de hallazgo. El efecto sin embargo no es desmoralizante, todo lo contrario. Potencia la singularidad de cada uno de estos personajes. Hace que cada parte brille. Como en Los emigrados, de Sebald. En aquel caso podemos resumir el libro con facilidad: es sobre cuatro emigrados alemanes alrededor de la segunda guerra. En este caso podríamos decir: es sobre cuatro escritores irlandeses. La idea que Ellmann deja en suspenso para el lector parece ser: no sea ingenuo o cómodo, no crea que porque cuatro grandes escritores pertenezcan a una misma ciudad eso garantizará lazos e inclinaciones; sepa tomar de cada uno lo mejor, sepa encontrar lo singular.

Pero para llegar a ese punto, antes Ellmann nos distrajo, nos entretuvo de la mejor forma: contándonos de la mejor manera -una manera cálida- un sinnúmero de historias. Como un profesor retirado y generoso, que sabe todos los secretos y escondites, y que sin maldad ni envidia, los brinda en clases magistrales.

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