SÍ, SOY MALA POETA, PERO... (de Alberto Laiseca) por Sol Echevarría

SÍ, SOY MALA POETA, PERO... (2006, Gárgola ediciones)
de Alberto Laiseca
por Sol Echevarría


Esta novela, como casi todas las otras escritas por Alberto Laiseca, podría definirse como un texto extraño y difícil de interpretar. La falta de prólogo, dedicatorias u otro tipo de apéndice no permiten buscar una respuesta más allá del texto, pero tampoco es posible hacerlo más acá. Incluso reponer la trama ya es una tarea complicada. La novela comienza y termina con una historia de amor y desencuentro entre Tojo, el japonés necrofílico, y Analía, la muertita. En una noche de diluvio, Tojo va al cementerio de la Recoleta para buscar el mausoleo de su amada con el fin de “violarla, llevarse sus tetas como despojo romántico y dejar a cambio un crisantemo.” Pero ni bien levanta la tapa del sarcófago la muertita abre los ojos, lo ahorca y se escapa. Así la trama continúa con anécdotas del pasado y enredos inesperados. A medida que se pasan las hojas del libro esta historia comienza a desaparecer detrás de otras más pequeñas que se van abriendo paso en la trama. Basta ver los nombres de los capítulos para darse una idea a grandes rasgos de la variable temática y del estilo que predomina. No se trata de una única historia central sino que más bien son varias ramificadas, incluidas unas dentro de otras como en un juego de cajas chinas.

De esta manera, la estructura de la novela se va ampliando hasta volverse deforme y, como en un rizoma, las jerarquías se disuelven. Pareciera que el narrador no pretende dar cuenta de una historia sino que narra por el placer de hacerlo, dejándose llevar por su propio relato. El texto fluye en un libre albedrío y deja entrar en él a otros textos mediante el uso de citas, fábulas readaptadas y guiones de películas. Incluso en dos capítulos se refiere a la Tecnocracia, una de las tres dictaduras que aparecen en la novela Los Sorias, del mismo autor. Retoma el personaje del Monitor, que ejerce su mandato de manera arbitraria, despótica y, sobre todo, absurda. En un continuo monólogo, este dictador vocifera órdenes y amenazas desde su búnker mientras los llamados chupamedias de la izquierda y de la derecha lo alaban. También refiere a su infancia, curiosamente parecida a la de Laiseca, cuenta chistes y se divierte con las tres chifladas: Ama, Ema y Goma. A pesar del carácter incoherente de estos capítulos, tal vez se pueda afirmar que son los más reflexivos ya que de la boca del Monitor se parodia ciertos discursos del poder y aparecen ridiculizados algunos funcionamientos de la sociedad. Sin tener mucha ilación con el resto de la trama, estos fragmentos irrumpen en ella dejando en evidencia una vez más el caos que la rige.

El error y la tendencia a lo no acabado se vuelven dos estrategias narrativas predominantes, que se ponen al descubierto de manera irónica en varios momentos de la trama e incluso en el nombre de uno de sus capítulos (“Debería terminar aquí pero me niego”). El error no es el resultado de un simple descuido, sino de un descuido intencional. En varias entrevistas, Laiseca menciona las investigaciones y estudios que realizó, dejando en claro que no son textos escritos al tuntún. Ni siquiera el delirio de su prosa debe interpretarse como mero delirio ya que, a veces, es posible hacer otro tipo de lecturas. En el tercer capítulo de la novela se puede leer: “…continuaré siendo romántico y realista delirante, en un mundo de objetivistas y sanos de mierda. Al revés de lo que pensaba Hegel todo lo real es irracional, todo lo irracional es real”. El mismo autor ha explicado su "realismo delirante” como una estrategia que permite hacer foco en algunos aspectos de la realidad. Un efecto lupa que agranda y distorsiona. Aunque hay que admitir que de a ratos la distorsión es tal que es capaz de aturdir por completo a casi cualquier lector. El arrastre de la escritura en un flujo continuo genera un efecto bola de nieve donde el absurdo crece cada vez más y más. La trama deambula enloquecida de un lado para el otro.

Una de las cosas que más llaman la atención en la novela es el tono con el que está narrada. Además de su constante humor cínico y algunos términos técnicos, reluce su tono casual. Pareciera que el narrador le estuviese contando la historia a un amigo, en una charla de café informal donde se cuelan hasta el hartazgo palabras del léxico juvenil contemporáneo como “súper” o “rebuenísimo”. Si bien se podría decir que se mantienen algunos rasgos de oralidad, lo cierto es que su registro no es simplemente oral sino es más bien un híbrido extraño. No pareciera provenir de ningún otro registro más que de si mismo, como una suerte de generación espontánea. Si se deja de lado las semejanzas con el registro oral, cuesta conciliar la idea de que el escritor de esta novela sea ese hombre algo solemne, de voz ronca y bigotes amarillos que narra cuentos de terror por las noches en I-sat. A diferencia de su lectura, anclada en la producción de ciertos efectos, su escritura se toma más licencias. Es como un juego en el que se proponen nuevas reglas de cómo narrar y de cómo estructurar lo narrado. Luego, hecha la ley hecha la trampa, el texto cambia de forma una y otra vez, en busca de la sorpresa y de la burla. En más de una ocasión la voz narrativa le hace continuos guiños al lector ya que, como todo juego, necesita cierta complicidad.

Los personajes, si bien son casi todos humanos, pertenecen a una especie monstruosa, sin que por ello se pueda afirmar con certeza que son seres amorales, malvados o estúpidos. Simplemente lo que ocurre es que respiran en una atmósfera desquiciada, que por momentos se asemeja a la de los sueños. Todo sucede con completa normalidad, como si no fuera extraño que un sapo devore gente o que un hombre viva trescientos años. Ninguno de los personajes se detiene a reflexionar desde lo que podría denominarse “sentido común” sino que, por el contrario, ellos obedecen al sinsentido. Es una lógica disparatada la que los guía y los hace actuar de cualquier manera, sin importarles nada respecto del prójimo. Se vuelven cuerpo y deseo, siempre buscando obtener placer a toda costa, amparados en la legalidad de lo incuestionable. A lo largo de la novela son incontables las situaciones en las que se traspasa el tabú y el canon de lo sexual: se practica necrofilia, los enemas se consideran la mayor fuente de orgasmos femeninos, las tetas caídas se convierten en un objeto preciado, se erotizan las violaciones y las torturas.

En este sentido, es una prosa que provoca la risa allí donde no debería: violaciones, torturas, necrofilia y asesinatos. Todo adquiere un aspecto jocoso y leve, volviéndose insoportablemente gracioso. Se trata de un humor escatológico, bestial y degenerado, por enunciar algunas de sus características. Todo en su prosa es desmesura. El mismo tono que usa pareciera responder a una escritura espontánea y a un lenguaje no medido. En términos generales, se trata de una novela “atrapante” (al mejor estilo folletinesco) que se puede leer de un tirón a pesar de las trabas que ejercen los capítulos infiltrados y los desvíos narrativos. Podría pensarse también como un texto border que juega con los límites del humor, de la locura y del absurdo… y a menudo se extralimita.

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