UNA MISMA NOCHE (de Leopoldo Brizuela), por Pablo Vinci


UNA MISMA NOCHE
de Leopoldo Brizuela
Alfaguara, 2012
Por Pablo Vinci



“…la memoria se construye en escenarios de confrontación y lucha entre actores con diversas narrativas contrastantes.”
Elizabeth Jelin

“Hay quienes imaginan el olvido como un deposito desierto, una cosecha de la nada y
sin embargo el olvido esta lleno de memoria...”
¿Cosecha de la nada?, Mario Benedetti

En esta novela, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2012, Brizuela reflexiona sobre la historia argentina reciente, y para ello recurre a un paralelismo con el que construye dos registros que remiten al pasado y al presente, interrelacionados de maneras muy complejas a través de la memoria, el olvido, la historia, las tensiones, los posicionamientos y las interpretaciones que forjan diversos puntos de vista sobre lo sucedido, e incorpora la idea de responsabilidad directa o indirecta a través de la referencia a un grupo de familia, y su participación en la vida de un barrio de La Plata.
Trabaja sobre la recomposición de la memoria a partir de similitudes disparadoras del recuerdo, como si fuera un viejo olor reconocido, que hace que hurguemos en  la memoria buscando relaciones, sensaciones, explicaciones, situaciones; algo que nos permita entender a qué se debe todo eso que se ha despertado.

La voz del escritor Leonardo Bazán, el narrador protagonista, es la que nos va introduciendo en la historia, y la que va construyendo un punto de vista, una mirada que indaga en la memoria, registra los acontecimientos a manera de una exhaustiva declaración que vuelve atrás y resignifica la vivencias. En parte, ese punto de vista, está asentado en la mirada espontánea e ingenua de un adolescente (el propio Bazán) que repasa la historia de la familia y del barrio. Pero esa mirada es recuperada por el escritor que es hoy, y que siente la necesidad de escribir para entender, para liberarse, y finalmente para contar lo sucedido. 

El relato va estableciendo un clima opresivo a través de la asociación entre el pasado reciente y el trauma, las idas y vueltas en el tiempo, los recuerdos, las repeticiones, y los paralelismos, que remarcan la idea del “pasado que no pasa”.
Un pasado siempre presente, en múltiples formas, un pasado olvidado que vuelve y se materializa en el hoy. Un pasado que se reconstruye con un arduo trabajo: el trabajo de la memoria que intenta encontrar sentido a la experiencia, volviendo sobre cada uno de los momentos de manera recurrente, incorporando algún aspecto perdido, algún aspecto insoportable de la historia que provoca la reflexión. Si bien el olvido fue liberador  porque  mitigó el dolor, en el presente se imponen el examen y el detalle.

Las tensiones que se establecen entre los diferentes personajes van desplegando la complejidad y las contradicciones de lo humano. (Múltiples miradas -el punto de vista- sobre la historia cuestionando una única forma de relatarla. Bazán, lucha por el sentido del pasado, familiar y social)
Más que apuntar a afirmaciones que  resulten certezas sobre la historia, lo significativo está más relacionado con preguntas que nos hacemos sobre la propia experiencia y con palabras que encontramos para nombrar aquello que sucedió, para reconstruir los recuerdos desarticulados que le dan sentido a lo olvidado.

Se reconstruye el pasado a través de un pensamiento que vuelve permanentemente sobre sí mismo, sobre los sucesos que marcaron la existencia, sobre lo olvidado, sobre lo que causa rechazo, temor e incomprensión. Y se refuerza todo esto con la insistencia sobre la misma escena,  que reaparece en cada página, para reflexionar sobre estos sucesos, cuestionando la propia experiencia, el papel desempeñado en determinados procesos sociales, y la responsabilidad en la elección de lo que fuimos, de lo que somos y seremos.

Una misma noche también puede ser leída como una reflexión sobre la opresión, sobre las desigualdades, sobre las relaciones de poder, sobre el carácter absurdo de algunas existencias determinadas por la internalización de estructuras abusivas, que no permiten ni reflexión ni cuestionamiento alguno. Este último punto es lo que conforma una  profunda meditación sobre el horror de la sinrazón y de la complicidad, sobre las ideas que se establecen de manera estigmatizante sobre los otros, los diferentes, los incomprendidos.

Es en este sentido que podemos ver un trabajo permanente sobre la mirada,  sobre el juego de espejos múltiples que evoca a los procesos identitarios. Así aparece la preocupación sobre lo que el otro pensará (“temor de que la mirada del otro me revelara lo que soy”); pero además, a la historia, la reconstruye la mirada extrañada de un adolescente que ve una “escena atroz” que nunca querrá contar a nadie, que remite a la transformación inconcebible que causa el odio y la degradación.
También hay una mirada centrada en la sospecha, en la complicidad y el rechazo: ¿Qué ven esos ojos en nosotros, que nosotros no somos, que nosotros no vemos, que nosotros ignoramos?, y un interés por desarmar esas miradas y reconstruirlas a través de la duda y la interrogación.

Es muy interesante el tratamiento que hace Brizuela de los diferentes mecanismos de dominación tejidos durante los años de opresión. Uno de estos mecanismos es el que está centrado en las representaciones construidas sobre los otros, en las imágenes del otro que orientan nuestra percepción y nuestros pensamientos y que no son aleatorias, sino que tienden a reproducir situaciones de desigualdad en términos hegemónicos. Así, en muchos contextos el odio hacia el otro, muchas veces, se esgrime como intentos por mejorar el posicionamiento social de sectores eternamente postergados, pero que resultan funcionales a los poderes que se perpetúan. Bazán reflexiona sobre actitudes de su padre: ¿Si se lo hubieran concedido como el mayor premio a cambio de  su sumisión de por vida: el placer insospechado de saber que hay un estrato aún más bajo en la escala, de poder despreciarlo, de hermanarse en el odio con quienes siempre lo habían despreciado a él?

También es evidente la búsqueda permanente por reconstruir la propia identidad en términos más existenciales: la percepción de uno mismo como diferente, alejado de aquello que hubiera podido ser por herencia (ser el hijo, ser igual a él), es decir a la existencia relacionada a la construcción de uno mismo, a la elección de lo que se quiere ser.
Bazán se reconstruye permanentemente alejado de ese destino, alejado de la imposibilidad de reflexión en que algunos sectores han caído (Bazan padre, Cavazzoni), en quienes el poder se ha hecho carne.

Finalmente, aparece a lo largo de toda la novela la reflexión sobre la escritura y la narración de una vida como estrategias de conocimiento y de exploración sobre la memoria y el olvido. Olvido asociado a lo traumático, mientras que la palabra que lo reconstruye lucha contra el terror, el “miedo al miedo”. Aparece, emerge, irrumpe la necesidad de nombrar, declarar, de decir la verdad como mecanismo de expiación, como castigo, como una forma de “pagar el precio”, de pagar “la culpa de saber,  de haber sido testigo”, y haber aprendido a callarse, culpa de saberse cómplice sin complicidad, culpa de haber estado ahí y sin embargo haber sobrevivido.


“y comprendo que la escritura es una manera de iluminar la conexión entre el pasado y el presente. Y eso me alienta a empezar: no como quien informa, sino como quien descubre”

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