ARTE MENOR (Betina González) por Luiz Cattenazzi

ARTE MENOR (Alfaguara, 2006)
de Betina González
por Luis Cattenazzi

Claudia intenta reconstruir a su padre, el escultor Fabio Gemelli, a través del testimonio de las mujeres que han sido sus amantes. Ya no le alcanza con la versión oficial de mamá y sale a recorrer Buenos Aires. En cada entrevista busca el indicio oculto que redima ante los ojos de su infancia a ese pésimo padre y artista mediocre. Luego, la búsqueda se hace urgente, y el lector cae al torbellino lento, inexorable. Pero no es un argumento lo que me lleva a escribir esta reseña tardía.

Ya en las páginas finales imaginé una comparación acaso exagerada. Una Obra refleja su tiempo, como la Argentina condensada en Sobre héroes y tumbas: panorámica sensorial de cien años alla Morel. Del ´75 en adelante el plano secuencia se completa con Arte menor.

Betina González alcanza una secreta complejidad, y narra con la voz de quien creció en estos años, testigo indirecto de deudas viejas. Lejos del panfleto tradicional poblado de improbables militantes de ficción, desgraba lo que sus personajes tienen para decirnos. Como atenta a ironías estéticas del propio Gemelli: “Los felicito, son de esos 'artistas comprometidos', más viejos que la escarapela, ésos que están y que estuvieron siempre al servicio de la sociedad, que están en el mundo por si acaso el resto de la gente fuera ciega o idiota y no viera las cosas como son”.

Hasta se ríe, en boca de Gemelli, de esos “peronistas en sordina”: “… cuyo máximo gesto revolucionario era el hecho de ser capaces de 'adorar un cadáver de mujer'...”.Y describe al pasar los primeros titubeos de la democracia, el vaciamiento menemista, la peregrinación de buscavidas en los trenes. Trenes que extienden tentáculos oxidados desde Capital, y, de Arlt a esta parte, cruzan las novelas clásicas argentinas. Claudia revisa testimonios de las mujeres que han amado a su padre y la distrae una pordiosera gris que estorba en la puerta del vagón. “Ella se apoya en el bastón y con la otra mano declama firuletes en el aire, casi una catedrática de Letras. Es más, se parece un poco a la Juarroz, varonil al estilo de Benny Hill cuando se disfrazaba de abuelita. Bajo un poco el volumen y la escucho”.

Aunque el ángel de Cortázar es invocado durante la novela y Claudia anda por esos paisajes cargando un Rayuela comentado en los márgenes, insisto en que los trenes me remiten a Arlt. Y a él también me remite la presencia de un Astrólogo, en las páginas finales de Arte menor. Viene a explicarlo todo, a exponer en blanco y negro la búsqueda de Claudia. Categórico, defiende el don incompleto de Gemelli: “El verdadero artista no se arroja ninguna iluminación particular, pinta, esculpe o escribe con la regularidad y naturalidad con que come, duerme y defeca”.

El artista capaz de dar vida al personaje con fragmentos sutiles, bellas mentiras, sensaciones o sueños, y más: recrear su época. Así Betina González armó una máquina del tiempo y me presentó a Fabio Gemelli, vivo. Me resulta hasta penoso comprender que él no es una persona real.

Ayer cerré el libro (lastimado de dobleces en las hojas a releer) y hoy quisiera seguir los pasos de Claudia, rastrear obras de Gemelli perdidas en algún recoveco municipal. Una de esas esculturas incomprendidas que tal vez no representan a nadie, que no son símbolo de ninguna lucha, pero que maravillan más allá de los años, los fracasos y la muerte, digamos… arte menor.

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