LOS DOMINGOS SON PARA DORMIR (de Sonia Budassi) por Alejandro Soifer

LOS DOMINGOS SON PARA DORMIR
de Sonia Budassi
Entropía, 2008
por Alejandro Soifer


Lo primero que salta a la vista del libro de cuentos de Sonia Budassi es que el sintagma que lo titula es una elección excelente. Tan poderoso resulta ese encadenamiento casi obvio, sentencioso, que ni siquiera es el nombre de uno de los cuentos contenidos en el libro sino la primera línea de uno de ellos.
No resulta luego sorprendente, encontrar que la mayor parte de los relatos siguen ese patrón de sintagmas casi pegados, coordinados por fuerza o azar que casi como una ametralladora con bastante lirismo van metiéndose con violencia y dulzura en la retina del lector. El encabalgamiento de oraciones que se suceden plantean un plano de oración-catarata descriptiva-oración que a veces apabulla pero conforma un sistema cerrado y sólido sobre sí mismo.

Las voces narrativas siempre en primera persona, remiten sin ambivalencias a un imaginario de “chica-moderna” pero no por eso al estereotipo de la rubia tarada ni la adicta cool a Sex and the City. Chicas modernas, independientes o chicas convervadoras de pueblos chicos en busca de su identidad y la adaptación al medio.

Hay ciertas temáticas e ideas que se repiten como líneas que cruzan la mayor parte de los cuentos y todas remiten a la búsqueda de lo propio y la identidad. Son dos los ejes sobre los que se emplazan estas construcciones; por un lado el eje de la comida: “Ellos deberían saber que no me gustan las aceitunas…” (Las cosas que brillan a mi alrededor); “Otra vez polenta, se queja mi hermano…” (Seis menos dos) ; “…unas empanadas de El Noble Repulgue – al horno, para no engordar-…” (Tu vida sin mí) y por otra parte el eje de las identificaciones con el territorio de la infancia (el principal forjador de la identidad) a partir de la recuperación de los objetos de ese período: muñecas Yolly Bell, Pin y Pon, caramelos Sugus.

Pero también la búsqueda de lo propio se manifiesta desde la distancia de una inmigrante en Estados Unidos que encuentra en los objetos de consumo pop el mayor lazo de identificación: “…las pintorescas imágenes de haber nacido en otro país (mendigos en Florida, fucsia coreano en Once, veredas sucias de ropa interior, grupitos de pibes stone, familias que lloran en Retiro o en Ezeiza, golosinas en los asientos del colectivo 60, para disfrutar en el viaje o llevar de regalo a los chicos, delicioso y fino chocolate Terrabusi; monólogos y estampitas en los que nunca debí creer)…” (Acto de fe, p.19).

En esta búsqueda de identidad se produce una construcción del deseo, un poco melancólico quizás, producto de un imaginario de clase y edad. Y el deseo es puerta al erotismo, aunque esté tenuemente referido, casi elidido, con referencias indirectas al encuentro de los cuerpos. Quizás el problema de estos personajes sea la angustia de no poder encontrarse a sí mismos, identificarse y en ese no poder determinarse no aparece el contacto con el otro que es aún más indefinido.

Adaptación e identificación, las dos variables que se dirimen en las luchas de las protagonistas de estos relatos.

Escritos con ritmo que varía del vértigo del encadenamiento de sintagmas pasando al microanálisis exhaustivo de situaciones y descripciones con ánimo neurótico-obsesivo, los cuentos se van desplazando con algunas repeticiones pero también con enfoques que intentan abordar de formas diversas esas mismas obsesiones.

Hay que señalar que el cuento “La verdad del Lena” desentona un poco, quizás hubiera encajado mejor para un libro que se desplazara sobre otro eje temático y estético. Por otra parte el último cuento, Fuera de temporada casi merece el calificativo de pequeña nouvelle y es el más logrado en cuanto a la descripción de situaciones, llevando a la literatura de una buena vez, el fastidio que significa estar fuera de casa, aún de vacaciones. Los inconvenientes mínimos, profundizados al nivel de la tragedia que suelen suceder en estas exploraciones de camping se meten de lleno y la arena pegoteada al bronceador, el daño del sol en pieles muy blancas, los baños sucios o clausurados de un camping y todo aquello que fastidia a los espíritus sensibles de ciudad está presente generando situaciones simpáticas y humorísticas.

La ubicación al final del libro de esta nouvelle entonces parece apropiada: la narrradora conoce su identidad, conoce lo que le molesta y no le da vergüenza exponerlo, aún a riesgo de la mirada sobradora de aquellos grandes aventureros de campamento o sus propias compañeras de viaje.

Los domingos son para dormir. Una aseveración universal en la que todos nos identificamos, y en unos relatos que transitan esa búsqueda, parece el centro exacto desde el cual expandir el resto de los hilos.

3 comentarios:

Cerebro Cojijo dijo...

Respecto del "excelente sintagma que titula la obra" (?), les cuento que existe una película argentina, dirigida por Yago Blanco, de igual nombre. La película, si no me equivoco, es del año 2006 y tuvo muy poca difusión debido a su carácter "independiente". ¿Es la película adaptación algún cuento del libro publicado anteriormente?

Rufián Melancólico dijo...

Con los Cerebros Cojijos no hay manera.

LOS ASESINOS TIMIDOS dijo...

Cerebro Cojijo: no tengo idea de si están relacionadas, sospecho que no.Igual, en cuanto vea a la autora le pregunto.

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